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miércoles, 30 de noviembre de 2016

Mantel individual


Con seis bloques de exploding block tenemos un mantel individual.

Y muy mono, ¿qué no?

Las telas grises son aún de la Feria de Birmingham del año pasado.

Para la trasera, una tela africana que es una monada.



Perfectamente reversible.

Dependiendo del estado de ánimo lo puedes usar por un lado o por el otro.


Otro regalo que tenía pendiente y que ha ido a parar a Elena, mi sobrina favorita.



Que lo disfrutes!!

Y sigo coso que te coso...

martes, 29 de noviembre de 2016

Dear Jane

Otra entrega del Dear Jane, Lola lleva la cuenta, yo no.


Sólo sé que llevamos publicados 63 bloques que no está mal si consideramos que en este tiempo hemos tenido motivos más que suficientes para retrasar este proyecto.

Empezamos.


A-11 Pebble's Protest

Este es precioso, me gusta mucho como ha quedado, sobre todo las cuatro esquinas con esos helechos tan bonitos.


A-12 Framed Fancy


Este es un bloque que me encanta hacer, con la técnica de paper piecing, pero la verdad es que el día que lo hice no estaba muy inspirada, voy a tener que repetirlo porque se ve fatal. Le voy a decir al fotógrafo que no sea tan bueno con las fotos porque saca todos los defectos y más.



B-9 Tinker Toy


Este parecía más difícil de lo que me resultó, me encanta la tela, muchas gracias Puri por regalármela. Me parece que ha quedado bastante decente.






C-11 Soldiers and Sailors Monument

El peor con diferencia, horroroso, y eso que lo he repetido, hasta cambiando de telas, pero así se queda. Hasta se ha movido para la foto, no os digo más.




G-13 Molly's Muffins

Me parece que ha quedado bastante bien y tiene su dificultad. Cada vez que veo uno con curvas me echo a temblar, pero éste pasa mi nota de corte.




I-8 Pete's Paintbox


Este me ha encantado hacerle y se nota, como me divierte, tanta pieza y tan chiquitita.





J-10 Chieko's Calla Lily


Cuanto melón!!!
Creí que no lo acababa nunca, 16, ni uno más ni uno menos. ¿Os lo podéis imaginar?
Tuve que repetir más de uno, pero al final pude con él.





Esta vez si que había quedado con Lola, regla en mano para criticar cada bloque bien criticado.

Como estoy en momento tolocoloco, tolocambiodesitio me equivoqué de caja y no me llevé los míos.

Sólo os puedo decir que los suyos están de lujo, os invito a pasar a verlos aquí.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 28 de noviembre de 2016

