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jueves, 30 de marzo de 2017

Dear Jane

Otra entrega más del Dear Jane, ya llevamos un par de años y hemos pasado de los 86 bloques, es decir el ecuador de los bloques cuadrados.

Y, como hay que practicar el CVCQ, a raíz de que Marta y Puri empezaran con su Dear Jane y como ellas hicieran algún triángulo en simultáneo, Lola y yo también hemos querido imitarlas.

Empezamos con el primer triángulo, hecho entero con paper piecing, estoy contentísima. Aquí Puri me dio unas pautas que me han venido de maravilla.




A6 Uncle Homer


Este dice poco, no me quiero meter con el fotógrafo pero las fotos están un poco quemadas. Más bien socarradas, ya os advierto.


B6 Wild Goose Chase

Este bloque le hice hace mucho y no me convence. Es de los últimos que he hecho a mano y deja mucho que desear...



C13 Lakota Sioux

Este bloque pertenecía a la tanda del mes pasado, pero tanto Lola como yo lo tuvimos que repetir varias veces, no sé qué nos pasaba.
No parece difícil pero se nos resistió y mucho.
Al final he quedado satisfecha. Solo faltaba!!!


F5 Parcheesi

Regulin, regular...
Los melones se me siguen resistiendo.
Me tengo que concentrar y mucho, se ve que este día estaba en las musarañas.



I-5 Maria's Majesty

A éste le falta plancha y le sobran arrugas.
No sé yo si va a tener arreglo....
Aplicación invertida, melones (por cierto, de "casi" lujo).
No me convence mucho.




J13 Pam's Bells

Bueno, bueno, podría estar mejor, pero es lo que hay.
Esta vez en lugar de melones eran gotas lo que había, tanto da....




Ya sé que mi Dear Jane no va a ser el mejor Dear Jane del mundo, pero si algún día tenemos la suerte de verlo en algún sitio, espero que os acordéis de las autocríticas y que le echemos una sonrisa. 

Ahora vamos a disfrutar de los de Lola, que seguro que están estupendos, como siempre.

Y sigo coso que te coso...

martes, 28 de marzo de 2017

Videotutorial caramelo de tela

¿Qué sería de las cestitas de arpillera sin su caramelo?

La semana pasada, ya subimos el videotutorial de las cestas, y ahora tocaba el del caramelo.

Como siempre, espero y deseo que os contagie las ganas de hacerlo.

Muchísimas gracias porque ya me están empezando a llegar, en privado, vuestras primeras cosas.

No os imagináis lo contenta que me pongo.



Ya publiqué hace tiempo el tutorial de los caramelos en el blog.

Como ahora está en las dos versiones, os recuerdo la anterior, por si alguien prefiere "versión blog 1.0

Espero que os guste y que me sigáis acompañando.

No me gusta hacer la pelota, para nada, pero no tengo más remedio que daros las gracias por los comentarios tan generosos que nos llegan (si, alguno también es para el cámara-editor). Muchísimas gracias en mi nombre y en el suyo.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 27 de marzo de 2017

