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sábado, 22 de abril de 2017

Trío de cestas

Cuando veo que llevo publicados 98 post de cestas, me digo: anda que no has hecho ....

Pero cuando, como en esta ocasión, publico tres de golpe, eso significa que no llevo ese número que llevo bastantes más.


Ya, lo sé, un poco intensa si soy, que le vamos a hacer!!!

Esta foto la hizo mi hija sin que posaran mucho las cestas.

Se las di para que las regalara y ya me dijo que gustaron bastante.

Mi fotógrafo oficial hizo esta otra, porque me entendíó mal...


Tengo que reconocer que cuando voy a las casas de mis amigas y las veo me pongo muy contenta.

Si todavía no te has decidido a hacer alguna, te invito a que veas el vídeo y que te animes.


Si eres más de tutorial, entonces tendrás que hacerlo aquí.

Y sigo coso que te coso...

martes, 18 de abril de 2017

Posacopas. Videotutorial nº 17

Hoy nos vamos de copas....



Si os apetece ver más, lo siento, pero no vais a tener más remedio que ver el vídeo.

Quería agradeceros lo generosos que estáis siendo con mi canal, el último video, el de los trucos de costura, lleva en una semana más de 18.000 visitas. Esa parte corre de vuestra cuenta. Muchísimas gracias.

Quizá por eso, hoy quería celebrarlo marchándonos de copas.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 17 de abril de 2017