CAP. 29 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo

Enlace a LISTA DE PERSONAJES









De cómo pagar tributos 
o
de cómo se esfumó nuestro sueño americano



e decía en la anterior que si éramos pocos, parió la abuela. Por si la aparición de accionistas dispuestos a recibir beneficios diarios no fuera bastante, al cabo del tiempo recibimos otra sorpresiva visita en nuestro puesto de trabajo. Eso sí, después de abonar a la autoridad competente las tasas correspondientes al día en curso, ya que los antiguos y nuevos accionistas eran incompatibles, como verás. Una horda de unos doce chavales mal vestidos apareció como tantos otros días entre la multitud de turistas. Pero esta vez pudimos notar que también eran malencarados porque se acercaban a la carrera hacia nosotros por lo que pudimos verlos de cerca. Aun así, no imaginé que su objetivo fuéramos nosotros. Pensé simplemente que jugaban. Por eso me sorprendió que deceleraban según llegaban a nuestra altura hasta pararse y rodearnos. Reconocí a uno de ellos porque llevaba un parche en un ojo. Un muchacho alto, pero menos que yo, y también más joven, preguntó que donde íbamos. Contesté que habíamos acabado y nos largábamos a casa. Me llevó la contraria: «Vosotros no tenéis casa aquí». Me di cuenta por el tono que aquella visita no era de cortesía, ni una fiesta de bienvenida. Según ellos, habíamos invadido su territorio y aquella ciudad era suya, no de los extranjeros, fueran blancos o negros. Y añadió, con tono amenazante, que nadie trabajaba la en calle sin su consentimiento.«¿Y qué queréis?», pregunté como un pardillo. «No somos nosotros los que queremos algo, sois vosotros». Y, en mi línea, volví a la ignorancia: «Nosotros no necesitamos nada». E insistió en llevarme la contraria: «Pues nosotros creemos que sí, que necesitáis protección porque en este barrio hay mucha gente que se dedica a robar, entre otras cosas». Pensé que no había mal que por bien no viniera, y le repliqué que defensas ya teníamos, y que me refería, ni más ni menos que a la policía, a quien pagábamos religiosamente todos los días las tasas municipales. Y, entonces, me replicó con algo que no terminé de entender: «¿Y tú, de qué guindo te has caído, chaval?». Y como no terminé de comprender sus palabras, me las explicó: «¿A quién crees que rendimos cuentas nosotros, a mocosos como tú? ¿Dónde crees que termina la mayor parte del dinero de los turistas?». Me quedé de una pieza. «Yo pago esas tasas desde que era así». Y puso la mano, separada del cuerpo, a la altura de su cadera, con lo que dejaba claro la antigüedad de su aportación a la nómina policial. No sé qué le hizo saltar a Adama, pero el caso es que me dio un golpe en el hombro y con voz bien clara me ordenó: «Allons!(1)», y luego les mandó a ellos a la mierda. Me repitió la orden y el golpe, esta vez en el brazo y nos pusimos en marcha. Tuvieron que dejarnos pasar porque Hamal no entendía de barreras humanas ni de amedrentamientos. Y el mocetón nos avisó con una advertencia acabada en insulto: «Vosotros lo habéis querido, imbéciles». Nos alejamos unos pasos y vimos como nos adelantaban a la carrera. A mí, como siempre me toca recibir, aunque creo que fui elegido por ser el más corpulento, un macarra me dio una colleja al pasar. Macarra es una palabra que usan tus hijos, yo si no la conociera, hubiera usado “rufián” o “granuja”. Me quedé con el mamporro y con la explicación que me dio mi amigo sobre el acto que yo consideraba de valentía: «Ya tenemos bastante con dos parásitos como para alimentar a una docena, no te jodes». Pero Adama esta vez se equivocaba. Y no es que nosotros no tuviéramos bastante, eran ellos quienes no tenían suficiente porque estaban obligados a repartir entre más de los que eran, como nosotros. En contra de lo que pudiera parecer, nada cambió durante los siguientes días. Aquella vida se convertía en rutinaria según avanzaba el tiempo. Y, a pesar del parásito policial, nuestras arcas se llenaban sin que supiéramos el valor que atesorábamos. Adama tenía problemas con el rulo de billetes. Se hacía cada vez más difícil de esconder en el cuerpo. Así que optó por lo más sencillo, dividirlo en dos. Sin mediar palabra me entregó uno atado con un cordel. No teníamos bolsillos ninguno de los dos. Las aberturas de las chilabas eran eso, simples cortes para dejar acceder a las prendas que se visten debajo. Es lo que tiene la ropa barata. Así que tuve que optar por guardar el rollo de billetes en las alforjas que cargaba normalmente Hamal. Eso sí, sin que nadie me viera. En cambio Adama se lo guardó donde solía, en la entrepierna, por no detallar más. Él sí tenía calzoncillos, yo no. Ya empezaba a pensar un poco las cosas y todo me parecía coser y cantar. Nos levantábamos, nos desayunábamos los tres, porque Monami seguía nuestro régimen de comidas, y nos despedíamos de un contento chucho que disfrutaba también de su