CAP. 46 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo






De cómo caer preso sin cometer delito





abía dejado a  Adama, si no recuerdo mal, salta que salta sobre los charcos, cual niño travieso al grito de «¡Nos acercamos, nos acercamos!». Pero nunca dijo donde, aunque yo interpreté que rondábamos ya una tierra fértil que daba frutos para todos y donde íbamos a ser felices. Solo acerté en lo segundo, que ya está bien. En lo primero, por desgracia, erraba porque, si bien es verdad que hay para todos, no llega a todos. Este hecho es una constante en muchos de los países desarrollados. Tengo oído que algunas naciones europeas disfrutan de una justicia social que podría servir de ejemplo al resto del mundo, pero no he vivido en ellos, así que no puedo más que transmitirte una suposición. En este caso no sigo la norma de Adama: «Si no sabes, calla». Callo pues, aunque mi verborrea me lleva a escribir más de la cuenta. Eso te viene bien a ti, si es que lees mis cartas. Vale, es otra broma. Ya sé que te tomas muy en serio mis palabras, sean las habladas o las escritas. Teníamos claro que más el clima que la orografía nos facilitaba la marcha. También la cercanía entre los pueblos y las aldeas. Y sobre todo, la abundancia de agua. Recuerda que seguíamos la cuenca del río Ziz en la que se asentaban pequeñas aldeas, pueblos e incluso ciudades como Fez. Las gentes que encontramos eran afables y hospitalarias. Compartían con nosotros su té, su comida, su charla y su tiempo sin esperar nada a cambio. Al ver a los niños, que me recordaban a mí mismo, me di cuenta de que ya no lo era, ni yo, ni Adama que había crecido más que yo, pero sin superarme en complexión. Las miradas se nos iban hacia los ojos femeninos. Y la manera en la que esos ojos nos miraban también nos confirmaba que ya nunca volveríamos a ser críos. Habíamos dejado nuestra infancia en el desierto y tengo el deseo de que alguien se las encontrara y disfrutara de ellas. Con el paso del tiempo esa sensación se convirtió en certeza. Nunca racionalicé la necesidad que me empujaba a mi peregrinaje. Sé que he hecho referencia a Katuku, aquel joven que salió de mi aldea en busca de algo mejor, pero, en realidad, para mí todo lo oído de mis mayores no dejaba de formar parte de las leyendas populares, igual o parecidas a las historias que me contaba mi abuela Mayifa. De todas formas, nunca sabré la verdad sobre aquel muchacho. Quizá porque ni me preocupa ni me ocupa. He llegado a una conclusión respecto a aquella necesidad de salir de África: el mismo instinto que acompañó a aquellos pueblos primitivos que la abandonaron me motivaba a mí. Sin olvidar mi soledad y la influencia de mi amigo. Aun sabedores de que ya andábamos muy cerca de nuestro destino final no teníamos prisa. Ambos aprendimos que las premuras no son buenas nada más que para equivocarte. Y fíjate, tú que me conoces sabes que no soy impaciente, pues Adama no se apresuraba ni por una necesidad. Así que se juntaban el hambre con las ganas de comer. Mientras que yo corría cuando en el desierto encontrábamos agua, él no variaba, no ya el paso, ni siquiera el gesto. Se acercaba al agua como aquel que se acerca al estanco a por tabaco mientras fuma. Eso sí, nunca cejaba en su empeño si se proponía algo. Aparte de la vida, mi mayor maestro fue él. He de reconocerlo, pero cuando se lo he comentado siempre me ha contestado lo mismo: «Al revés, Dikembe». Y puede que ambos tengamos razón, porque cada uno aprendió del otro porque no teníamos otras referencias. En el fondo creo que ese es el éxito de nuestra especie. De ahí que sea partidario de estas corrientes que se evidencian en Internet. Esa voluntad que lleva a la gente a publicar sus logros para que otros los usen y mejoren, con la única obligación de compartirlos a su vez. Algo así como lo deseado por Nikola Tesla. Si este hombre hubiera cumplido sus sueños, en contra de los intereses de Thomas Alva Edison, todos dispondríamos de una electricidad, sino gratis, mucho más asequible. Y esto explica también mi sentimiento sobre la propiedad de mis actos hacia terceros. No los siento míos porque me veo como el eslabón de una cadena de transmisión en la que el anterior es tan importante como el posterior, sin entrar en valoraciones. ¿Acaso no he aprendido yo de todo lo leído en la biblioteca y que otros han compartido? Por ello me parece fuera de lugar lo acaecido en el negocio de las obras de arte. Es más, me parece una vergüenza. El hombre llega al arte por su imaginación y cuando fue capaz de crear tiempo para el ocio. Y se lo debemos a quienes lo consiguieron, igual que cualquier escultura se la debemos a su autor, no a su poseedor. Nadie debería ser dueño de una obra de Alonso Berruguete. El arte pertenece a todos. Se que en este caso soy un extremista porque, por ejemplo, los pintores tienen las mismas necesidades que los albañiles, pero sirvan mis palabras para que tires del hilo y saques tus propias conclusiones. Las artes implican técnicas, y esos métodos siempre se los debemos a alguien. Y por ello aprender debería ser una opción que cualquiera pudiera elegir. Todo lo nuevo tiene su valor pero está basado en un conocimiento y esfuerzo anteriores. Nuestro saber no es nuestro en su totalidad. Y si alguien debe pagar por lo nuestro, también deberíamos de pagar por lo suyo. Siempre le debemos parte a otros que crearon antes que nosotros. De ahí la diferencia entre las pinturas rupestres y las de Goya. Bon, creo haberte dejado mi punto de vista y mi postura. Ahora bien, para que encajen en una sociedad, alguien debería inventar otra forma de convivir. Mientras el sistema esté basado en quien más tiene más puede, o viceversa, la igualdad entre nosotros no será posible. El hombre, como individuo, tiende a querer ser más que el vecino y a demostrarlo. Y los motivos son muchos. Otra cosa es la postura y la forma de vivir de Adama, sencilla y práctica por cierto: «Vive y deja vivir», fórmula muy antigua y poco seguida, aunque mucha gente presuma de llevarla por bandera. Pero si a esto le sumamos el altruismo interesado que te propongo, iríamos más deprisa y más directos hacia la estabilidad, tanto individual como familiar o  internacional. ¿Cómo es posible que con todas las campañas contra la violencia de género, por ejemplo, con todas las denuncias públicas de todo tipo y la mala o buena intervención de los jueces, las víctimas aumenten día tras día? Este es un agravio tan directo y rotundo contra la igualdad de derechos de las personas que solo es comparable al racismo dentro de nuestra sociedad. Y sobre este asunto, ¿es que no hemos aprendido nada de lo que se fraguó antes y durante el Tercer Reich, por ejemplo? No será por falta de información, porque novelas, películas y reportajes los hay a miles. Si hay cadenas de televisión que, prácticamente, solo emiten documentales al respecto. Pues aun así, los votos a los partidos xenófobos suman más en cada plebiscito que se efectúa. Y ni esto ni aquello es una cuestión penal, sino educativa. Pero para que sea efectiva esta formación los estados deben tomarse más en serio estas desviaciones anormales para la convivencia. Es decir, acomodar sus prioridades en otro orden en el que importe más la vida de un diferente que un diputado vaya con o sin corbata al trabajo. Y los primeros que deberían hacer un cursillo técnico y de concienciación serían los jueces y los policías, aunque sean a cargo de los presupuestos generales, porque se oye cada noticia que da miedo. Sí, me he quedado a gusto. ¡Qué quieres que te diga! Si no recuerdo mal, hay una canción cuya letra dice: “Sí, saldremos de esta”, pero es que se nos están acumulando tantas “estas” que no sé yo. Porque el speach que te he soltado no conoce nacionalidad ni ubicación geográfica alguna. Bon, dejémoslo, porque desde mi cocina es difícil arreglar el mundo. A ver si no, quién es el guapo de abandonar esta travesía que los poderosos nos han preparado. Si exterminar el machismo violento fuera negocio ya existirían empresas del ramo, te lo aseguro. Venga, Dikembe, a lo que te ocupa, no a lo que te preocupa. El agua, sí. Aquella travesía la recuerdo como la que más disfruté del básico elemento. Supongo que a Adama le pasaría igual por lo que te he contado al respecto. Además, no pasaba día sin que intentáramos que aprendiera a nadar. Pero fue imposible, jamás aprendería. Su cuerpo era como una piedra cuando se metía en el río. Después del esfuerzo baldío y estéril, cada uno por su cuenta y a su manera, disfrutaba, hiciera calor, frío o cayeran chuzos de punta. Siento envidia al ver a los críos como nadan en las piscinas, porque mucho hablar de la incapacidad de mi amigo, pero yo para mantenerme a flote quemaba más energía que el parque automovilístico en un día laboral. Eso sí, nunca habíamos estado tan limpios y aseados, aunque la roña se mantenía inmutable en zonas de nuestro cuerpo tales como codos y talones. Mucho tiempo tendría que pasar para que esa piel respirara y viera la luz. Si ya de por sí los jóvenes pasan una etapa en la que huyen del agua como gatos escaldados, imagínate si les facilitas la abstinencia de jabón. Pero el aseo personal, dentro de las circunstancias que vivíamos nosotros, era una cuestión