CAP. 49 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo




De cómo llegamos a Fez



Estábamos en la plaza de Boulaajoul, verdad? Sí. Las calles de aquella aldea, como de tantas otras, convergían en la plaza. Y cómo no, en ella se alzaba una pequeña mezquita. A falta de imágenes de Alá y de su profeta, todos los locales que visitamos estaban presididos por la fotografía del rey Hassan II. Lo sabíamos hasta nosotros. Llegué a la idea de que aquel hombre debía ser muy querido entre su pueblo. Ante este comentario, Adama no opinaba lo mismo: «O temido». Podía ser. Ninguno conocía entonces la fuerza de la propaganda, aunque sí del terror. Tampoco sabíamos de la necesidad de las personas de no ir a peor, o bien de sufrir las consecuencias al hacer notar sus propias opiniones cuando estas no coinciden con los dogmas del poder. Para saber esto no hace falta estudiar la historia. Con tener dos dedos de frente, basta. Y yo, aunque muy justos, los tenía. Compramos otras alforjas y más comida. En una especie de tienda nos sirvieron un té moruno, hirviendo, como debe ser. Nos sentó de maravilla. Nos enseñaron como coger el vaso para no quemarnos los dedos. Se trata de poner el índice en el canto del culo y el pulgar en el borde de su boca, si bien, disponer de tazas es más cómodo. Tan sencillo como eso. Cuando salimos a la calle nos encontramos con parte de la manada de caracoles encabezados por el camionero. Y, aunque no fuera así, ese hombre parecía huir de quienes le precedían. Si le hubieran seguido para comerle la oreja, hubiera llegado a la plaza de Boulaajoul sin ninguna de las dos. Los aspavientos que hacía se debían más a su frustración que a las quejas de los viajeros que bastante tenían con usar sus fuerzas para transportar los bultos. Pararon en mitad de la plaza. Formaron un corro alrededor del conductor. Hasta nuestra posición, algo retirada, llegaron entonces las voces de los que todavía protestaban. Al poco, se acercó a esa maraña de turbantes un individuo pulcramente vestido, resplandeciente por la blanca chilaba que vestía, y, sin mucho esfuerzo, se hizo hueco hasta llegarse junto al chófer avasallado. No sé qué les diría, pero a mí su hablar de manos me dio miedo. Poco a poco el murmullo de los reunidos desapareció y fue sustituido por un silencio sepulcral porque todos los observadores también callamos. Y se oyó cantar a un gallo. Anunciaba a destiempo el inicio de un día que no volvería a nacer por mucho que se anunciara. Y para alguno podría ser el último si seguía con las protestas. Al menos eso nos comentaría después quien recibiera la pedrada. Aquel hombre de blanco hablaba en voz baja. De lejos se entendían mejor sus manoteos. Acabada la reunión, se deshizo el grupo. Tan solo quedó en medio de aquella plaza la brillante figura causante de la diáspora. Salimos al encuentro del marcado en la frente y en voz baja y queda, después de mucho insistir soltó la información velada. Si seguían en esa actitud alguno no acabaría el viaje. Y, encima, les habían subido el precio del billete. Alguien tenía que pagar la avería. Si querían lo tomaban, y si no, lo dejaban y perdían todo lo pagado hasta la fecha. Es decir, lentejas. «Son unos abusones». Esa fue mi infantil contestación a las palabras del herido. Menudo adjetivo elegí para calificar a unos mafiosos que trafican con la esperanza de unas personas que es lo único que les dejan, porque el resto se lo han dejado en su hogar o se lo han arrancado de las manos. Seguramente, todo aquel dinero expoliado formaba parte de la deuda de los que dejaban atrás. La inocencia es así. Ahora que me hace falta la echo de menos, aunque no me creas. Ser inocente e ingenuo ayuda a ser feliz más que el dinero. Al menos esa es hoy mi opinión. Si ves en todo doble intención o intereses ocultos, no te da tiempo a disfrutar de la vida, ni a ver el lado positivo de aquello que también discurre a tu alrededor. Si te cruzas con un crío y te sonríe, agradécelo. No te conviertas en uno de esos políticos al uso que en vez de gratificarse, levantan al niño para la foto. Y eso no es solo perjudicial para ellos, sino para aquellos que dudan de sus fines. Y no es que me importe esperar más tiempo a mi médico de cabecera, no. Es que cuando veo a mi médica saturada de trabajo, luchar contra el mal humor, contra la cantidad de burocracia que debe atender y la cantidad de trabas a salvar para curar a sus enfermos, me llevan los demonios. Y me llevan a un lugar en el que siento rabia y frustración. Aquella profesional, lo recuerdo perfectamente, era feliz al desarrollar su trabajo y no ahora, que tiene que despachar enfermos y píldoras cada dos minutos. ¿Cuál es la diferencia entre el ayer y el hoy? Poca, pero importante. La paz no es negocio. En ella crecen las personas y la igualdad entre ellas. Y también las economías de los países. El mundo no es monopolio de unos pocos. No hay miedo, no hay enemigo. Solo queda trabajar y mejorar. Medrar es más difícil en la paz, sin enemigos y sin  miedos. Y los poderosos ven peligrar su puesto en el ranking mundial. Los países emergentes ya no lo son tanto porque cumplen sus expectativas, pero aparecen los daños emergentes en los intereses del primer mundo. Y eso no lo pueden permitir. No pueden consentir que la igualdad se produzca. ¿Sabías que España es el séptimo país exportador de armas del mundo? Sí, el séptimo. ¿Qué puesto ocupa en cuanto a inversión en investigación? Somos el vigésimo séptimo según la ONU (1) . Vamos a dejarlo ahí, porque no se trata de nosotros, sino de mí.  Y lo que yo opine poco puede contra o a favor de algo. Calmados los ánimos la horda de fardos y cachivaches volvió a reunirse en torno al personaje gesticulante y radiante. Y nosotros también nos acercamos, al fin y al cabo éramos viajeros aunque los organizadores no lo supieran. Entonces, el mafioso se tomó la molestia de informar en vez de amenazar. Venía de camino otro camión que, de un tirón, llevaría al que pagara hasta las playas de Marruecos. Antes de que acabara de informar de las tarifas, Adama me dio un codazo y me preguntó afirmando: «¿Tú tienes prisa? Porque yo no». No me vino a la boca ninguna contestación porque estaba todo dicho: No teníamos prisa. Aun así le vi esperar mi contestación porque se repitió el suave golpe. «No, yo tampoco, claro». Y sin más, se volvió y empezó a alejarse del grupo. Yo le seguí. El pez muere por la boca. Sabíamos hacia donde tirar, no obstante lo confirmamos al preguntar a un pastor que sacaba sus cabras del pueblo. Ait Oufella quedaba hacia el norte que era el camino que él llevaba. Así lo ratificó al extender su brazo hacia delante. Pero volvimos al centro del pueblo. No teníamos muchas provisiones. Pero no las conseguimos. Nadie nos quiso vender nada. La sombra del señor luminoso era muy larga. Mientras estuvieran allí los viajeros, los comestibles habían quedado confiscados. Solo tenían permiso de manipulación de alimentos los canales de distribución mafiosos. Por lo tanto los precios, al no haber competencia, subieron hasta las nubes. Adama se negó a ser cómplice de aquellos abusos. Y el asunto debió empeorar más gracias a otro grupo de caracoles que entraban en  Boulaajoul cuando nosotros salíamos. El negocio, como siempre, era redondo y lo hacían, como siempre, los mismos. Al entrar en Marruecos no pensamos en que allí íbamos a pasar hambre. Sobre todo al seguir el río Ziz y bajar los montes del Atlas. Y mira tú por donde, en mitad de aquella fértil tierra nos imposibilitaban acceder a sus frutos. Esos eran mis pensamientos y supongo que los de muchos de los viajeros que dejábamos atrás. El miedo que aquel hombre de blanco había sembrado era la cizaña que no deja crecer la libertad ni la voluntad individual. En cambio, Adama era inmune al veneno de esa mala planta. No estaba dispuesto a aceptar las imposiciones que le perjudicaran. Yo hubiera tragado con todo. No supe porqué esta vez, salíamos en zigzag del pueblo hasta que Adama se paró ante un huerto, me arrancó las alforjas y me dijo: «Vigila». E hizo lo más lógico: coger todo lo posible de unos árboles frutales, como tantas veces habíamos hecho antes. Se me debió quedar cara de bobo, porque al volver Adama me dio un cachete en la frente y me dijo: «¿No ibas a vigilar?». Entonces me di cuenta de que no le había quitado ojo de encima a él y me volví y vigilé. A buenas horas mangas verdes. Esta vez el cachete me lo llevé en cogote y salimos con prisas, acaso por ello alcanzamos otra vez al pastor que confirmó mi poca diligencia: «Habéis hecho bien, muchachos. Porque las cabras no son mías, si no, os llevabais un cabritillo». Aquellas palabras no solo hicieron que me avergonzara, también me hicieron volver a la realidad y me dieron ánimos para seguir porque si él nos había visto, otros también hubieron podido. No es que Adama arrasara el huerto, pero si cogió lo suficiente como para que nos sintiéramos orgullosos de no pagar un precio abusivo por la fruta. Independiente de que yo no formara parte del acto de rebeldía. Y si nos hubieran pillado, hubiéramos corrido que fue lo que en definitiva hicimos. Así me sentía de triunfante ante la proeza de mi amigo y el ánimo del pastor. Como verás se hace notar otra vez mi ingenuidad porque si nos llegan a cazar, hubiéramos servido de escarmiento ante los demás y hoy seríamos los dos mancos, uno de una mano y el otro de las dos. Ait
Oufella no estaba lejos. Y menos si llegabas corre que te corre. No era más que una aldea fortificada entre lomas, residuo de alguna guerra pasada. No entramos dentro de sus murallas. Y no fue por miedo. Fue por el deseo de dejar atrás a esa gentuza y sentirnos dueños de nuestro propio destino. Sin ser conscientes, empezamos a manejar la idea de no depender de nadie para cruzar el estrecho que veíamos en el mapa todavía más pequeño. Si hubiéramos sabido la distancia entre estas murallas y la siguiente aldea no hubiéramos corrido ningún riesgo, o sí, quien sabe. Llegamos a Timahdite con lo puesto y salimos igual. Por aquellas pistas de tierra se caminaba rápido. Eso sí, en cuanto oíamos un motor a lo lejos algo parecido al miedo se me agarraba a la garganta. Al principio, nos tirábamos uno a cada cuneta y nos escondíamos entre las matas que nunca faltaban. Pero llegó un momento en el que tuvimos que decidir entre caminar o estar tumbados y medio escondidos. El tráfico no era intenso, pero ejecutar la orden de cuerpo a tierra cada cinco minutos sin tener la seguridad de que te van a disparar, cansa, te lo aseguro. Además, como disculpa, le dije a Adama que no creía yo que ningún hombre de blanco se subiría con sus clientes a ningún camión. Primero porque él no tenía necesidad y segundo porque, seguramente, le hubieran arrojado desde lo alto del vehículo a cualquier cuneta para que su cadáver se pudriera al sol. No hubiera durado mucho entre aquellos que, como nosotros, buscaban un sitio donde caerse muertos, eso sí, lo más tarde posible y no precisamente en el arcén de un camino que llevara a cualquier sitio que no fuera la miseria. Por eso dejamos de escondernos, por comodidad y porque el tiempo y la distancia, a veces, también pueden con el miedo. Tampoco creíamos que los excompañeros representaran un peligro. Seguro que si se cruzaban con nosotros nos saludarían. No sé si estuve acertado, pero una cuestión tengo por cierta después de aquello: el miedo siempre es subjetivo. No es más que un instinto de conservación que puedes usar o sufrir. Depende de ti. Y, desde luego, no es lo mismo que la aprensión. Esta es el recuerdo o el eco del miedo que es mejor olvidar. No así la lección que aprendes cuando lo sientes. Y, curiosamente, nos suele ocurrir lo contrario: Aquel miedo no nos trae las conclusiones sacadas sino una aprensión que no nos deja pensar. Pero los temores que no son subjetivos son aquellos que te meten en el cuerpo. Esos son los peores. Y lo son porque te deforman, coartan tu libre albedrío. Son riendas en manos de otros que dirigen tus pasos y te llevan donde ellos quieren. ¿Y quienes son ellos? Pues, por ejemplo, los fabricantes de bienes de consumo, los fabricantes de ilusiones, los fabricantes de dogmas, los fabricantes de moneda, los fabricantes de necesidades innecesarias, los fabricantes de armas… En definitiva, los fabricantes que solo buscan manejar tus miedos para sus intereses a partir de tu dinero, tu consumo, tus ilusiones, tu fe, tu seguridad, tu egoísmo… La publicidad y la propaganda, en este sentido, forman parte de tu vida. Llega un momento en que los eslóganes son tu motivación. Yo añadiría que por desgracia, pero bueno. Hay quien defiende que sin esa difusión de productos y servicios, herramienta nacida de la mercadotecnia, no tendríamos espectáculos multitudinarios, léase Formula 1 o fútbol. ¡Qué miedo! ¡Pobre Fifa! ¡Pobre señor Carey! ¡Qué íbamos a hacer los fines de semana! ¿Leer, escuchar música, ir al teatro, salir a la montaña, jugar con los niños…? Y, además, muchas personas perderían su medio de vida. Y esa es la bola de nieve sobre la que sustenta el capitalismo la sociedad del bienestar, el miedo a que pierdas tus prerrogativas de haber nacido donde has nacido. Me tacharás de anticapitalista, y no te lo niego, pero he aprendido de vosotros durante estos años de convivencia a ser antitodo. Y no es que os eche la culpa de todo, porque yo pude elegir, pero puede que errara en mi decisión. Todavía lo dudo y eso que el tiempo pasado ya es mucho. Cuanto más cercanos son los recuerdos, más me voy por los cerros de Úbeda. Pregunté a Adama porqué no nos habían cobrado billete a nosotros y me contestó que él suponía que era la manera de captar a incautos. Claro, el primer trayecto era gratis. En los siguientes te chupaban la sangre, como hace cualquier parásito que se precie. Tardaríamos en ver al camión aún más cargado que el anterior. Pero nadie nos saludó. Seguramente no había motivos y menos alegrías que