libertad. A veces, al volver a nuestro rincón, encontrábamos restos de pequeños animales que cazaba y se llevaba a comer a nuestra casa. Adama le reñía por lo guarro que era porque él se encargaba de limpiar lo de todos. Y, ahora que me doy cuenta, creo que mi amigo hablaba más con el perro que conmigo. Y es llamativo que solo hiciéramos amistad con un animal en aquella singular comunidad de vecinos. Después llegábamos a la explanada, nos poníamos de acuerdo con Bakaye y comenzábamos la representación. Y si salía algún paseo lo dábamos y luego pasábamos por la tienda, comprábamos y a comer. Y luego a jugar, a pasear y a cenar. Esa era nuestra usanza diaria. Y nos gustaba a los cuatro. Incluso animamé a Adama a acompañarnos algún día, hasta que nos acostumbramos a salir por parejas, el chucho y él, y yo con mi inseparable camello. Nunca se nos ocurrió, fíjate qué raro, hacer una sesión vespertina. Y, la verdad, no sé porqué. El caso es que las dedicábamos a jugar con nuestros dos animales. Ahora es fácil de encontrar el motivo, pero siendo todavía unos críos no reconocíamos las ganas de jugar que aún nos asistían, a pesar de todo. Teníamos esa edad tan difícil en la que encuentras apoyo en tu pandilla, solo te reconoces en ella y la defiendes a muerte. Y nuestro grupo era de cuatro, dos humanos y dos animales. Aunque camello y perro jamás se hicieron el mínimo caso. Como te decía todo iba sobre ruedas. Hasta que un mediodía no salió a recibirnos Monamí. No nos extrañó demasiado porque, a veces, llegaba él después de nosotros, pero en esos casos, echamos de menos su alegría al vernos. Nos gustaban a los dos sus carreritas entre nosotros, sus cortos ladridos, su meneo de cola y sus saltos. Bromeábamos y le decíamos que saludara también a Hamal, pero ni se le acercaba. Para él no existía y nosotros nos reíamos y le acariciábamos e insistíamos en que le hiciera alguna alharaca al camello. Ese día, al no salir a nuestro encuentro tardamos menos en llegar al rincón donde preparábamos la comida y descansábamos. De hecho no guisábamos, volcábamos las alforjas sobre una estera y cada uno cogía lo que quería, salvo los dos animales. Monamí esperaba pacientemente a que Adama o yo le echáramos algo, hasta las raspas del pescado salado se las comía. Pero no, aquel fatídico mediodía ni comeríamos, ni descansaríamos. Encontramos al pobre Monami sin vida, suspendido por el cuello de una cuerda que pendía de un saliente y con un grotesco parche en un ojo. Práctica extendida por muchos países cuando los galgos por ejemplo ya no les sirven a los cazadores, y no me refiero al parche. Adama y yo nos miramos. Sabíamos perfectamente qué había pasado. Descolgamos al pequeño animal y le enterramos. Esa tarde no nos movimos de allí. Ni tampoco hablamos. Teníamos un problema y los dos sabíamos la solución. Había poco o nada que decir y solo una cosa que hacer. Bastaría con ampliar la plantilla de parásitos al día siguiente y compartir con ellos nuestros ingresos. Adama y yo queríamos quedarnos en Gao. Allí habíamos encontrado algo más que trabajo, es más, habíamos llegado a tener una vida corriente con obligaciones y todo. Y, aunque nos doliera en el bolsillo, también habíamos encontrado seguridad y protección. De donde veníamos no podíamos pedir más. Dentro de aquel cuadro nunca habíamos vivido mejor sin perder toda nuestra libertad y nuestra dignidad. En fin, que también sabíamos que al día siguiente los asesinos de Monamí serían los primeros que viéramos al llegar a la explanada. Eso estaba tan claro como el agua de manantial. Y con esa certeza y tristeza, por la falta de las correrías de despedida del enterrado, comenzamos otra jornada laboral. Y, efectivamente, cuando llegamos frente a la mezquita ya nos esperaban. Al vernos venir, deshicieron el grupo y se colocaron en semicírculo cerrándonos el paso. No les evitamos, sabíamos que más tarde o más temprano debíamos enfrentarnos a ellos. Les hubiera sobrado, pero nos informaron, perdón por el eufemismo, que el siguiente sería el grandote, aunque les costara más. Explicación del jefe que hizo reír a sus secuaces. Salvo que nos aviniéramos a razones, según ya nos habían dejado claro. Y tragamos, no nos quedaba otra. Esa mañana, y muchas más, trabajamos sin ninguna alegría, desganados. Hasta Hamal, que ni entraba ni salía del asunto, se despistaba en más ocasiones de las normales durante la representación. La ausencia de Monamí la notamos en todo. Y en particular en nuestro ánimo y en el engorde de los rulos de billetes. Aparte que ya sabía que este mundo se ceba con los más débiles, y no me refiero solo a mi amigo y a mí, también a esos caraduras que abusaban de nosotros, fui consciente de la dependencia emocional que había desarrollado hacia Hamal y, por supuesto, hacia Adama. Volvía a tener una familia y no había caído en ello hasta que la vi peligrar. Por eso, antes de la muerte del perrillo, me