insignificante. Además, nadie nos había educado para lavarnos los dientes después de cada comida. Bon, miento, porque me viene a la cabeza que el padre Pierre insistía en que a la iglesia debíamos ir limpios y bien vestidos porque no se conformaba con que asistiéramos a los oficios simplemente vestidos y sin mocos debajo de la nariz. Más de un capón me he llevado antes de la misa por llevar las uñas de las manos y de los pies largas y sucias. Hay que pensar que la diferencia entre vivir o morir muchas veces la marca la disponibilidad de agua. Y no estoy hablando de abrir un grifo y que salga agua caliente. O llenar un vaso para beber. Dejemos el agua. Tal y como nos avisó Belkassem, llegamos donde el río Ziz se estrechaba. Íbamos contra la corriente que bajaba de las montañas. Según el mapa y nuestro informador teníamos dos caminos para llegar a Fez. Una era mantenernos paralelos al río y hacer camino por la montaña, mientras que la otra nos alejaba de la corriente al tener que bordear la montaña y avanzar por las laderas del Atlas Medio. «Aunque es más costoso, yo os recomiendo que atraveséis la montaña. El camino es mucho más bonito y si nunca habéis pisado la nieve, con más motivo. Además es más corto». Esas fueron las palabras de Belkassem. Las mismas que nos convencieron para hacer montañismo. La nieve, como entenderás, nos intrigaba y no la asociábamos al frío. Desde que habíamos entrado en Marruecos sin saberlo, nos parecía que la vida nos sonreía, que ya no nos ponía zancadillas. Pero eso no dejaba de ser un trampantojo porque nos esperaba lo más difícil. Quizá fuimos nosotros quienes nos relajamos por el buen trato de la gente y del entorno. Un apunte: Me hace gracia oír por la radio como hablan de gente de origen subsahariano, porque es como hablar de gente de la cuenca amazónica. ¿Sabrán de la cantidad de gente que incluyen como un grupo aparentemente homogéneo? ¿Cuántas culturas y etnias están obviando? En fin, creo que esa indefinición demuestra lo poco que os interesa el origen de los que llegamos al mismo suelo que sin costo vital pisáis, pero que por ello no es vuestro. La tierra no puede ser de nadie, ni siquiera del que la trabaja. La tierra, en cuanto al mínimo minifundio y al máximo latifundio, no tiene dueño, aunque se vendan y compren islas. Si así fuera, si existiera la propiedad de la Tierra, cualquier potencia, la de turno, podría vender el planeta azul a cualquier marciano, como hizo con Alaska el imperio ruso en 1867. Y no es que el marciano no tenga derecho a su trocito de planeta, es que tampoco tiene derecho a poseerla. Sí, no te rías, porque sé que me entiendes perfectamente. Dikembe y sus metáforas: parece que te estoy escuchando. La Tierra hay que respetarla, cuidarla, no explotarla ni forzarla a que nos de aquellos frutos que ella sola no quiere. Los inventores de la agricultura y de la ganadería no podían medir la repercusión que iban a tener en el devenir del planeta. Pero nosotros, hoy, sí sabemos las consecuencias de ambas. Y no me olvido de que hay que comer, pero mercadear no es imprescindible, y menos con usura contra el productor. Seguimos violando a Gea. Nos da igual porque ella jamás nos denunciará. Eso sí, cuando se harte, dirá: “Hasta aquí hemos llegado” y nos tendremos que mudar a Marte. Ella seguirá de cualquier forma o tamaño y nosotros nos fundiremos con las estrellas. Después de todo no es un mal final para todo aquel que se vea atrapado en ese momento. Y, aun así, no entenderemos que hay algo superior a nuestros intereses particulares: El Pato Trump morirá como un héroe, si le pilla, cantando The Star-Spangled Banner a la vez que insulta por Twitter a los culpables del desastre: los mexicanos.  Lo siento de nuevo, esto no tiene nada que ver con mi historia pasada, solo con la presente y esa no importa. Vimos pasar a un camellero con sus camellos y Adama y yo nos miramos y sonreímos. Ese fue el último guiño en común a Hamal. Ya no haríamos más alusión al buen camello, aunque tengo por cierto que mi amigo pensó en él más de una vez. Simplemente porque Adama piensa más que yo, sobre todo antes de expresarse. Pasó el camellero y vimos que las nubes quedaban atrapadas entre el litoral y el Atlas. Algunos jirones conseguían encumbrar los picos y cambiar de color el cielo. No conocíamos esas nubes blancas y alargadas que no dejaban agua a su paso. Las otras quedaban enganchadas en las montañas en forma de nieve.  El  cielo  y  el horizonte  participaban  del  nuevo  escenario  que se abría ante
nuestros ojos. Y seguimos con nuestro caminar y aprendizaje. Adama estudiaba el mapa sin olvidar la información que Belkassem nos había dado. Encontró el paso del que nos hablara. Discurría entre los dos macizos montañosos. Era un valle estrecho por el que discurría el Ziz y que era perfectamente transitable a pie sin tener que acudir a técnicas de escalada que, por supuesto, no teníamos. Esa impresión la confirmamos en Kerrandou que se erigía a la vera del río. Hasta esos momentos no habíamos estado tan rodeados de verde. Aquello sí nos pareció el Paraíso, pero tan solo en cuanto a imagen. Sí, en todos los sitios cuecen habas y en algunos ni eso. Pero allí eran tangibles. Nos extrañó que rodeados de tanta riqueza vegetal, de tanto fruto, aquella gente viviera tan miserablemente. Menos mal que disponía de todo el agua que el Ziz podía suministrar. Nunca supimos el motivo de esa pobreza. Esas personas, nobles y acogedoras, jamás soltaron prenda sobre como vivían y trabajan de sol a sol, tanto hombres como mujeres como infantes. Llegamos a la conclusión de que allí no nos gustaría afincarnos. En aquel lugar había trampa, aunque no fuéramos capaces de verla. Si bien, tampoco nos preocupó mucho, la verdad. Y si a esa mala sensación añadimos la dificultad que tuvimos para comprar alimentos nuestra desorientación llegó a su clímax. Al final, encontramos a una mujer que, después de rogarle mucho, nos dijo que volviéramos allí, al huerto, a la puesta de sol. Así lo hicimos y, con desconfianza y parquedad, aquella hortelana recogió algunos frutos, pero no todos los que nosotros hubiéramos querido. Al ir a pagarle, se sorprendió al ver los dólares, y nos miró extrañada. Para ella, aquellos billetes no eran dinero. El problema surgió en medio de la nada y de la oscuridad, mitigada por la luz de la luna. Y no tenía solución. Vimos que teníamos que abortar la secreta compra. Aunque tampoco era solución para Mahraz. Según ella, no podía quedarse con los frutos arrancados. Y, como siempre, la solución hubo de plantearla Adama, aunque dejara en manos de la vendedora la decisión final. El asunto era que nos llevábamos la mercancía y volvíamos, una vez cambiados los dólares por dírhams. Claro, que todo pasaba porque se fiara de nosotros. La pobre llegó a decir que le habíamos buscado la ruina. A mí se me cayó el alma a los pies y me ofrecí de rehén. Así conseguí que el trato fuera más fiable. En ese momento el punto a solucionar era donde me quedaba yo con la fruta recolectada. En ese punto hizo hincapié Mahraz porque no quería que la pillaran a ella con toda esa fruta a esas horas. Fue de nuevo Adama quien marcó los pasos a seguir. En la primera visita a la luz del sol, habíamos visto, en la esquina del huerto un chamizo de piedras. Ella nos  explicó  que
allí, atados con una cadena cerrada con un candado, dejaba los aperos pesados que no se llevaba a casa. Adama le explicó lo pensado y, aunque no le gustó, vio que era la única salida. Me rogó que no me dejara ver por nadie hasta que ella diera su consentimiento. La situación me recordó a aquella otra en la que tuve que dormir maniatado, en el comienzo de mi esclavitud, aunque las circunstancias no eran las mismas. Mahraz no podía compararse a Moussa. También me vino a la cabeza la noche que Abu Dharr me hospedó en un corral. Por eso recordé al viejo tuerto y mudo. Era inevitable. Pero no eran recuerdos tristes. Al fin y al cabo, aquel hombre fue la llave de mi liberación de aquellos terroristas. Todavía me recorrió un escalofrío por la espalda al visualizar a su jefe tumbado dentro de su tienda con el arma agarrada. Tras encadenarme la mujer  a un pequeño arado, quedé solo. Pasé la noche intranquilo e incómodo. Nadie se relaja atado a una cadena y junto a la reja de un arado. Estuve más tiempo despierto que dormido. Además, no podía estirarme del todo dentro de aquel cuchitril y no me pareció oportuno sacar las piernas a la intemperie. Eso sí, entre cabezada y cabezada me comía una fruta. Los nervios, el aburrimiento, la falta de sueño… No sé. Pero no me sentaron nada bien. Y, aparte de no poder dormir, me dio por arrojar por la boca lo que había comido. Y claro, como no debía ni podía salir, regurgité la fruta a medio digerir bajo aquella techumbre. Ya sin nada en el estómago me sentí mejor y bebí un sorbo de agua. Pero el olor acre que se levantó, a pesar de no tener puerta aquella choza, no se iba del todo. Así que con un azadón hice un agujero en la tierra y traté de asear mi dormitorio. Vaya noche que pasé. Las veces que me arrepentí de haberme presentado voluntario de rehén. Rezaba porque Adama se presentara temprano para liberarme de aquel maloliente cautiverio. ¡Qué iluso! ¿Dónde iba a encontrar un banco y encima abierto por la noche? Las tarjetas de crédito son un gran invento para estos casos, pero como entenderás nosotros no habíamos oído hablar del dinero de plástico y Mahraz menos. Pero el deseo y la impaciencia nublan la razón. Descubrirte que mi refugio ha sido siempre la amistad, dice mucho de mi orfandad y mis miedos. No obstante, la amistad puede ser circunstancial o eterna y no por ello tiene menos o más valor.