compartir. Yo sí me alegré de no ir encima de aquellos bultos, por eso si levanté y moví las manos. Todavía era dueño de mis ilusiones. De momento dependía todo de mí. El ambiente que se respiraba en Timahdte nada tenía que ver con el de Boulaajoul. Allí los hombres de blanco no habían sentado plaza. Vi pasar un camello que tiraba de un crío que hablaba al animal como quejándose. Se me saltaron las lágrimas y Adama volvió a empujarme. Si no hubiera sido por esos empujones físicos y virtuales creo que no te escribiría hoy desde mi cocina. Espera, que llaman a la puerta… Te tengo que dejar. Es un exalumno. No pienses que eres segundo plato. La cercanía y la educación obligan. Bueno, ya estoy contigo otra vez. Te habrás preguntado el motivo por el que no hago puntos y aparte. Es muy sencillo. Primero se debe al ahorro de papel. Abusar de él no es bueno para nada. ¿Ahorrar renglones en blanco? ¿Y por qué no? En definitiva, los silencios en un escrito no tienen mucho sentido, salvo que escribas para el teatro o guión para representar. Y, por mucha puntuación que se use, el ritmo del texto normalmente lo pone el lector y no el escritor por muchas comas que use. Al igual que el tono. Es mucho más duro leer algo que escucharlo y ese condicionamiento ha causado más de un enfado y una mala interpretación. Y para no hacerme pesado con los puntos y comas  decirte que primo el fondo sobre la forma. Tal como pienso, te escribo y no puedo permitirme el lujo de pensar en otra cosa que no sean mis recuerdos y mis creencias. La pausa ha sido interesante y grata. Otro chaval que ha encontrado no solo un medio de vida, sino también la posibilidad de crecer personal y profesionalmente. Son estos momentos los que justifican el trabajo hecho. Si este joven supiera quien fue y qué hizo su profesor, no se lo creería. Si leyera el contenido de estas cartas, diría que es una novela que tengo entre manos, aun sabedor de que a mí me agrada más leer que escribir, como tú bien sabes. Y no es una indirecta. Todavía teníamos a nuestra espalda las montañas del Atlas. Verlas a lo lejos nos recordaba el frío que habíamos pasado. También empezamos a ver bicicletas. A mi amigo le gustaron mucho e incluso tuvo la oportunidad de caerse porque, en contra de su proceder normal, se enrolló con un joven, y este le permitió hacer una prueba que acabó en caída. No tuvo más consecuencias que una rodilla raspada y unas risas ajenas. «Ese será el vehículo del futuro, Dikembe». En esto no acertó ni de lejos. Pero puedo contarte que el primer dinero que le sobró, ya aquí en España, lo empleó en una bicicleta que aún conserva y usa. Que ya tiene mérito siendo manco. Como habrás deducido ya, aunque Adama y yo vivamos inmersos en la misma sociedad de consumo que tú, no ha conseguido tragarnos del todo. Desde tu punto de vista siempre seremos unos rácanos o unos cenaoscuras pero si me funciona la batidora, que me regalaste hace veinte años, ¿para qué la voy a cambiar? Los verbos usar y tirar, para nosotros, están separados por algo más que una simple “y”: Por el tiempo útil del objeto en sí. Porque la filosofía de throw-away (2) , llevada al extremo, y no es una elucubración, es el origen del desecho de trabajadores, obreros o ejecutivos cuando cumplen los cincuenta años. ¿No es cierto? Eh bien, c'est ça, mon ami. Otros muy distintos eran nuestros problemas en aquel entonces, como es lógico. Pero ya no los veíamos insalvables. En principio, llegar a Fez no era un problema. Y, una vez allí, tomar la decisión de ponernos en manos de alguien o intentar por nuestra cuenta la conquista de España, tampoco parecía muy difícil. Suena fuerte, pero era así. Y lo escrito, escrito está. Para Adama y para mí se trataba de eso, de una conquista que ni nos daría fama, ni nos permitiría saquear, pero de ella obtendríamos una posibilidad de ser aquello que queríamos ser: Personas. Al menos eso me trasmitió mi amigo en las contadas ocasiones que habló después de bajar del Atlas. Yo, más lento y menos ágil de mente, tenía que oír sus ideas para pensar las mías. Y, a veces, como en esta, coincidíamos al cien por cien. El término “neofilia (3) ” nos pillaba y nos pilla muy lejos. Y, además, engaña. La necesidad enfermiza de “lo nuevo” te niega la posibilidad de disfrutar de lo que tienes. No quedas satisfecho más que unos segundos, porque al minuto siguiente este capitalismo cruel ya ha creado otra novedad para que te diferencies de quien no puede adquirirla. Recuerdo que cuando llegaba a las mismas conclusiones que Adama era como si me inyectaran un chute de energía. Él me lo notaba y con una sonrisa irónica me lanzaba una pulla: «Parece que Dikembe piensa». No sé si te lo he dicho ya, pero no me importa repetírtelo. De no ser por Adama no sería quien soy. Y dentro de lo que cabe, me veo como Antonio Machado: “Soy, en el buen sentido de palabra, bueno”. Aunque actualmente me noto inquieto, como si me faltara algo por hacer y no acierto a tenerlo claro. Timahdte ya estaba bastante lejos de las montañas, pero aun así si nos volvíamos, como hacía buen tiempo, todavía las vislumbrábamos. Después de hablar con el pastor ya no volvimos a cruzar palabra con nadie. Nuestras últimas etapas fueron relativamente cómodas, a pesar del encuentro con la mafia. Pero habíamos decidido olvidarnos y no buscaríamos en Fez a nadie que nos pudiera “ayudar”. Simplemente seguiríamos adelante hasta darnos con el mar. Al menos, esa era la información que nos daba el mapa que, de ser actual, la masa de agua hubiera estado representada en azul y no en gris. Aquella época se dibujaba en blanco y negro. Pero no por el mismo motivo que la tuya, según tus palabras. A nosotros no nos marcaba el día a día la televisión, de donde nace tu expresión. Ni la conocíamos casi. Anda que no te ha costado entender que no compartimos recuerdos de infancia: “¡Ah!, ¿pero tú no jugabas a las chapas? ¿No sabes qué es una canica?”. Pues no, no lo sabía. No sabía que Bonanza era una serie de vaqueros ni me puedo acordar de su banda sonora. A veces, me resultas tan tonto como el Dikembe que recuerdo. El tiempo andaba un poco revuelto. No estábamos acostumbrados a que lloviera dos días seguidos a poquito. No estábamos preparados para mojarnos y sentir frío con la humedad. Siempre habíamos celebrado el aguacero. Pero de aquella manera no. No es grato andar contra el viento frío bajo una manta empapada, que nunca acaba de secarse, y sin ver el sol. Pero esa misma humedad dotaba a aquel valle de su verdor. Es una exageración, pero en algún momento echamos de menos el desierto. Por otro lado, descubrimos frutos y frutas que jamás habíamos visto o degustado, como le pasó a Colón cuando llegó a sus Indias. La fruta que más llamó nuestra atención fue la sandía. Por su tamaño y su sabor. Y también los melocotones. Ahora, no sé el motivo, se me viene a la cabeza Thais. ¿Te acuerdas? Esa anciana encorvada que me curó la rodilla en Salal y que tanto me recordaba y me recuerda a mi abuela Mayifa. Seguro que sí te acuerdas de ella. Fue muy importante para mí. De esa mujer aprendí a dar la importancia justa a mis actos. Y me hizo sentirme orgulloso de ellos. Hay que saber no darles importancia, pero sí valorarlos sin tener que compararte con nadie. Te lo cuento porque al venir de comprar el pan y los periódicos esta mañana, me he encontrado con unos vecinos y me he parado en la calle a charlar un rato con ellos. Ya no me miran con esos ojos de sorpresa como lo hacían antes. Ya no se asustan en la escalera. Ahora no es raro tener un vecino negro. Y más si da clases en la universidad y tiene el pelo blanco. Bueno, pues esta gente que sigue en la brecha y tira del carro como si tuviera treinta años, no se da la menor importancia. Tienen que hacer lo que hacen y no se cuestionan más. No saben que sin su esfuerzo, la educación de sus hijos, y de sus nietos, no hubiera sido posible. Ni tampoco la operación de próstata del señor Andrés, ni el parto doble de la Toñi. Gracias a su trabajo existe la Seguridad Social y yo cobro mi pensión, más de lo que necesito, por eso la comparto con Adama. A esas gentes les debemos las carreteras, los aeropuertos, el AVE, las vacaciones. Se lo debemos todo. Y en cambio ellos siguen con su lucha diaria, como aquel que ha bajado a tirar la basura al contenedor, sin darse importancia ninguna. Ignorantes, y a veces ignorados, de su valía. Saben que caminan al encuentro de Muerte y que esa batalla van a perderla, pero que «mientras el cuerpo aguante, señor Dikembe, ahí estaremos, ayudando a los hijos y buscándose el pan porque la pensión no da ni para pagar la luz». Han trocado cumplir sus sueños porque los cumplan sus descendientes: «Que disfruten ellos que están en edad». Se les olvidó aprender a disfrutar, nadie se lo recordó y cuando pudo ser no era tiempo de ello. Bueno, ¡basta ya! Si no, no voy a terminar nunca de llegar a España. Al menos es lo que tú pretendes, creo. Aunque no sé si tus deseos coinciden con los míos, porque acaso acabe antes o después de ese momento, no lo sé. Tras atravesar otros pueblos columbramos Fez. Lo supimos por la extensión de la ciudad. Nos recibió con una luz fuerte y clara que ensalzaba sus colores y su ajetreada vida. Fez es una ciudad vital con la calma de aquella gente que sabe que por correr no se llega antes.  No era la primera vez que veíamos esos gorros que parecen
tiestos invertidos con un penacho de hilos negros en su centro superior y rojos como tomates por el tinte que precisamente allí se elabora. Por eso se llama así: Gorro de Fez. Y no solo lo usan los marroquíes, sino también los tunecinos. Pero en esa ciudad parecían de uso obligatorio para los hombres. A mí me gustó tanto que a punto estuve de adquirir uno. Si le echabas imaginación, podías ver los gorros de Fez seguir la senda sinuosa de sus calles. Vías estrechas que se retuercen sobre sí mismas y que apenas dejan pasar a dos personas a la vez. Pero no toda la ciudad es un laberinto de callejas ocupadas por burros. Fez tiene tres ciudades dentro de ella. Y una de ellas, el-Bali, es un espacio inmenso por donde pasear y admirar las maravillas que contiene. De hecho, hoy sé que es la zona peatonal más grande del mundo, como así me pareció cuando la vi. Sé también que esta medina está declarada Patrimonio de la Humanidad desde 1981. Y es una ciudad dentro de otra porque Fez, a su vez, está amurallada.  Hay  otro barrio ju-
dío, que lo fue hasta que después de varios motines de islamistas exacerbados los hebreos hubieron de huir de Fez como desaparecieron de la España de los Reyes Católicos. Prácticamente ya no queda ninguno allí. Y es que Fez, no es disculpa sino explicación, es la capital cultural y religiosa del Marruecos musulmán, igual que lo fue también del reino antes que Rabat. Y también por esas razones se construyeron varias mezquitas, algunas muy bellas y monumentales. Fez, por tanto, es una ciudad imperial y como tal nos sorprendió tanto a Adama como a mí. No te mentiría si te dijera que es la ciudad que más me ha impresionado. Por eso volví en su momento, para confirmarlo y no dejar que se magnificara en mi imaginación con el paso del tiempo. Ya nos sorprendían menos las novedades, pero aun así, esta ciudad era distinta y sobre todo extensa. De hecho, no todas las casas eran bajas y los almiares de las mezquitas eran visibles desde cualquier punto. No cabía duda, tanto esta urbe como todas las anteriores eran musulmanas y tenían presente a su rey Hassan. Pensamos que íbamos a pasar desapercibidos, pero nos equivocamos. Lo cierto es que la gente, con la que nos cruzábamos, reparaba en nosotros. Estábamos de paso y las personas, que no son tontas, de alguna manera lo intuían. Iban más pendientes de su trabajo que de nosotros, a quienes, una vez vistos, quedábamos olvidados. Pero dentro de aquella grey también habitaban parásitos. Aquel movimiento y normalidad diarios eran, y son, el mejor caldo de cultivo para que estos bichos se desarrollasen y pasasen desapercibidos. Solo cuando creían descubrir un huésped al que chupar la sangre se descubrían ellos a su vez. Y así ocurrió el segundo día que deambulábamos por un zoco en busca de alimentos y ropa para disimular nuestra condición de parias, aunque no pudiéramos disimular que éramos advenedizos por nuestra piel, pero sin pretensiones desmedidas. Aunque el hábito no hace al monje, le ayuda a pasar inadvertido en el monasterio. Y, en el fondo, era lo pretendido. Aparte de los gorros típicos aquel mercado tenía un halo diferente a los visitados en ciudades anteriores. La plaza se extendía, rectangular, sin que hubiera un cinturón libre de puestos y  tiendas.  Este zoco se cerra-
ba con los comercios de los edificios que conformaban su perímetro. Estos extendían toldos que se juntaban en el centro de la plaza y exponían productos de manera que el comprador quedaba cautivado y sin ver la salida. Algo parecido a lo conseguido en las grandes superficies de aquí al eliminar las ventanas de la vista del consumidor. Nada debe distraer la atención de los posibles compradores. Aunque también es cierto que si haces los votos sabes que vas a entrar en un monasterio, en tu voluntad está entrar o no.
Nunca lo había pensado, pero es verdad. ¿Dónde están las ventanas de las grandes superficies o supermercados? ¿Cuál es la razón de que no las veamos? Por descarte solo se me ocurren un par de ideas. Una para que no haya accidentes no deseados. Y otra para que no se produzcan corrientes de aire. Pero me da la impresión que Dikembe va a tener razón. En estos comercios todo está pensado para que compres. Los chicles a mano mientras esperas la cola de la caja, los artículos más necesarios y consumidos en la esquina más alejada de las cajas, la temperatura agradable, fresquita en verano y acogedora en invierno… Claro que, no darse cuenta de este detalle, es difícil si has nacido ya con el acceso libre a estos centros comerciales.