había descubierto más de una vez feliz. No echaba de menos a mi abuela Mayifa, ni se me aparecía en sueños o en vigilias. Y no me dolía no acordarme. Eso me daba la medida de mi ánimo. Volvieron los días grises a pesar del sol. La falta de ilusión los pintaba de oscuro. Hasta que reaccionamos un poco, aquellos días no nos ayudamos mucho Adama y yo. En todo caso cada uno era el reflejo de la tristeza del otro. Pero a todo aquel que pisotean llega un momento en el que se revela. Después de la etapa de aceptación de la realidad, viene la de reflexión y después la de rebelión. El ser humano está dotado para sacar fuerzas de flaqueza y soluciones de frustraciones. Nos vinimos arriba. Lo contrario hubiera sido aceptar todo y quedarse a vivir en un mundo en el que solo existes tú, como en el universo de los autistas. Así, una mañana que siguió a una consulta nocturna, corta pero provechosa, nos despertamos y empezamos la mañana como la solíamos acabar. Nos fuimos a la tienda e hicimos acopio de alimentos que no se estropearan ni que hubiera que cocinar. Si bien también compramos en otra tienda una pequeña cacerola. Trabajar prácticamente para unos parásitos nos había quemado hasta el extremo de romper la baraja porque éramos nosotros los únicos que jugábamos. Ya no perdíamos tanto. Iban a ser ellos quienes echaran de menos nuestro trabajo. Nosotros podríamos hacerlo en cualquier otro lugar más limpio y justo que Gao. Que le dieran al guía, que le dieran a los policías y que les dieran a los asesinos de Monamí. ¡A la mierda trabajar para ellos! El tendero, informado de que nos íbamos, salió a la puerta a despedirnos. No solamente dejábamos atrás mala gente. Fue él quien puso la nota de humor ese día: «Y no creáis que me engañasteis el primer día. Fue una inversión que me salió bien». Y nos explicó que los clientes se hacen de muchas maneras y una de ellas era dejándose robar. Aquel hombre, como casi todos, sabía más que yo, y me arrepentí de haber hablado con él solo de turistas. Tomamos rumbo norte por una carretera asfaltada, pero llena de arena, que serpenteaba entre las dunas y las plantas punzantes, las preferidas de Hamal al que dejamos hacer. De alguna manera nos alejábamos satisfechos al imaginar la cara de frustración que policías y ladrones pondrían ante nuestra ausencia injustificada. Aunque en el fondo, no sabíamos quienes eran unos u otros. Esto también lo aprendí durante aquellos días en el que alguno discurrió feliz. La ambigüedad del papel que cumplimos en cualquier sociedad es más que evidente. Y de nuevo en el Sahel. La frontera con el desierto si viajabas hacia el norte como nosotros hacíamos. Los dos sabíamos que en esa dirección estaba el Edén, aunque también éramos conscientes de que, para llegar a él, teníamos que pasar dos infiernos muy diferentes: el desierto y el mar. Habíamos comprado también dos pellejos para el agua, y así nos llevábamos los cuatro a reventar. Y tanto Adama como yo, éramos maestros en el arte del racionamiento. Yo había aprendido el valor del agua de los tuaregs. Él no lo sé, pero tampoco importaba mucho porque el desequilibrio entre su consumo puede llevar a dos personas a matarse en aquellas circunstancias, igual que su falta haría morir a los dos. Y eso, al menos, lo teníamos ganado. Y esa armonía en su dispendio fue el motivo por el cual llegaríamos a triunfar, si es que se puede considerar triunfo lo conseguido. Éramos tres quienes tirábamos de nuestros sueños, aunque solo soñáramos dos. Y quien no los tenía era quien más fuerte tiraba. Por ello le estábamos tan agradecidos. Cada uno llevaba su carga, y cuando no podías no se la echabas encima al otro, sino que ese otro te ayudaba a soportarla. Desde luego, aquel era el viaje que había emprendido en las condiciones más ventajosas. Agua, comida, camello, ilusión, objetivo, compañía y amistad. ¿Qué más podía pedir? Eh bien, c'est ça, mon ami, que a pesar de dejar atrás una vida estructurada y cómoda a los tres días de la huida de Gao no me arrepentía de haberla dejado atrás, a ella y a sus miserias. Y recordé que más me había costado abandonar la posibilidad de volver a ver aquellos ojos con los que todavía soñaba esporádicamente. Según avanzábamos se esfumaba la poca humedad que el entorno atesoraba por el río Níger. Si podíamos beber de pozas o en las aldeas que encontrábamos a nuestro paso, lo hacíamos y respetábamos los odres que volvíamos a llenar. Hamal se encargaba de llenar sus propios depósitos, no había que decírselo. Veía algo raro en sus andares, no le di importancia. Creí que eran cosas mías. Pero al día siguiente le vimos cojear. Entonces nos preocupamos. Miramos la pata que le fallaba y después de compararla con la otra llegamos a la conclusión de que estaba inflamada. Al apretar allí donde apreciamos el bulto, el animal dolorido soltaba una coz al aire. Era la primera vez que le veía reaccionar así, y también fue la primera vez que Adama dijo una obviedad: «Le duele ahí». No sabíamos qué hacer. Y no hicimos nada. Eso sí, dejamos que el camello descansara un par de días y no notamos empeoramiento. Nos pusimos en marcha para ver si nos cruzábamos con alguna aldea para buscar ayuda. En todos los pueblos,  asentamientos  y  campamentos  había alguien 