Ahora se dice mucho eso de que algo está muy sobrevalorado, pero yo jamás he oído esa afirmación sobre la amistad. Dikembe la compara con un refugio. Y no le voy a quitar la razón. Ni voy a descubrir nada nuevo sobre ella. Quizá sea de los sentimientos que no ocultan doblez alguna. Se parece al amor si a este le quites el deseo y las obligaciones que conlleva. No creo que haya nadie sin un amigo. Aunque este sea una mascota o un desconocido. Si bien hay de todo en esta viña, pero será una excepción o un cartujo que ni siquiera acude a su corto recreo diario ni al gran paseo, como ellos lo llaman. Y también estoy de acuerdo que una amistad no se debe valorar por su duración, sino por su intensidad. Y añado que un amigo nunca defrauda, somos nosotros quienes malogramos la amistad por no cuidarla. Es esto sí se parece a las cosas del querer.
Aquella mujer volvió temprano. Actuó como una actriz consumada al obviar mi presencia sin distracción alguna. Pero a mí sí me sirvió de distracción su presencia. Viéndola trabajar me pareció que el tiempo pasaba más deprisa que durante la noche. Y cuanto más pasara más cerca estaba la vuelta de mi amigo y mi liberación. Después de la vomitona no volví a comer. Pero a la luz del sol supe el motivo de mi malestar. Aparte de la gran cantidad de frutos ingerida en tan poco tiempo, los frutos estaban verdes, sobre todo los tomates. Y ya sabes el dicho: Un tomate verde, te pierde. Pero de noche todos los tomates son rojos. Si hubiera hecho caso a los consejos de mi abuela Mayifa, no hubiera pasado tan mala noche. Ella decía que los tomates en agraz podían hacer más daño que un león. Había empezado mal mi confinamiento y los nervios se me agarraron al estómago y tiempo tuvieron de medrar por él porque Mahraz se fue a comer sin que Adama asomara por el huerto. Yo miraba la fruta y me venía a la boca una arcada. Desde donde estaba no podía mirar muy lejos. Mis ojos solo alcanzaban a ver parte del huerto y los árboles frutales me impedían la visión de un horizonte más lejano. Si al menos hubiera podido andar hubiera descargado mi impotencia, pero el poco espacio y la cadena me lo impedían. Me dolían la espalda y las piernas de estar encogido y doblado. Entretanto volvió mi secuestradora y esta vez venía acompañada de un niño. Eso hizo que me recogiera más dentro del chamizo. Aquel crío no paró de trabajar durante toda la tarde. Deduje muchas cosas durante aquel día pero ninguna de importancia y, al atardecer, me llegó a la cabeza la peor duda que me podía llegar: ¿Y si le había sucedido algo a Adama? Los nervios se convirtieron en desasosiego. No podía estarme quieto y, a su vez, tampoco podía moverme mucho. Y cuando los dos trabajadores abandonaron la faena, tuve que estirarme y sacar a la intemperie parte del cuerpo. No sé si fue suerte o fue lógico que nadie viera mis piernas subir y bajar para desentumecerlas. También hice flexiones de brazos. Pero de la misma manera que no podía moverme del sitio, tampoco podía quitarme de la cabeza la funesta pregunta. Y lo peor fue que me di cuenta que Adama no me importaba en lo más mínimo, pero me consolé al decirme que, al menos, no dudaba de él. Nunca me planteé que Adama se hubiera marchado con todo el dinero. Como ves me dio tiempo a pensar muchas tonterías. Pero el abandono nunca formó parte de ellas. No solo mata moscas con el rabo el diablo cuando no sabe qué hacer. También cuando no puede hacer nada. Como yo en aquellos momentos que se alargaban a un día y dos noches. Aún después de ese tiempo no sentía gana de comer. El ácido olor del vómito, que todavía permanecía en mi boca, junto con los retortijones de tripas y el recuerdo de los frutos inmaduros me disuadieron del yantar. Solo bebía pequeños sorbos de agua como me había acostumbrado a hacer durante las caminatas por el desierto. Unas veces por sed y otras por hacer algo. Por más que luchaba contra mis suposiciones y por más que racionalizaba mi confianza en Adama, aquella espera golpeaba mi seguridad como una espada de Damocles. Al estirar los brazos sin medida mis manos toparon con la chamiza del techo y lo rompieron. Por el agujero de la techumbre vi las estrellas. Y al moverme, un trozo de luna apareció contra la oscuridad. Y en esa blancura se dibujaron las siluetas de unos frutos. Resultaron ser manzanas. Y no sé si por diversión o por hacer algo, me estiré más y llegué hasta una que arranqué. La observé de cerca y me pareció roja. Así que le arranqué un pequeño mordisco y su sonido me llegó amplificado por la boca. Dulce. Estaba dulce y harinosa. Me la comí y noté que me sentaba el estómago. Hice otro esfuerzo y conseguí otra pieza que fue a parar al mismo sitio que la primera y con el mismo resultado. Al final, cayeron tres. Y no comí más porque mis manos no alcanzaron la cuarta. Por primera vez disfruté de aquel huerto. La soledad, la tranquilidad, el estiramiento de músculos y sentir en la boca el dulzor de la fruta en sazón me hicieron ser menos pesimista. Y mi pequeña alegría salió por mi boca en forma de grito. Enseguida me la tapé. Al recordar las palabras de Mahraz, me puse en su pellejo y me acurruqué de nuevo sin dejar de mirar el trozo de cielo con estrellas. La luna ya se había ido del marco de la forzada ventana. Me dio por pensar que las manzanas no me habían sentado mal, pero me habían abierto el apetito. La fruta de la que disponía ni la toqué. Recordé entonces aquella otra noche que pasé en cuclillas después de comer los desechos de un zoco, uno de los primeros tropezones de mis andanzas. ¿Qué le estaría ocurriendo a Adama? Como pensé en todo, hasta me arrepentí de habernos parado en Kerrandou. Habíamos divisado al otro lado del río otra aldea más grande. Pero ya no había remedio. Estaba preso hasta que mi amigo llegara. Me maldije por haber dudado de él, pero me di cuenta de que no lo había hecho. Egoístamente, solo me preocupaba que le hubiera pasado algo, pero nada más. Era normal. El preso era yo. Además, ¿qué le iba a haber pasado? Adama estaba mejor dotado que yo para sobrevivir. Y con estas divagaciones me puse a mirar por el hueco del tejadillo. Era mi segunda noche allí dentro. ¿Qué pensaría Mahraz de la situación? ¿Sería viuda? Supuse que estaba en un sin vivir, salvo que nos hubiera engañado. Que todo era posible, aunque mi intuición no era esa. No, a aquella mujer le habíamos creado un problema. Había que corresponder como se merecía. ¿Cuál sería el motivo para que no nos pudiera vender la fruta abiertamente? ¿Tanto riesgo corría si lo hacía? Lo dejé por imposible. Cuanto más lo pensaba menos lo entendía. Todavía no tenía tanta maldad como para recrearlo. Como no estaba cansado, sino harto, no me entraba sueño. No sabía qué hacer. Hasta que se me ocurrió fantasear sobre la vida que nos espera. Mi subconsciente ya había asimilado salir de África, idea que yo no tenía en un principio. No pienso contarte qué concebí en mi mente porque, obviando su insignificancia, te reirías de mí. Si te digo que no tiene nada que ver con las experiencias que vinieron después, ni con lo bueno, ni con lo malo, que de todo ha habido, seguro que me crees. Y eso es suficiente. A mí, a ti, a todos nos ha pasado. Si crees que va a ser así, será asá. Esa segunda noche sí dormí de un tirón. Tarde en conciliar el sueño, pero caí. Los analfabetos no tenemos el recurso de contar ovejas, porque llegar a diez no da sueño. Me despertaron los gritos de un niño que avisaba a su madre sobre algo infrecuente. Y acaeció aquello que ninguno queríamos que ocurriera. «¡Mamá, mamá¡ ¡Hay un hombre en el cobertizo!», vociferó el crío según corría hacia su madre y me señalaba a mí. La luz que entraba por el agujero del techo nos traicionó. No obstante, era difícil verme, pero me vio. Su madre dejó a un lado la azada con la que trabajaba la tierra, corrió hacía él y le tapó la boca porque la sorpresa del niño le hacía repetir el descubrimiento:¡Hay un hombre en el cobertizo! ¡Mira!». No sé qué palabras le susurró porque lo hizo a su oído y abrazando la cabeza de su hijo, pero después de deshacer el abrazo, el chico se calmó y disimuló como todos. Todo el tiempo que anduvo por allí uno de sus ojos no se despegó de la entrada de mi celda. Desde luego, si alguien hubiera entrado en el huerto hubiera sabido que dentro de aquel cuchitril se escondía algo. En principio me sentí culpable, pero me dio tiempo a convencerme de que no había sido culpa mía. La mente humana tiene esa capacidad: “¿Quién, yo? No, qué va. Yo no”. A veces la culpa es de todos y otras de nadie. Como en este caso, ni tú ni yo tenemos la culpa de que se haya hecho tan tarde y tenga que acabar esta carta. Entre párrafo y párrafo he cenado y ahora me estiro un poco, me pongo el pijama, me lavo los dientes y a la piltra. En la próxima te contaré cómo salí de la "cárcel". Un saludo.  