Me he congratulado al leer estas cartas, a pesar de ciertos contenidos, porque me han hecho pensar. A veces tonterías, otras no tanto. De alguna manera han hecho engrosar mis defensas contra toda aquella información dirigida a convertirme en borrego y que tanto abunda hoy en día, leas el periódico que leas, oigas la emisora de radio que oigas o veas la cadena de televisión que veas. Es muy difícil formarse una opinión propia y válida sobre aquello que ocurre a nuestro alrededor. Y de lo cercano sobre todo. Y, además encuentro que este valor también justifica el hacer pública la vida de este africano español.
Los tenderetes quedaban dentro del cerco de tiendas y bajo el manto de la techumbre extendida, y dejaban claro que sus vendedores eran trashumantes. A nosotros nos tentaron más las tiendas. Parecían más consolidados y obligados con el comprador. Al menos podías volver para cambiar o reclamar. Además en el centro del zoco no había mucha oferta de ropa. Los puestos se los rifaban los agricultores para monetizar su esfuerzo diario. Trabajo que nada tiene que ver con escribir una carta, desde luego. Pero uno se cansa de todo y más cuando lleva en las alforjas tanto acumulado. La experiencia pesa, ya lo verás, porque a ti te falta poco. Seguiré en la siguiente. Y esta vez, te mando un abrazo.