que atendía y entendía de camellos. Es como aquí pero si te refieres a un coche. ¿En qué pueblo no hay un taller mecánico? Eh bien, c'est ça, mon ami. Y por suerte, lo que cambia la vida, nos dimos con un tuareg al que le contamos el problema y nos guió hasta su campamento, adonde regresaba. Pensé que sería mucha casualidad que me encontrara con Fahdag y su familia, así que no me preocupé. Llegamos ese mismo día y fuimos bienvenidos. Disfrutamos de la hospitalidad de los hombres del desierto, que es mucha, y contamos nuestro problema, bueno, el de Hamal. Enseguida el amghar(2) mandó llamar a un tal Almahamoud quien podía ayudarnos. Un anciano, que andaba muy despacio, vino y nos escuchó. Me fui con él y me dijo que llevara mi mehari junto a su tienda. Una vez allí me ordenó que diera una pequeña vuelta, «y no te alejes mucho que no veo bien»,
para que él observara cómo caminaba Hamal. Así lo hice, despacio, y sin alejarme, como él quería. Al llegar otra vez junto al anciano, revisó la pata mala y me ordenó esperar. Se metió en su tienda y yo me quedé de charleta con el animal. Le prometí que le curarían. El viejo tuareg apareció acompañado de una joven que cargaba una bolsa más grande que ella, pero que parecía pesar poco. La muchacha aparentaba seguir las indicaciones de su mayor. No entendía todo lo que hablaban, pero sí el sentido general de la conversación. Cuando Almahamoud pidió a su nieta Takama leche de camella, esta dijo que se había acabado, y aquel se contrarió. Entonces, yo me ofrecí a ir a por ella y ordeñar a la camella, si es que me lo permitía, claro. Que solo cogería la que él me indicara. Y que lo haría con mi amigo. Pero no hizo falta que interviniera Adama, pues fue la joven quien me acompañó porque ellos tenían tamadent(3). Nos costó lo suyo extraer de aquella madre el resto de leche que su hijo le había dejado dentro después de mamar todo el día, pero conseguimos llenar un pequeño cuenco. Cuando regresamos Almahamoud ya tenía un calderín al fuego en el que vertió parte de la leche y dejó que llegara a cocer. Después fue pidiendo a Takama hierbas que ella sacaba de la gran bolsa y las echaba en el pequeño puchero. Acabado el condimento, esperamos y la nieta y yo entramos en conversación, cosa que no habíamos hecho durante el tazek(4) mientras su abuelo nos miraba interesado. Le conté mi estancia entre los de su raza, pero omití que fuera esclavo y el accidente de Itri, de ahí que supiera hablar y entender un poco su idioma. Tanto me enrollé que Almahamoud me previno de que si hablaba así, todo el mundo sabría por allí que había sido esclavo. Me dejó de una pieza y, por supuesto, sin habla. Cuando creyó oportuno retiró del fuego el puchero y lo dejó sobre la arena. Dio a beber a su nieta el resto de la leche junto a la orden de guardar con sumo cuidado todas las hierbas. Y usó el cuenco vacío para verter en él, con ayuda de un tizón, parte del espeso guiso. Dejó que se enfriara un poco. De vez en cuando metía un dedo en la contrarrotura y movía la cabeza negando. Cuando por fin afirmó, pidió a Takama algo que no entendí y esta sacó un trozo de piel de la talega y se la entregó. La piel de cabra tenía una forma curiosa: un centro ancho y cuadrado de cuyos extremos salían dos piezas largas y finas. Vertió sobre la parte ancha el contenido del cuenco y me preguntó si el mehari me obedecía. Le contesté que sí. «¿Cuánto?», preguntó. «Todo», respondí muy ufano. Y me explicó como podría curarse la pata de Hamal. No podía estar de pie ni sentado, por lo que debía tumbarse de lado. Y a mi orden lo hizo. Cuando estuvo en esa posición, un tanto incómoda para un camello, me indicó el curandero que debía envolver con la venda la pata enferma y que procurara que la cataplasma tapara la hinchazón. Y así lo hice. «Y átaselo bien fuerte. Tienes que ser capaz de mantenerle tumbado dos días. Veremos si es verdad esa obediencia ciega». No nos movimos de su lado durante ese tiempo. Si no era Adama quien estaba despierto y acariciándole la cabezota, estaba yo contándole cosas de mi abuela Mayifa. Nunca oí a Adama hablar tanto, aunque ni yo ni Hamal escuchábamos sus palabras. A nosotros nos atendió Takama de la misma forma, es un decir. Nos procuró leche, un guiso de mijo caliente y dátiles. Aquella chica era un ángel. Después del primer día Almahamoud se me acercó y me dio una especie de joya que colgaba de un cordón muy largo. Me dijo que había mandado hacer algún tiempo atrás algunos amuletos para animales con el fin de que les protegieran. Que lo colgara al cuello de mi mehari. Le tuve