Imagen 1. Foto bajada de elrincondelmakandel.blogspot.com.es (en color).
Imagen 2. Foto bajada de commons.wikimedia.org (en color).


sábado, 25 de marzo de 2017

Otra casita

Que contenta estoy!!!

Ayer recibí otra casita!!!

De mi amiga Isabel, fijaos que mona:



Ha tenido en cuenta los colores del quilt.

Un recuerdo para toda la vida.

Muchas gracias Isabel, la incluiré con todo mi cariño, en la trasera de este quilt:


Ya tengo 26 casitas, van faltando menos para las 70.

Añadido más tarde y por petición popular:

El patrón en centímetros, por si alguien está interesado, es éste:


El tamaño a aplicar es de 10,70 x 10,70 cm. más un borde de 1,5 cm. todo alrededor.

Y sigo coso que te coso...

martes, 21 de marzo de 2017

Videotutorial cestas reversibles

Parece mentira, pero hace ya tres años y medio que hice el tutorial de las cestas reversibles, ha sido el post más visitado con mucha diferencia del resto, más de 20.000 visitas.

La verdad es que si me das a elegir, no sé qué prefiero: si un tutorial en un blog o en Youtube.

He pensado que para los que prefieren verlo en el canal, ya lo tenemos. 

Las cestas desarrolladas en las dos versiones. que nadie se quede con las ganas de hacerlas por falta de información.

Tampoco os digo que vayáis a hacer más de 100 como es mi caso, pero alguna para quitaros el gusanillo...

Ah!! y, por favor, si hacéis una cesta, me encantará verla.


Aquí os pongo el vídeo:


Quería dar las gracias a todos los nuevos suscriptores de aquí y de allá, en especial a los argentinos y mejicanos que están visitando mi canal y que le están haciendo crecer. Muchísimas gracias a todos.

Espero no defraudaros y poder ofreceros material que os resulte interesante.

Gracias de nuevo por acompañarme en esta aventura.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 20 de marzo de 2017