(1)  [↑][Volver]   Leído en elpais.es. Dato de 2014. En diez años hemos bajado del 15º puesto al 27º.
(2)  [↑][Volver]  Usar y tirar (inglés). El 1 de agosto de 1955 la revista LIFE publicó un artículo titulado 'Throwaway Living (Cultura de usar y tirar)' Este artículo ha sido citado como la fuente que utilizó por primera vez el término "sociedad de usar y tirar". Fuente: Wikipedia.
(3) [↑][Volver] Este neologismo fue acuñado por el psicólogo y escritor Robert Anton Wilson en su tesis doctoral (1960). Oído en la cadena SER de labios de Neus Sulé.

Imagen 1. Foto bajada de www.google.es/maps. ©Wazo, feb-2014. Original en color.
Imagen 2. Foto bajada de viajesalmusafir.wordpress.com.
Imagen 3. Foto bajada de viajestic.atresmedia.com. Original en color.
Imagen 4. Foto bajada de saltaconmigo.com. Original en color.



viernes, 14 de abril de 2017

Agarradores


Por fin!!!
Ya lucen en mi cocina.

Tengo que reconocer que los anteriores estaban de pena, pero aún así y todavía no les he tirado, ando pensando si les hago "el boro"

Si, el boro, que está muy de moda.


Estos agarradores son de restos de telas, prácticas que hago de acolchado, prácticas de rematar con la trasera....



Vamos que tienen muchos fallos y están de lujo.

¿?¿?

Y sigo coso que te coso...

martes, 11 de abril de 2017

Trucos de máquina de coser. Videotutorial.

Me encantan los trucos de cocina, limpieza, casa en general y, como no, de costura, también.

No soy nada original, seguro que a ti también te gustan.

¿Los compartimos?

Si tienes trucos me encantaría conocerlos.

¿Me los cuentas?

Y sigo coso que te coso...

lunes, 10 de abril de 2017

CAP. 48 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo



De cómo el mundo es un pañuelo



unto a la casa en ruinas había un pozo todavía en uso. Es una de las características de aquellas gentes: el respeto a los demás. En otros lugares hubieran cegado el agujero antes de abandonar la casa. Y en otros, hubieran vallado la propiedad para que nadie se hubiera servido ni de ella ni del agua. Por ley natural, el agua es de todos, ni de los lugareños ni de de los propietarios de las fincas por donde discurre. Por eso me molestan los problemas que surgen cuando se habla de trasvases, por ejemplo. Si hay escasez del preciado líquido habrá que racionarla, pero siempre repartirla con equidad. Aunque nuestra idea era descansar, esta ocultaba el retardo de nuestra llegada a Fez. Dimos unas vueltas por Zebzat que, aun siendo una aldea agrícola, no estaba desparramada, sino concentrada en un pequeño núcleo urbano alrededor de una alcazaba que otrora nos hubiera impresionado de no haber visto Merzouga. En nuestro caminar era notoria la falta de ganas, aunque no era en realidad desgana, sino matar el tiempo sin saber qué hacer. Conseguimos que el sol decidiera ponerse y nosotros decidimos recogernos en aquellas ruinas para cenar y  dormir.  Nos costó conciliar el  sueño.

Oí como Adama daba vueltas bajo su manta, igual que hacía yo. Incluso se levantó a orinar dos veces y por lo que escuché sin mucha necesidad. A punto estuve de incorporarme y proponerle charlar un rato hasta que nos bendijera el sueño, pero, como sabía que diálogo iba a haber poco, terminé por aplicar el remedio casero de mi abuela Mayifa cuando en nuestra choza se iba el sosiego por la llegada de un Mbo borracho: “Dikembe, tú cierra fuerte los ojos y las orejas y piensa en cuando seas un guerrero”. Y funcionaba porque la violencia era ajena a mí. En cambio, aquella noche la desazón estaba en mi interior, había sustituido al cansancio que no habíamos acumulado durante el día. Así que, por mucho que cerrara mis cinco sentidos no conseguiría aislarme del  desasosiego porque estaba dentro de mí. Por supuesto terminé dormido, como mi amigo, aunque no sé quien cayó antes. Cuando me levanté, él ya estaba en danza. Y lo extraño es que me esperaba. Quería hablarme: «¿Dikembe, no sería mejor apretar el paso y quitarnos esto de la cabeza?». Que me hablara antes de desayunar casi me causó un ictus. No, es una exageración irónica con tintes de broma. Sí, tenía razón, no podíamos caer en un pozo de comodidad cuando estábamos tan cerca de alcanzar la meta. Desayunamos, recogimos las mantas y sin decir una palabra más dejamos atrás la casa en ruinas. Caminamos con rabia. El paso que cogimos nada tenía que ver con el del día anterior. Era una lucha para no dejarnos ir y quedarnos a las puertas de donde, curiosamente, deseábamos llegar. No es que voláramos, no, pero andábamos a trancos. Cada zancada nos alimentaba la ilusión que parecía perdida, pero que en realidad simplemente dormía. Cada poco cogíamos el relevo del otro, hecho que jamás se había producido antes. Siempre uno iba a la cabeza y el otro, un par de pasos retrasado, le seguía. Pero ese día cambiábamos la retaguardia constantemente. Uno tiraba del otro y viceversa. Era nuestra forma de demostrarnos que cualquier miedo se había quedado bajo aquellos escombros. Por ello, cuando llegamos al siguiente pueblo, pasamos de largo, así que no puedo contarte nada de Midelt, salvo que se parecía a las aldeas anteriores. Según el mapa, la siguiente con la que tropezaríamos sería Ait Toughach, pero como no sabíamos interpretar la escala no podíamos calcular la distancia, aunque en el mapa aparecían todas muy juntas. Además, al contrario que en otras ocasiones, no hablé con nadie, ni pregunté. Si alguien hubiese reparado en nosotros, se hubiera preguntado de qué huíamos. Nadie nos perseguía, éramos nosotros quienes íbamos detrás de un sueño que, ahora sí, veíamos exequible. De alguna manera, aquella galbana, ya abandonada, se debía a la relajación que las buenas circunstancias del viaje nos habían permitido. Desde que habíamos dejado atrás la dureza del desierto, avanzar se había hecho más cómodo, si es que este adjetivo cabe en estas andanzas y en el itinerario. También se había sumado el golpe que recibimos al haber dejado atrás también a nuestro amigo Hamal. Pero en aquellos momentos en los que al mirar atrás veíamos las montañas con los picos nevados, nos sentíamos seguros aun sin él. La naturaleza ya no era un enemigo, sino un aliado. Y lo sería hasta llegar a otro mar, este de agua y no de arena. Ese era el marco perfecto para que se desatara una tormenta adventicia porque natural era imposible por la falta de nubes. Después de entrar en Ait Toughach se produjo el primer relámpago y comenzó la tormenta en mi interior. El fogonazo y el estruendo, que me afectaron a mí únicamente, me dejaron paralizado amén de sordo y mudo, pero no ciego del todo. Contra esa blancura cegadora se dibujaba una figura tan temida como conocida. No podía creer que tuviera ante mí a Abu Dharr, el cabecilla de los terroristas para quienes había interpretado el papel de muecín. Al retirarse el efecto del shock y volver a ser dueño de mí mismo, observé que no estaba solo. Reconocí a alguno de sus secuaces, guerreros de Alá, que antaño fueron ficticios compañeros de armas. No solo deseé que la tierra me tragara, también que se los tragara a ellos en otro agujero distinto y más profundo. Cuando reaccioné grité a Adama: «¡Corre!». Y corrimos. Y como todo lo hacía bien, conseguí llamar la atención de tout le monde. Por allí nadie corre, todo el mundo anda como si le sobrara el tiempo. No como aquí, que parece que no haya una vida para hacer las cosas. Ya sabes qué opino de tus prisas siempre apuradas. Como te digo, por aquellas calles no corría ni el aire. Teníamos dos ventajas. Una, yo les había visto antes. Y dos, nuestra relación no estaba jerarquizada. Si bien, había una tercera que yo creo que fue la responsable de que pusiéramos tierra de por medio: Éramos más jóvenes. No es que fuéramos Usain Bolt, pero dos gansos de uno noventa tienen piernas y corazones que les permiten dar zancadas de metro y medio sin ninguna dificultad y una detrás de otra. Y si bien la adrenalina solo saturaba mis venas, Adama al verme correr de aquella manera, no la necesitaba. En un momento determinado nos encontramos en un callejón sin salida. A los lados casas y enfrente una pared de adobes. Nos miramos, y gracias al tiempo y las peripecias pasados juntos, supimos qué hacer. Y tuvimos más suerte que quien fue a buscar notoriedad y se encontró con la presidencia de una nación. Cuando caímos del otro lado del muro no nos recibió la tierra, sino el forraje recién cortado que trasportaba una carreta. El carretero lanzó un largo  “so” para que 