que explicar a mi amigo que los tuaregs son muy supersticiosos y llevan amuletos para todo, que si no se había fijado. «No me fijo en eso. Solo en las miradas que te echa Takama», me contestó y se rió. Pero a mí no me hizo gracia porque el sentimiento que yo tenía hacia esa muchacha era de gratitud, nada más. Sin ningún incidente de importancia, conseguimos que nuestro camello guardara reposo el tiempo prescrito por Almahamoud. No hizo falta que le insistiera mucho para que se levantara, el pobre lo estaba deseando. Y tardó poco en sentirse seguro sobre las cuatro patas. Takama, a las órdenes de su abuelo, dibujó una gran circunferencia en el suelo con una rama delante de nosotros. Tomó la jáquima y comenzó a desfilar con el camello sobre la circunferencia dibujada. Todos observamos la mejoría de Hamal, aunque sus pasos todavía no eran armoniosos, apenas cojeaba. «Otro día de descanso y ya estaría bien. No hace falta que se tumbe, solo que no ande». Conseguí que se sentara sobre su tripa y volvimos a turnarnos Adama y yo para que no se levantara. Aunque, durante los turnos de mi amigo, lo hizo más de una vez y tuve que echarle una mano para manejar al bruto. A cambio habló él con Almahamoud para concretar el precio de sus servicios. Y nos sorprendió que no hubiera deuda que pagar. Acostumbrados como estábamos a apoquinar por todo, incluso por respirar, nos deshicimos en agradecimientos. Takama nos dejó claro que no era un asunto personal: «Mi abuelo nunca cobra por sanar a ningún animal. Él dice que es su obligación, que sin ellos un tuareg no puede ser tuareg. Que la vida es un regalo que hay que cuidar». Mientras Hamal terminaba de recuperarse decidimos hacer un regalo al anciano.  Y  visitamos  al  herrero. Entre los tua-
regs son ellos quienes crean las joyas y los amuletos. Luego un morabito o un imán los bendice y así los dotan de poderes protectores. Es su cultura. Igual que los cristianos portan al cuello la cruz para que les proteja del demonio, o una medalla de cualquier advocación de su virgen bendecida por el Papa. En el fondo, nuestros miedos nos igualan.
No había pensado nunca lo que afirma tan rotundamente Dikembe: “nuestros miedos nos igualan”, y ahora que lo hago no me parece desacertado, aunque yo matizaría que el temor que nos iguala es el neurótico, aquel en el que no se corresponden la intensidad del miedo con la intensidad del peligro. Estoy seguro que, cuando bombardeaban los nacionales Madrid, allá por 1936, se refugiaban personas de opiniones contrarias dentro de las estaciones de metro. Pero tenían una cosa en común: el miedo aprendido a las bombas. Eso lo reconocemos todos. Es un argumento más a sumar para aquellos que defendemos que todos compartimos las mismas emociones, las mismas pasiones, las mismas miserias y los mismos secretos y deseos, en mayor o menor grado, salvo los enfermos, como los psicópatas, aquellos que no sienten empatía. Por lo tanto todos tenemos los mismos derechos. Verlo de otro modo incluso confirma esta realidad, porque aquellos que ven en un extranjero, en un negro o blanco, en un homosexual alguien diferente a él o una amenaza, lo hacen precisamente por miedo (neurótico), porque les quitan el trabajo, porque les asusta tener nietos morenos, porque temen que la procreación retroceda… Habrá todo tipo de motivos, pero siempre estará presente el miedo y la respuesta exagerada ante el peligro de que todos los inmigrantes sean violadores, por ejemplo. Y yo soy de los que pienso, por mis experiencias, que el miedo (neurótico) es uno de los peores consejeros que tenemos a la hora de juzgar cualquier hecho o situación. No así como respuesta ante un peligro real y proporcionado que nos da una posibilidad de actuar. Un miedo, cualquiera que sea, no puede ser meditado, ha de ser sentido. Y, simplemente, el racismo hay quien lo argumenta.
Te preguntarás cómo pagamos al herrero. Pues verás. ¿Te acuerdas de las dos monedas que me sobraron en Salal cuando me regalaron los pepinos? Pues resultaron ser de plata. Antes de elegir algo en la tienda del herrero le dijimos que tan solo disponíamos de un bloque de sal y de esas dos monedas. A pesar de lo sucias y mugrientas que estaban, el artesano reconoció en ellas la plata con las que estaban acuñadas. Aunque no sé qué valoró más, si la plata o la sal. Curiosamente la sal y el agua tienen el mismo valor en el desierto. Porque el elemento sólido permite retener el elemento líquido, además de aderezar las comidas. Y los nómadas aprecian mucho ese condimento. Por lo cual pudimos elegir dos amuletos en forma de joyas, uno para el abuelo y otro para la nieta. Y la verdad es que acertamos. Vimos más alegría en los ojos de Almahamoud cuando dimos el presente a su nieta que cuando se la ofrecimos a él. Y por esa característica de su cultura, la superstición, nos lo aceptó, porque de no hacerlo el bien que le hubiera provocado tenerlo se volvería