CAP. 45 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo






De cómo conformarse



amás olvidaré aquella estancia en Aoufous y qué me dejé allí. Pero cada cosa a su tiempo. A pesar de estar molido por la poca costumbre de trabajar, no solo con las piernas, y de descansar sobre una cama, dormí perfectamente, aunque no todo el tiempo que hubiera querido, pues Belkassem me despertó a hora temprana, antes de que asomara el sol. Había que aprovechar el día y el fresco de la mañana para desplazarse hasta el almacén de frutas a fin de que estas, y quien las llevara, sufrieran lo menos posible en el trayecto. Así pues, con un té caliente en el estómago («Desayunaremos por el camino») y después de sumergir las cestas con los frutos en agua, nos pusimos en marcha hacia Er-Rachidia. Adama, que se levantó al oírnos, ideó una forma de amarrar con cuerdas los cuatro cestos y cargárselos a Hamal. Y así, fresca, reluciente y tapada, la mercancía llegaría a su destino. «No sabes como os lo agradezco, Dikembe. Esta vez Massoud no podrá decirme que la fruta no llega fresca ni demasiado madura. No tendré que venderla en almoneda». Después de sus palabras de agradecimiento me anunció que antes de dormirse se había acordado de un amigo de antaño con el que podría ponernos en contacto. Él creía que esa amistad todavía seguiría en la brecha porque al amigo le gustaba vivir bien. «Seguro que ha progresado dentro de la organización. Ahora, deberéis tener cuidado porque ya por aquel entonces no tenía muchos escrúpulos». Nos daría una carta para que nos trataran como amigos de un antiguo camarada. También me habló, sin recato alguno, de la mafia que se dedicaba a pasar gente al otro lado del mar. No todos eran marroquíes, solo aquellos que daban la cara, es decir, los últimos monos. Quienes hacían de verdad el agosto eran casi todos extranjeros. La trama funcionaba sin que nadie conociera a nadie fuera de su grupo. Si había alguna baja, el propio equipo se encargaba de cubrirla. Así se conocieron Said y Belkassem. «A mí me reclutó él para la causa». Con aquella estructura, la empresa estaba bien protegida, pues aunque las autoridades se preocuparan de estropearles el negocio, a lo sumo desarticulaban una cuadrilla, ya que sus componentes no podían identificar a más personas. Las órdenes se recibían por escrito y los mensajes los llevaban niños. Todos tenían la obligación de memorizar y quemar las misivas recibidas. Otra de sus defensas era que los propios clientes, al contactar con las siguientes células, eran preguntados por el dinero que habían pagado en la etapa anterior. De esa manera, también controlaban a su personal. Si alguna cuenta no cuadraba, alguien aparecía destripado y punto: Problema resuelto. De esa manera también el flujo de dinero subía hacia los jefes y estos jamás soltaban un dirham. La vacante era fácilmente cubierta, siempre había alguien dispuesto a ocupar el puesto que, por otro lado, era vitalicio. «Aspirantes no faltaban, te lo aseguro, Dikembe». Además, según Belkassem, el trabajo no era nada difícil y las dos empresas que él conocía dedicadas al curioso turismo, hoy de masas, no se interferían. También eran niños quienes transportaban ese efectivo, aunque desconocían que lo hacían. Como te digo, el negocio iba viento en popa y había para todos. Y el empleo tenía otra ventaja: No necesitaba dedicación exclusiva. Así, podías ayudar en los trabajos familiares sin que estorbasen mucho a tu oficio sumergido. Por eso, también era muy difícil saber quien estaba en el ajo y quien no. Aunque el sueldo no era para tirar cohetes, sí lo era para llegar a fin de mes. Tarea que no todos podían cumplir por allí. Lo más sustancioso era para los de arriba, es decir, para quienes menos arriesgaban y menos trabajan. Y fíjate si son listos los crápulas, que obligaban a los clientes a desembolsar a poquitos el coste del viaje. Quien no puede pagarse el siguiente trayecto es abandonado a su suerte, después de ser exprimido hasta la última moneda. Si el estrujado hubiera sabido el importe total al principio, como no lo hubiera tenido, no habría empezado. Aquellos otros que llegan hasta el final, es decir, hasta la orilla africana del mar, y que han dejado muchos poquitos por el camino, o pagan el último trayecto en patera a precio de crucero de lujo o se las tienen que buscar para cruzar a Europa. Aunque te dan otra posibilidad: seguir trabajando o trapicheando para que te pagues esa última travesía. Estos últimos acaban por abandonar porque si llegan a juntar los posibles que les han pedido, les dicen que el precio ha subido y les tienen enganchados hasta que se dan cuenta y, como te digo, abandonan y engrosan el grupo de perseguidos por las policías locales. No me digas que no está bien pensado el asunto, porque el negocio no necesita invertir en materia prima, y ya me dirás qué vale una patera con cincuenta años de servicio o una barca hinchable de juguete que, encima, tienen que inflar los viajeros. Todo eso me contó Belkassem durante el camino. Y como quiera que no podíamos montar a Hamal por ir cargado con la fruta nos fue más fácil charlar, aunque en este caso solo hablara él. Pensé que debíamos ir muy lejos porque Belkassem no cogió provisiones ni me dijo que llenara el pellejo de agua. Pero después de habernos alimentado con el peso que quitamos al camello y empezar a ponerse el sol, me expliqué el motivo por el que la fruta no llegaba al mayorista fresca. Y más, al decirme que su pollino apenas podía con la mercancía y tenía que hacer dos viajes. El caso es que llegamos a Er-Rachidia de noche, y aun así el comerciante recibió a mi compañero. Asistí al tira y afloja entre comprador y vendedor. De lo cual saqué la conclusión de la vulnerabilidad del agricultor. Su posición es de las más débiles del entramado comercial, a pesar de que todos dependemos de ellos. Luego supe que la deducción podía generalizarse sin ninguna excepción. Si no te interesa el precio del kilo de naranjas, te vas por donde has venido y te comes tú tus frutos o haces mermeladas. Bastaba con mandar un aviso de tu “rebeldía” a los otros mayoristas para que te cerraran todas las puertas, sin contar que los frutos se amustiaban. Así funciona el mercado “libre”. La ley de la oferta y la demanda. El mercado no tiene dueños, pero sí manipuladores. Como verás hay múltiples modos de explotación. Unas suenan legales, otras ilegales y otras alegales. Que también las leyes tienen zonas muertas.
Estoy totalmente de acuerdo con Dikembe en su apreciación sobre el mercado libre. Si bien quienes compramos y vendemos en él no funcionamos de la misma manera. Ellos, los africanos, encuentran una lata tirada en la calle y la cogen para venderla o darla un buen o mal uso, que de todo hay. Nosotros, ciudadanos del mundo civilizado, la pisamos con saña, le damos un puntapié, acaso regresando a la niñez, y pensamos que el único guarro de la situación es quien tiró al suelo la lata. A veces, la educación no es sinónimo de progreso. Y eso que el fabricante de la lata se ha preocupado de imprimir en ella un muñeco blanco tirando un bote a una gran papelera. 
Después de que salieran del garito del mayorista en el almacén y dejáramos atrás este, como ya había pasado el momento de la negociación, Belkassem demostró su alegría y me dio un abrazo. Le había ido mejor que las veces anteriores. Y quiso agradecernos muestra ayuda en metálico. Acostumbrado a la compañía de Adama, aquello me pareció un detallazo, hablo del abrazo, naturalmente. En relación a nuestros honorarios, le invité a que se entendiera con Hamal, ya que era él quien llevaba los asuntos monetarios. Se tomó la chanza con una sonrisa y un sincero deseo de que Alá nos bendijera a los tres y a su vez que se cumplieran nuestras esperanzas. «Y, ahora, vamos a comprar las medicinas de mi padre. Hace ya tres meses que se le acabaron y, aunque no se queje, con dolores se levanta y con dolores se acuesta». Después pasamos por el zoco y compró un almohadón que cuando lo apreté me pareció abrazar una nube. «¿Tú crees que le gustará?», me preguntó. «Yo creo que sí, Belkassen, está relleno de tu cariño, no te preocupes». Me agradeció el comentario y a punto estuvo de darme hasta un beso, pero se cortó. A la vuelta tardamos menos porque durante una parte del trayecto el único que anduvo fue Hamal. Belkassem era feliz cada vez que le decía que subiera detrás de mí sobre el camello. Y yo creo que no era por dejar de andar, ni por Hamal. Pero esto es tan solo una impresión sin importancia. Cuando llegamos a Zoula comentó que aquella aldea era ganadera y quería pasar por  la  carnecería.  Yo  quise