pararan los bueyes y miró hacia atrás. Yo le miré, él me miró y como si no hubiera pasado nada, aguijó a los animales para que siguieran camino. Tanto Adama como yo, buceamos hasta las tablas del carro y, aunque un poco incómodos por los picores, nos sentimos un tanto seguros. ¡A ver quién nos encontraba allí! Y, al final, hasta se nos hizo largo el viaje. De modo que antes de llegar a destino, asomamos los dos la cabeza con la boca llena de hierba. Habíamos salido de Ait Toughach sin saberlo y como siempre en modo huída. Saltamos al camino y grité unas gracias al carretero que, sin volverse, las contestó al levantar la mano libre de la aguijada. Nos sacudimos las briznas que pudimos y nos miramos con una sonrisa tensa. Pero se conoce que ese día estábamos más conectados de lo normal porque los dos debimos pensar lo mismo: Vaya estupidez bajarse del carro, ¿no? Y corrimos de nuevo. Esta vez no tomamos el carro por arriba, sino por detrás. En él nos sentamos de sendos brincos. Tampoco asustamos mucho al carretero, porque ni se volvió. Solo expresó la idea que habíamos tenido nosotros: «¡Hay que ser tontos!». No te he dicho que nuestro salvador era un muchacho más niño que nosotros que al llegar a una encrucijada de caminos, se volvió y nos preguntó: «¿Hacia donde huís?». «Fez», tuvo la amabilidad de decir Adama. «Entonces, por ahí». Señaló y arrancó hacia el otro lado. Saltamos a tierra y antes de pisarla oímos un “¡Suerte!” que ambos agradecimos. Yo que no tenía todas conmigo le dije a Adama: «No estaría de más correr otro trecho». Cuando los pulmones no me daban más paré, me doblé sobre mí mismo y esperé a mi amigo. No tardó en llegar ni en preguntar entre sobrealientos: «Tú dirás». Y le conté según andábamos y recuperábamos la respiración. Cuando acabé, me lanzó una pulla: «No sé porqué he corrido, a mí no me conocían». Alfilerazo que yo interpreté como una broma irónica, más que nada por su gesto final. Nos alejamos de la pista de tierra pero no nos cundió mucho. No es lo mismo correr por un camino ya pisado que por las piedras y a tras campo. Adama, se debió percatar y sin decir ni mu, volvió al camino llano. Dudé un momentín en seguirle. Cuando llegué cerca de él, le vi intentar parar a un camión cuyo conductor le hizo el mismo caso que a mí: ninguno. Eso ocurrió varias veces más. En esto que vimos venir de lejos desde Ait Toughach, a los que iban no les hacíamos señas lógicamente, una nube de hatos de tela sobre la que se desplazaba
una docena de personas o más. Como avanzaba lentamente hasta pudimos observar  que solo se veía la cabina del camión. De sus lados, aparte de los hatos, colgaba todo tipo de enseres, hasta una bicicleta. Antecedía a otra nube negra que escupía por detrás y que envolvió varias veces a los pasajeros de la caja del camión. Le hicimos señas, pero de nuevo sin éxito. No se detuvo. Y Adama debió pensar que no era necesario que se parara, así que esta vez fue él quien, al sobrepasarnos el vehículo, dio la orden de correr. Según nos acercamos al bulto de enseres envueltos en humo varias personas nos saludaban y nos animaban. Solo le oíamos porque los gases no nos permitían ni ver, ni respirar. Fui yo el primero en alcanzar el camión. De un salto  me agarré a un bulto y busqué con la otra mano algo más apropiado para aferrarme y trepar. Una cuerda me sirvió para ello. Antes de llegar a la cima de la tongada unas manos amigas se extendieron sobre mi cabeza. Yo agarré la primera que pude y culminé el esfuerzo. Al poco Adama me acompañaba. Cuando eché un vistazo, me sorprendí al ver la cantidad de personas que anidábamos allí. Intenté contarlos. Éramos lo menos veinte entre niños, ancianos, mujeres y hombres. Eso sí, todos sonrientes. Di las gracias en francés, en árabe y en tuareg. Si hubiera sabido hablar mil idiomas, mil veces hubiera agradecido. Al rato, cuando encontramos un hueco donde aposentarnos, ya nadie nos miraba. De pie, como algunos iban, se corría peligro de desprendimiento. No por la velocidad, sino por los baches. Pero aquellas personas se divertían, sobre todo los críos, sin ver el peligro del que tampoco les advertía nadie. Miré hacia el pueblo que habíamos dejado atrás a toda prisa y no le pude encontrar ya con la mirada. Pronto conocimos a algunos de los compañeros con los que haríamos la excursión discrecional. Y pronto notaríamos la molesta humareda del gasoil al mal quemarse en el viejo motor. Cuando empujaba el viento a favor la lentitud del camión permitía que los gases nos alcanzaran.  De hecho, cuando la brisa se calmaba, no se nos movían los turbantes aunque nos movíamos hacia delante. Pero era mejor que caminar, aunque no se ganara mucho más terreno. Hoy, esa sensación la puedo comparar a aquella que imaginaba cuando leía que Aladino volaba en su alfombra. Aunque mis pulsaciones volvían a la normalidad, tanto el susto inicial como el miedo todavía circulaban por mis venas y palpitaban en mi corazón. Mi amigo, frente a mí, me buscó con la mirada inquisitiva y le grité: ¡Los guerrilleros! y noté cierto desahogo. Me oyeron todos, pero solo me entendió él porque una parte de los demás se puso a buscar con la vista por el horizonte. Pero al volver la normalidad, los compañeros ya no nos miraban igual. No puedo decirte si mejor o peor, pero sí de manera distinta. Otra vez me pareció que la verdad no me ayudaba mucho. La cara de Adama era de sorpresa. El mismo desconcierto que yo mismo había sentido al ver a Abu Dharr. De igual manera pronto se le cambió al rictus y el temor ensombreció su semblante. No sabía la distancia que nos separaba de Ait Toughach, sin embargo estaba seguro de que no iba a dejar de mirar atrás hasta no haber cambiado de continente. Ya no me sentiría seguro en ninguna aldea africana. Puede ser que en otro momento más favorable que aquel, y en este que vivimos, hubiera sido un refugiado político, pero los periodos de bonanza en este sentido será difícil que vuelvan, a juzgar por los resultados de las elecciones en el mundo libre. Al respecto, cierto es que olvidamos la historia de la misma manera que preterimos nuestros orígenes. Las crónicas demuestran como cualquier cultura dominante ha sucumbido al unirse su decadencia a la fuerza de otra cultura, tan legítima como la agonizante. Como ejemplo te pongo la Conquista del Nuevo Mundo. No solo se impuso allí un dios, una lengua, una arquitectura y unos valores, sino también unas enfermedades. Ellos, en cambio, los conquistados, no impusieron nada. Nos hicieron conocer el tomate, las patatas y el maíz, entre otras cosas importantes. Bien es verdad que todavía subsisten retazos de algunas de aquellas civilizaciones, menos mal. Otras se han barrido por completo al producirse migración, más bien invasión, de europeos, aparte de masacres como la Conquista del Oeste. ¿Pensarían igual aquellos indígenas de los emigrantes que llegaron en barco de lo que piensan los europeos de los que llegan hoy a sus costas en pateras por huir de situaciones límites y no por medrar, como los llamados colonizadores? Es curioso, al menos para mí, hasta el uso del lenguaje. Mientras unos “civilizan” un continente otros “invadimos”. Pacíficamente eso sí. Si los que llegan hoy al Viejo Continente llevan en la cabeza las mismas ideas que llevaron los colonos al viajar a las Indias, sí sería lógico tratarles como se les trata. Pero me da a mí que no, que ningún sirio, subsahariano o rumano pretende encontrar El Dorado en Europa, ni cambiar espejos por oro. ¿O no? Eh bien, c'est ça, mon ami. ¿O acaso es que la egalité y la fraternité llegaron después, en 1789? Será. Y he escrito en impersonal, y no en segunda persona, por respeto, porque creo que los africanos también sufrimos entonces, y ahora, vuestra “colonización” y porque parte de nuestras culturas se mantienen vivas también en América, llevados por los esclavos que españoles y portugueses “exportaron” a aquellas tierras que demandaban mano de obra de barata. ¡Y tan barata! Jamás he oído hablar del aborigen europeo, sí del australiano, del americano, del asiático y del africano. Será, supongo, porque en Europa no existen o porque la historia la escriben los ganadores. Y que nadie me contradiga con los triunfadores estadounidenses, porque esos ganadores también son de estirpe europea. Les pese o no, son hijos de emigrantes que rechazan a emigrantes. Sus apellidos lo confirman, ¿o alguno se apellida Toro Sentado? Eh bien, c'est ça, mon ami.