en su contra al rechazarlo. Así que en la elección del regalo también acertamos. Nos hubiera rechazado cualquier otro obsequio. Esto último nos lo aclaró una agradecida Takama que no tardó en lucir el colgante, en despedirse y en buscar a sus amigas. Si los miedos nos igualan, como ya te he dicho, las pasiones también, pero igualmente nos pierden. Por seguridad nos quedamos en el campamento tuareg tres días más a cuenta de los regalos, supongo, porque Almahamoud dejó caer que podíamos quedarnos a su cargo todo lo que quisiéramos. Adama siguió jode que te jode con los comentarios sobre las miraditas de la nieta, a los que sumó también otros sobre las sonrisitas que se dibujaban en los labios de sus amigas cuando el grupito me miraba. Él decía que la hospitalidad del abuelo no solo se debía a su voluntad, que más bien estaba basada en la de su nieta. Pero el caso fue que a nuestro camello le vino fenomenal el descanso. Al cuarto día había que quitarle la contrarrotura y ya debería haber desaparecido la hinchazón. Y en consecuencia la cojera, que no apreciábamos porque no le dejábamos andar. Y así lo hicimos. No tocamos ni vimos hinchazón alguna, y al apretar la zona Hamal tampoco soltó una coz. Ya ni cojeaba ni nada. Andaba como antes y la inflamación había desparecido por completo. Incluso jugué con él por la tarde y advertí que corría sin cortapisas. Si no hubiera sido así se me hubiera presentado el peor dilema que se le puede plantear a un camellero. Pero no fue el caso, y con la cura de Hamal se me quitó un gran peso de encima. No me cabía en la cabeza tener que matarle, como se hace con cualquier animal cojo. Por ello salimos hacia el norte alegres, liberados y acompañados de Hamal. Según nos alejábamos más de Gao y del campamento tuareg más presente se hacía el desierto. La arena pasó a ser más fina y monocolor y las matas desaparecieron. La sequedad del aire nos obligaba a hidratarnos más frecuentemente, pero redujimos la cantidad de cada toma. Y lo peor: aparecieron las tormentas de arena. Llevábamos varios días sin ver un alma y tampoco sabíamos donde estábamos, como le pasa a mucha gente sin necesidad de que esté en el desierto. Pero a nosotros no nos importaba ni una cosa ni la otra, estábamos más preocupados de mantener nuestra dirección gracias al sol que nunca faltaba a su cita. Nunca tuvimos prisa más que cuando nos tocaba huir. No como tú, mon ami, que no te deja vivir la premura. Acaso por relajación, por las condiciones del desierto, por no forzar a Hamal o por las tres cuestiones, un grupo de jóvenes, tan negros como nosotros, nos alcanzó. Venían de Gao y pusieron nombre al siguiente punto de nuestro caminar: Tamanrasset, aunque lo hicieron en un francés muy particular, aunque francés al fin y al cabo. Nos pusimos a su paso, por ir acompañados y yo, en particular, por hablar un poco. Como comprenderás, en una caminata por el desierto, se agradece la compañía. Tú también habrás notado alguna vez que entre los caminantes se crea una complicidad particular. Por la calle no saludas a nadie que no conozcas, pero durante una marcha por la sierra, saludas a todo al que te encuentras. Es curioso. Uno de aquellos chavales llevaba la carta de un hermano que le animaba a emprender el camino de Francia e incluso le informaba de los pasos que debía seguir para conseguirlo. Caminaríamos juntos hasta aquella ciudad en la que ellos vivían y que todavía hoy es un punto clave para los migrantes. Nos contaron que allí residían también las mafias que manejaban el negocio de los desesperados. Allí conocieron y conocerán muchos la ruta y la forma de cruzar primero el desierto, luego el norte de África y por último el mar mediterráneo. Unos irán a Italia, otros a España y también muchos a Francia. Todas las noches aquel muchacho leía en voz alta aquella sobada y sabida carta. Era como la oración que cerraba la jornada y en la que todos participábamos. Otros oraban cinco veces más cada día. El resto, por respeto, les esperábamos. Aquella pequeña sociedad nos creo un problema. Algunos teníamos ciertos víveres,  pero otros no. Tanto Adama como yo sabíamos que aquella desigualdad produciría tensiones y mal rollo entre los integrantes de aquella panda de jóvenes. Con el agua no existía ese problema, cada uno cargaba y se abastecía de la suya. La administraba como quería y todos lo sabíamos hacer. Adama, gracias a la información que nos suministraron, calculó que si minimizábamos cada una de nuestras raciones e incorporábamos una tercera, también reducida, al final del día, tendríamos bastante para no pasar necesidades ni penurias antes de llegar a la ciudad donde, de una u otra manera, podríamos hacernos con alimentos. Y como en todas las casas dicen que se come, aunque no sea verdad, yo voy a cenar, porque hoy puedo y tengo hambre. Mañana te echo al correo esta y ya seguiré con la historia que tanto te interesa. Un saludo,