adelantarme a los acontecimientos, me puse serio y le advertí que dejara a un lado la hospitalidad. Si volvía a gastar su dinero en sus invitados nos marcharíamos de su casa. Su gesto me desconcertó, pero cuando habló lo entendí perfectamente: «Dikembe, déjame pagar mis deudas al menos. Te prometo que después de esta vez no comeremos carne hasta que hayáis partido». Después de haberme topado con tantos personajes que optaban al cetro de mayor egoísta del año, la generosidad de esta otra gente me sobrepasaba. Me venía grande tanta dadivosidad que, también hay que decirlo, me he encontrado más de una vez. Sabía que me iba a costar mucho dejar atrás el hogar del viejo Kassem. Eso sí, ignoraba que a Adama le iba a doler más. Y eso que todavía, ni él ni yo, sabíamos lo peor o lo mejor, según se mire. Incluso, en contra de su costumbre, mi amigo haría público sus sentimientos, aunque solo le oyera yo: «Si no hubiera sido otra carga para Belkassem, me hubiera quedado de charla con su padre». En broma le espeté que él no charlaba y me contestó en serio: «Quien debe hablar es quien tiene que decir algo y yo poco sé». Me he dejado en el tintero que, cuando Belkassem y yo volvíamos de Er-Rachidia, me puso al tanto sobre todo lo necesario para cumplir nuestro sueño, como él decía. Me aconsejó cómo tratar con los guías intermedios de las mafias y me aleccionó sobre como negociar los precios de los trayectos. Entre otras cosas me exhortó a que jamás enseñáramos ni dijéramos el dinero que teníamos. Si lo hacíamos nos duraría menos que un pastel en la puerta de un colegio africano. También me asesoró sobre la última etapa: el viaje por mar. Insistió en que nos dirigiéramos a Ceuta: «Aunque, a partir de ese momento todos dependéis de la suerte, pero elegir la mejor patera y el trayecto menos peligroso también ayuda, Dikembe. Y una vez en el mar tampoco hagáis ninguna referencia al dinero. No todos los compañeros de viaje están dispuestos a compartir lo suyo, aunque sí los bienes ajenos. Cuanto más pese la barca más posibilidades hay de naufragar. Recuérdalo, Dikembe y ten cuidado». No dejó a un lado que la embarcación hiciera aguas así que me hizo prometer que nos haríamos con un chaleco salvavidas, a pesar de decirle que yo sabía nadar un poco. Y que no esperáramos para comprarlo hasta el último momento o nos sangrarían. «Mejor adquirirlo en un bazar para pescadores». Me dio pautas sobre qué hacer si los guardacostas nos localizaban antes de llegar a la playa peninsular y qué haría él al pisarla. En fin, que me trasmitió todos sus conocimientos como si se tratara de informar a un hermano que marcha a la aventura. Aunque no mencionaré mucho a Belkassem de aquí en adelante, fue una persona decisiva en el devenir de nuestras vidas. Quién nos lo iba a decir en aquel entonces. Y no le citaré por el dolor que siento al recordarle, como cuando te escribo sobre nuestra estancia en casa de su padre, y no por ellos, como verás. También es cierto que su generosidad sería premiada. Pero, como digo, cada cosa a su tiempo. Antes, sobre el mapa, él lo interpretaba perfectamente, organizó el resto de etapas de nuestro recorrido por el continente africano. El anciano estaba encantado con nosotros, sobre todo con Adama que, al sentir la necesidad de agradecer y no ser un peso muerto para la familia, se dedicó a sus labores. Se hizo cargo de todo, desde la limpieza de la casa hasta del uso del fogón. Y ello incluía el cuidado personal de Kassem que amenizaba el trabajo de mi amigo siempre que podía con sus historias. Ambos andaban encantados. Uno por hablar, el otro por escuchar y no tener que abrir la boca nada más que para comer y dar los buenos días. Desde que llegamos con sus medicinas, al viejo se le veía más animado, más vivo, y era capaz de no dejar de hablar durante las veinticuatro horas del día si le hubiéramos dejado su hijo y yo. Pero ambos también éramos de lengua fácil. Incluso, más de una noche, Belkassen reñía a su padre porque este, después de apagar la vela, seguía con su charla. Y ese detalle tenía su importancia porque el hijo se levantaba antes que el sol y dormíamos todos en la única habitación de la casa. Que curiosamente, como tantas otras de su tamaño, parecen estar hechas de chicle por lo que dan de sí, en contra de aquellas otras que debido a la cantidad de habitaciones que albergan no pueden acoger más que a visitas diligentes. Lo importante de una casa, creo yo, es que esté viva, que lata al ritmo del corazón de quienes la habitan. Siempre pondré la tuya como ejemplo de ello. Bien es verdad que no conozco a fondo muchas otras, pero sea por la juventud que desfila por ella, sea por los adultos que tan bien se comunican con ellos y entre hombres y mujeres, el caso es que tu hogar se parece a un tiovivo si me permites la licencia. Y no lo digo por los giros y la música, que también, sino por la imagen que evoca la palabra que he usado para la comparación. También podría hablar de la mía, en la que era muy difícil que, durante los antiguos periodos lectivos, no se produjeran algunas visitas de mis alumnos. Es más, una vez jubilado, todavía vienen por aquí y creo que con más frecuencia que antes, si bien algunos ya se han licenciado. Son ellos quienes me hacen pensar las más de las veces. No permiten que me quede anclado en mis recuerdos, como pretendes tú, todo sea dicho de paso. No, es una broma, y quizá cruel, pardonnez moi. Tacha este último comentario cuando lo leas. Si lo haces, me sentiré mejor. No pretendo engañarte en nada por eso no rompo esta cuartilla y empiezo otra. Estábamos tan a gusto con aquel padre y aquel hijo que se nos pasaban los días como las horas. A los cuatro nos pasaba igual. Me planteé lo difícil que iba a ser, sobre todo para el anciano, asumir nuestra marcha y volver otra vez a su soledad parcial y rutinaria. Pero, aunque no me faltara razón, quien peor lo iba a pasar habría de ser yo mismo. Adama supo el motivo antes que los demás nos diéramos cuenta. O, al menos, se lo imaginó. Lo sé por sus posteriores comentarios. Aunque prudente, como siempre, no quiso compartirlo conmigo hasta después de producirse la situación. De nuevo debí darle la razón: ¿Para qué iba a servir que yo lo supiera antes? O quizá daba la posibilidad a que los hechos se desarrollaran de otra manera a la imaginada. Cuando Belkassem vio las virguerías que éramos capaces de hacer Hamal y yo juntos, se enamoró del camello también y quiso aprender a jugar de la misma manera con él. «Enséñame, Dikembe, enséñame, por favor, te lo ruego». Le contesté que encantado, pero que él no disponía de tiempo para ello. «Se lo quitaré al sueño, pero enséñame». Así pues, a partir de aquella noche, después de cenar y todos los días, salíamos al patio o a la calle, y a la luz de la luna o de un candil, intentaba dar al camello las mismas órdenes que le daba yo. Realmente quien aprendía era el mehari, que se acostumbraba a la voz de Belkassem y a sus silbidos. Le aconsejé que fuera él quien llevara al pesebre al animal y que le hablara un ratito antes de dejarle dormir. «¿Y qué le cuento?». Le contesté que yo le contaba todo aquello que se me pasaba por la cabeza y que no le contaba a nadie. «¿Ni a Adama?». «Ni a Adama siquiera». Y me contestó que, entonces, tenía mucho que contarle. Y se fue tan contento con su nuevo juguete hacia el dornajo, como dicen en las Islas Canarias. El hombre disfrutaba tanto como yo a pesar de la edad. Yo creo que rondaba la treintena, si no más. Aunque su carácter le hacía parecer más joven. Más de una vez le robó tiempo al sueño. Y algunas noches me pedía permiso para llevarse consigo a Hamal al día siguiente. Ponía como excusa que así le ayudaría en el huerto. Apoyo que yo también le presté muchos días. Durante nuestra estancia no dejó una sola jornada de trabajar, aunque Adama y yo le quitábamos las obligaciones caseras y para con su padre quien, por culpa del camello, vio alargadas sus sobremesas nocturnas con Adama. Esos días que Belkassem volvía a mediodía, acompañado del camello, a veces entraba en la casa con una sonrisa de oreja a oreja. Y, entonces, todos sabíamos que algo positivo había sacado de los juegos con el animal, así que le preguntábamos qué tal les había ido. En cambio, cuando llegaba cariacontecido, nadie abría la boca nada más que para saludarle. Pero su padre, en cualquier caso, siempre terminaba por echarle en cara que más le valía dedicar el tiempo a buscar una esposa que a jugar con un camello. Un día de esos funestos, Belkassem pareció hartarse de la cantinela de su padre y le contestó, por primera y única vez, de malas maneras: «Padre, a mí no me gustan las mujeres». En ese momento pensé con ingenuidad que el exabrupto había sido producto del mal humor que traía y solo pretendía que su padre le dejara de dar la matraca con el asunto del matrimonio. Pero tiempo después, cuando fui consciente de las opciones que tiene un hombre, llegué a la conclusión que aquellas palabras no escondían ningún significado y que dichas en un lugar pública le hubieran traído muchos problemas a Belkassem. Y quizá también explicaran lo mucho que lloró aquel hombre cuando llegó el momento de nuestro despedida. Si bien hay que decir que no fue el único. Seríamos tres quienes quedaríamos heridos sin cura posible y con una pérdida irremplazable en nuestros corazones, porque, en un principio, no incluyo a Adama. Y, por supuesto, darían sentido al cariño y al mimo con el que siempre me tratara Belkassem mientras estuvimos allí. Después sí fuimos cuatro los afectados, porque Adama me confesó que había dejado atrás a un maestro que, aunque musulmán, se cuestionaba todo. Kassem tenía una mente abierta en contra de lo que pueda pensar cualquier occidental. Y eso encajaba perfectamente con la forma de ser de mi amigo. Amén de que a uno le gustaba hablar y al otro escuchar. Y así, tiempo mediante, cayó la breva. Llegó el día en que si no partíamos, no nos moverían de allí. Hacía mucho tiempo que Adama y yo no hablábamos ni lo poco que solíamos. Y no lo hacíamos precisamente por eso, por no abordar el tema de nuestra marcha. Pero esa no fue la breve conversación que más temíamos, aunque él ya hubiera puesto el dedo en la llaga. Y la úlcera era por supuesto Hamal. Y yo, aunque no lo quisiera tener presente, también lo sabía. Pero en una charla con Belkassem, este me lo dejó claro: «¿Sabrás que no puedes pasar a España con tu animal, no?». Quien calla otorga. Y fue él quien tuvo que decir las palabras que yo no quería ni oír ni pronunciar: «Lo mejor, y no lo digo por mí, sería que me dejaras el camello. Aunque también puedes venderlo