Razones no le sobran a Dikembe para expresarse así, desde luego. Sus ejemplos son, para mí, incuestionables. Los países quieren defenderse contra el terrorismo islámico y es los suyo. Pero negar la entrada a cualquier persona de origen musulmán es una barbaridad. Pensar hoy en día que cualquier ciudadano de un país islámico es un yihadista, es lo mismo que pensar que toda mujer musulmana lleva el velo obligada. Pocos saben que en Irán hubo una ministra antes de que la zona fuera geopolíticamente importante y bastante antes de que la señora Tatcher llegara a ser primera ministra, para desgracia de los mineros británicos. Yo no soy analista político ni lo pretendo, pero no hay que olvidar que realmente, la primera vez que se habla de islamistas insurgentes es en la guerra fría, cuando la URSS mete las narices en la guerra civil afgana, en 1978. Esta ingerencia hace que los EEUU y Arabia Saudí apoyen a los muyahidines (nacidos en 1970), que, curiosamente, son yihadistas. Esos dos países envían gran cantidad de dinero y armas a estas tropas. Lo que luego, como todos sabemos, se volverá en contra de ellos con el pasar de los años, sobre todo de USA. Algo parecido ocurrió con Been Laden. Hay muchas diferencias entre los cuatro grandes facciones musulmanas: en su mayoría Suníes, Sunitas, Chiítas y Chiíes. Hasta el punto de estar en guerra entre ellos. Realmente quienes más sufren el terrorismo islámico son los musulmanes de bien, que los hay, y muchos. Eso no hay que olvidarlo, aunque, normalmente, los medios de comunicación hacen hincapié en las noticias referidas a los asesinados en nuestro mundo. O en Turquía, como mucho. Otros, más lejanos, les ocupan menos. Me he extendido un poco para defender que lo vivido por Dikembe en su edad adolescente es viable, aunque entiendo, a mí me pasa también, que cuando ubicamos en el tiempo la lacra mundial del terrorismo islámico lo hacemos en el momento de los atentados de las Torres Gemelas, por lo que supuso y por la propaganda.