y sacarte un dinero. Pero nunca sabrás si cae en buenas manos. Conmigo estaría cuidado y seguiría con sus juegos». Al final la impotencia me salió por la boca: «O sea, que quieres quedarte con Hamal, ¿no?». Y en esta ocasión fue él quien calló, aunque yo sabía que no otorgaba. Alguien tenía que pagar por mi frustración y él era quien estaba más a mano. En el fondo eran las dos únicas opciones lógicas que cabían: o venderlo o regalarlo. En cualquier caso, me tenía que separar de mi gran compañero de fatigas. ¿Cómo se puede agradecer a un mehari todo el cariño y la ayuda que te ha prestado? La mejor manera, desde luego, sería dejarle en buenas manos, como decía Belkassem. Mi conciencia y mi corazón no me dejaban tratarle como un objeto y venderlo para aprovecharme de él. Lloré mientras Hamal me lamía la oreja y yo me dejaba hacer sin encontrar el consuelo que solía embargarme en esa situación. A decir verdad, es la pérdida que más he sentido en mi vida. Y lo digo para hacerle los honores que se merece, no en otros sentidos. No quise ponerme nunca en contacto con aquella familia por varios motivos, entre ellos, ya puedo contarte que había dado la posibilidad de que Belkassem no solo estuviera enamorado del camello. No quise hacer más daño, solo aquel que ya hubiera hecho con nuestra partida. Cuando salimos de Er-Rachidia, Adama hubo de darme más de un empujón porque me quedaba parado y dudaba entre seguir o volverme. Y como él sabía el motivo, me animaba a su manera siempre silenciosa. A pesar de que él también era consciente de que el dolor silente duele más. Por ello, la última vez que titubeé, grité como un poseso. Era mi despedida definitiva de Hamal. A partir de aquel grito asumí que la amistad entre el camello y yo había pasado a la historia. Seguramente por eso no nos dimos cuenta de que parecía empezar la última etapa de nuestro viaje a la tierra prometida. Cada paso que daba y me alejaba más del mehari, por el contrario, calmaba la rabia que sentía por tener que dejarle. Esa misma zancada me acercaba más a mi destino soñado. Es el tiempo, que todo lo puede, el que pasa, calma y trae de nuevo la ilusión. Suplí la presencia del animal con el sentimiento de añoranza. Siempre que comentaba algo, le incluía, si correspondía, en el sujeto de la observación: «Hamal y yo hubiéramos elegido aquel…», «Ya es hora de que descansemos los tres…». Al fin y a la postre, estamos preparados para asumir las acciones de Muerte contra los viejos, por eso, la pérdida de mi abuela Mayifa, aunque yo fuese un crío, me dolió en su momento menos que la privación de la amistad y compañía de Hamal. Para eso no estaba preparado, es más, no quería estarlo. Todavía le extraño y todavía le hablo, como a mi abuela Mayifa. Deseé, y aun lo hago, que Belkassem disfrutara y se apoyara en él como yo hice. Se me empañan los ojos, así que, dejemos el tema y pasemos página. Es lo mejor. Nunca he sido melodramático y no voy a empezar ahora. La nueva caminata se me hizo más llevadera que a Adama. Primero, habíamos dejado atrás el desierto y la ausencia de semejantes, Hamal me ocupaba continuamente el pensamiento. Y era yo, o mi inconsciente, quien buscaba los detalles de las vivencias pasadas. Y hay que decirlo todo, no solo me dolía, también disfrutaba de los momentos tan gratos que me había hecho vivir. Creo que tú nunca has tenido animales, corrígeme si me equivoco, si fuera así, me entenderás perfectamente. La relación con un animal, te la inventas tú a tu medida según actúe el animal. Haberla la hay, sin duda. A veces depende él de ti y a veces ocurre lo contrario, pero te insisto, cada persona pone los adjetivos y las razones de ese vínculo emocional. Cuando oigo en la radio que todavía hay gente que maltrata a los animales que les sirven o les han servido dudo de quien es más animal, el maltratado o el maltratador. La gratitud ha empezado a ser un bien que escasea. Es de malnacidos no ser agradecidos. Pero actualmente surgen otros sentimientos más útiles y beneficiosos, por lo tanto positivos, para el personal tal como sentirse en deuda por recibir un favor porque eso implica deber una. Deber una contra sentir agradecimiento. Así ha evolucionado una sociedad que hemos hecho tan competitiva. Y no es que la competencia sea negativa, no. Es positiva, pero siempre que entre los competidores no haya desigualdades tan evidentes. La sociedad no es tan solidaria como vemos en los maratones televisivos destinados a recolectar dinero para las ONG. Será un mal pensamiento por mi parte pero creo que esas aportaciones semivoluntarias, porque nos las piden, no son más que la compra de las bulas virtuales, antes llamadas papales: “Como ya he colaborado con equis euros mi conciencia está tranquila. Aunque se sigan muriendo de hambre esos niños ya no es culpa mía, es culpa de los que no dan”. Nuestra caridad es puro egoísmo y flor de un día, porque a la mañana siguiente nos dan asco los niños gitanos sucios y con mocos. Nos pone de los nervios que uno de esos gandules nos limpie el parabrisas del coche en un semáforo. Me quedo más con que la caridad bien entendida empieza por uno mismo. O como se dice en la Lozana Andaluza: Allégate a la peña, mas no te despeña. Y no es que esté en contra de uno mismo, sino de esa filosofía farisea tan barata y tan habitual. Pero lo cierto es que durante mucho tiempo yo sentí pena de mí mismo por haber dejado atrás a Hamal. Aunque en realidad había elegido entre él o yo. Y, claro, ante ese brete siempre gana el mismo. Siempre, en cualquier binomio está ese ganador. Hay quien opondrá a esta deducción el amor. Pero se olvida que este sentimiento, necesario para procrear, es uno de los sentimientos más egoísta que pueda albergar el corazón humano. A cambio de querer, queremos que nos quieran; a cambio de respeto, queremos que nos respeten, a cambio… Prefiero la amistad o la gratitud, contienen menos componentes tóxicos y menos intereses. Ah, y tampoco soy misógino, no me entiendas mal. Solo me faltaba eso. Y ser homosexual no me hubiera importado, pero en ese caso no me hubiera separado de Hamal, sino de Adama aunque 
te extrañe. El caso fue que después de muchos empujones de mi amigo llegamos a lo que con los años sería la presa Al-Hassan Addakhil, tal como nos había indicado Belkassen si seguíamos rumbo norte. Allí, junto a la anárquica agua, decidí sonreír en vez de llorar cada vez que me acordara del animal. Ya te he dicho que el tiempo lo puede todo y la voluntad mueve montañas, como la paciencia. Poco a poco me cambió el humor para bien. Y empecé a comer como siempre. No hay mal que mil años dure. Y tampoco es que se me pasara el dolor. Quizás un clavo con otro sale, pero asumí que convivir con un camello en una ciudad occidental es harto difícil, por no decir imposible. Sé que me pongo pesadito con el tema, pero no te queda otra que aguantarte porque jamás me he podido sacar ese clavo del corazón. Aquel camello no solo fue un juguete para mí. Me hubiera sentido menos culpable si hubiera tenido que elegir entre Adama y él. Pero te prometo que, salvo extrema necesidad, no volveré a nombrarle más en mis cartas. Eso sí, ambos humanos sabíamos que íbamos a recorrer menos kilómetros diarios sin ayuda del animal. Aunque su nuevo dueño nos informó que, más o menos, nos quedaban 650 Kilómetros para ver el mar y que eso no era nada, si lo comparaba con el camino que yo había hecho desde mi país hasta Er-Rachidia. «Ya veréis, todo será coser y cantar». Belkassem no sabía que ninguno de los dos sabíamos hacer ni una cosa ni otra, pero bueno, situaciones peores habíamos afrontado ya. Nuestro siguiente destino intermedio era la ciudad de Fez. Una vez allí deberíamos contactar con su amigo, presentarle su carta y acometer las últimas etapas. Llegar a esa ciudad era sencillo, bastaba con seguir el río ante el que estábamos. Donde hay agua, hay vida, ya sabes. Cuando el río discurriera por las montañas y se hiciera estrecho, deberíamos tomar rumbo oeste, ya pasado el pueblo de Kerrandou hasta llegar a Tahmidante donde, a su vez, cambiaríamos otra vez de dirección, esta vez hacia el norte. Así nos encontraríamos con Fez. Nos animó encontrarnos con un terreno duro, y que no se hundiera al pisar. Ni que hubiéramos de soportar, cada dos por tres, una tormenta de arena. Eso sí, encontraríamos nieve, por ello Belkassem nos obligó a aceptar cuatro mantas, con lo cual tanto su padre como él se quedaron sin abrigo para la noche. «A vosotros os va a hacer más falta. Ya me haré yo con otras». También, a cambio de arena, las tormentas serían de agua, y contra la que nos caería del cielo no teníamos defensa, salvo el cobijo de un techo que no necesitamos, porque lo cierto es que tanto Adama como yo disfrutamos como niños de aquellas lluvias y nevadas. También de los charcos posteriores. Y, curiosamente, mi amigo se convertiría en el más ganso del trío, perdón, de la pareja. Quizás porque era el que menos tiempo había sido niño. Si cuando caían las gotas se empapaba y corría con los brazos abiertos, igual que la boca, gritaba de placer y describía círculos, cuando escampaba, caminaba en zigzag y trataba de meterse en todos los charcos para salpicarme. Y para mi sorpresa, repetía una y otra vez: «Dikembe, nos acercamos, nos acercamos». Daba gusto verle disfrutar así. Después de tantas penas y tropezones que te he contado en las anteriores, en esta quiero dejarte con esta imagen alegre de la que yo también disfruto ahora mismo. Hasta la próxima, un saludo,






Imagen 1. Foto bajada de www.disfrutandoelmundo.com. Original en color.
Imagen 2. Foto bajada de culturaesvidadotcom1.wordpress.com