Todo este rollo te lo he soltado porque no sé quien se cree que es el europeo. Vosotros sois mestizos. Descendientes de los aborígenes africanos que tuvieron los cojones de buscar nuevas tierras. Ellos se arriesgaron a viajar más allá de lo conocido para encontrar comida y no para hacer su agosto. Normalmente los sistemas se corrompen y luego reciben un golpe desde el exterior o el interior que los desintegra. Y no siempre es mejor lo que viene que aquello que se fue o viceversa. No estoy seguro de que ni tú ni yo nos veamos dentro de una nueva cultura o de que estemos inmersos en un cambio cultural y no nos estemos dando cuenta de ello. Lo dudo porque a mí no me cuadran las cuentas e intuyo que algo o mucho cambia a mi alrededor. Y no solo por la influencia de Internet. Llegará un día en que nos obligarán a asumir otros valores de los que vivimos en tu Europa, moles más grandes han caído. Salvemos, si estamos a tiempo, lo bueno de las democracias desdibujadas y corruptas que buscan el equilibrio en lo inestable. Hitler aprovechó unas circunstancias históricas para hipnotizar a todo un pueblo con ayuda de la radio y de unos pupilos que sus madres abortaron y, porqué no decirlo, con el consentimiento de unos enemigos que, al final, pagaron un precio desmesurado por no parar los pies en su momento al dictador asesino. Nadie creyó que esta gente fuera capaz de tan tamaña animalada. De la historia hay que aprender que no nos queda más remedio que actuar a tiempo, porque todavía y por desgracia abortan muchas mujeres. Como habrás leído en esta, te cuento más de mis pensamientos recientes que de mis andanzas pretéritas, así es que sigamos con ellas. Subidos en el camión, cruzamos sin parar otra aldea que, según anunciaba un cartel era Zaida. El nombre en ára-
be también aparecía en primer lugar. Tuvimos que parar dos veces a causa de los animales que, en rebaños, transitaban a su antojo por las calles polvorientas de Zaida que, tras nuestro paso, no mejoraron porque al polvo se unió el humo del tubo de escape. Desde nuestra atalaya móvil, saludamos a una muchachada que, cual coro discorde, nos devolvía el detalle con gritos y movimientos de brazos y manos. Otros, más tarde y mayores nos apedrearon. Su juego causó un herido leve entre los viajeros. El hombre sangró un poco por la frente y se olvidó de la travesura que nadie corregiría. En el fondo, un camión cargado de miserias, es un objetivo al que resulta tan fácil saludar como apedrear. Si era triste que anduvieran días iguales persiguiéndose, más funesto fue cuando aparecieron las sorpresas que, las más de las veces, se convertían en traspiés. La frase subrayada es del gran poeta chileno Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, más conocido como Pablo Neruda, y define, para mí, la rutina. Mis días solo fueron así cuando me encontré solo ante un desierto que, por mucho que pueda extrañar, me ofreció la vida. Durante esa época sí que anduvieron días iguales persiguiéndose. En mi caso fueron para bien, pues, en mi pensamiento de niño, me alejaba del mal y pensaba en llegar a un lugar donde ni violaran a mis no hermanas, ni mi no padre se emborrachara y en el que mi no madre, sino abuela, se tuviera que prostituir para dar de comer a sus hijas, a su madre y a su nieto. Bien es verdad que quien me perseguía era un fantasma, ¿pero acaso no huimos todos de los nuestros? Por otro lado, tampoco sabía que una utopía se formaba en mi cabeza. ¿Pero, en el fondo qué son los sueños? Yo, al menos, los tenía porqué estoy seguro que dejé atrás a otros muchos que ni soñaban , ni comían, y que morían como moscas tanto de lo uno como de lo otro. Y como no siempre es un camino de rosas por el que discurrir, justo al salir de Zaida y de que nos lanzaran las piedras, el motor del camión dijo que hasta allí había llegado. Con un ruido bronco, que todos oímos y notamos, acabó de servir para algo y, aunque el vehículo avanzó unos metros, terminó por pararse al pie de un repecho. Muchos compañeros curiosos echaron pie a tierra para no perderse ni ripio de lo acontecido. Ahora el humo salía por debajo de la cabina y no por el tubo de escape del camión. Lo poco que pudieron ver fue lo mismo que aquellos que nos habíamos quedado arriba. El conductor, al levantar el capó dejó libre una nube densa de humo negro que, durante unos segundos, impregnó nuestras pituitarias de un olor desagradable y desconocido, al menos para mí. Después, como un recordatorio de la muerte del motor, este soltó un estertor y una columna del mismo humo y vapor de agua se elevó con dificultad hacia el cielo en el que algunas nubes rompían su azul. De la misma manera también se convirtió en humo el deseo de muchos de llegar a Fez con sus enseres. Al poco, si no antes, quedó claro que el viaje motorizado se había acabado. Bajamos el resto a la carretera y, al ver los gestos del chófer que, cruzado de brazos se recostaba contra el cadáver, dejaba claro que aquel viaje se había terminado. Y asistimos a dos escenas, al menos, curiosas. Una violenta y otra conformista. Voy por partes. La violencia se desató al exigir muchos viajeros la devolución del importe del billete, boleto que nadie esgrimía, pagado hasta Fez. El pobre chófer no se defendía de los leves empujones que recibía y que no le causaban problemas porque estaba apoyado en el camión. Eso sí, gritaba a su vez que a él todavía no le habían pagado y que había perdido el camión, con lo que se reveló como propietario de la avería. Después del primer impacto de la impotencia en la voluntad de los paganinis que se sentían estafados, saber que el camionero estaba en igual o peores condiciones que ellos, hizo mella en su rábido espíritu y atemperaron un tanto sus humos y formas depredadoras. Creo que por eso no llegó la sangre al río. Y porque alguien, con buen criterio, gritó que cuanto antes se pusieran en camino, antes llegarían. Aunque no todos podían. Y así llegamos a la escena acomodadiza, digna también de animales, en este caso caracoles. Y verás porqué. El reparto de los objetos y hatos comenzó. Estos últimos envueltos en sus telas con su correspondiente nudo del que se manejaban, volaban hasta las manos de sus propietarios desde la cresta del camión. El acontecimiento era digno de ser contemplado. Los únicos que partimos sin peso fuimos nosotros. Y lo hicimos los primeros porque nada teníamos que cargar ni reclamar. Según nos alejábamos me preguntaba qué puede llevar uno encima cuando se busca una oportunidad. Bastante llenas llevas las alforjas como para sumar el peso de los pocos bienes poseídos. Aunque hay quien se adhiere al refrán: Benditos mis bienes que mis males remedian. Pero muchos bienes no pueden llevarse encima, salvo que sean joyas, porque los inmuebles… Debido al estorbo del equipaje y demás, más de uno iba a soportar el peso de dos. Como te digo, ya les observábamos desde cierta distancia. Volvíamos la cabeza y a nuestra normalidad. Si los días iguales seguían persiguiéndose, no te digo nada de los pasos que habíamos dado, dábamos y daríamos. Si bien es verdad que tanto el tiempo como el movimiento nos acercaban a nuestro destino, también es cierto que podían sumirnos en un pozo sin fondo. Llegamos los primeros a Boulaajoul y supimos que nos quedaban 170 kilómetros hasta Fez, según rezaba un cartel pintado en la fachada de una casa encalada. El dato nos decía poco. Miramos atrás pero no vimos a ningún caracol. Solo las nevadas montañas que tanto nos impresionaron ante las que quedamos admirados. El


Atlas se alzaba majestuoso y nevado. De allí veníamos y volvimos a sentir el frío. El falso llano nos engañó. Al ver las calles empinadas como se cerraban en curvas sinuosas fuimos conscientes de ello. Y como lucía el sol, cientos de prendas multicolores intentaban levantar el vuelo como grandes pájaros tropicales para unirse a las nubes que, por su lejanía, no amenazaban a nadie. En contraste con las casas de piedra que trepaban por la pendiente, las palmeras, los pequeños huertos verdes y la tierra roja. Y esta herida por el azadón de los primeros pobladores que hogaño se mantenían tan limpias y rectas como antaño. Las acequias, solución perfecta para domar el agua que bajaba de las montañas, servían para hacer parir la tierra con aquello que conducían. Eran las mismas que los árabes, al conquistar el Levante español, construyeron durante los ocho siglos que anduvieron por la península, donde también dejaron infraestructuras, palabras, músicas, bailes y demás restos culturales que todavía hoy contemplamos y disfrutamos. Vimos dátiles en las palmeras y, entre las casas, gran número de animales de carga, en su mayor número burros y algún camello que otro. Pero mi recuerdo es de muchos burros, más que personas en una primera impresión. Por lógica, acabamos en la plaza y yo esta carta por cansancio. Sé que me pongo tarde a escribirte pero, por algún motivo, necesito un recogimiento que no encuentro a otra hora para hacerte estas confidencias. Cada uno es cada cual y como dice el cantor: Baja las escaleras como [y cuando] quiere (1) . Un saludo,









(1VG) [↑][Volver] Dikembe se refiere a la canción Cada loco con su tema (1983) de Joan Manuel Serrat, cuya letra dice: “…/cada uno es como es,/ cada quien es cada cual/ y baja las escaleras como quiere…/”




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