(1) [↑][Volver] ¡Vamos!, en francés.
(2) [↑][Volver] Jefe de un campamento tuareg o bereber.
(3) [↑][Volver] Rebaño en idioma tuareg (tamasheg).
(4) [↑][Volver] Ordeño en idioma tuareg (tamasheg).


Imágenes 1 y 2. Foto bajadas de www.unaantropologaenlaluna.blogspot.com
Imagen 3. Foto bajada de www.famsf.org


domingo, 27 de noviembre de 2016

Cojín manta

Hacía mucho tiempo que quería hacer un cojín manta, por fin he encontrado la excusa.

El cumpleaños de Alex, mi sobrino el mayor.


Su cumpleaños fue en Junio, pero hasta ahora no se lo he hecho.

Cuando le dije a Jerusalem la idea, me la quitó de la cabeza diciendo que no le iba a gustar. Ahora, cuando lo ha visto hecho le ha encantado.

Para salir de dudas, se lo pregunté a Elena, su hermana, y me dijo que si.

La verdad es que lo he hecho, con cierto respeto, pero me ha gustado mucho el resultado final.

La manta es negra de peluche, más amorosa imposible.


La verdad es que tenía que haberla entregado con instrucciones de montaje, porque no sabe guardarla cualquiera.


Dicen que algunos la usan metiendo los pies en el cojin, se me ocurre, y si le metiésemos un cojín de semillas? Calentito, calentito.

He querido ponerle unas camisas del abuelo en el cojín porque Alex tenía una relación especial con mi padre que siempre le defendía, lo de menos es que el niño tuviera o no razón.

Como tía puedo decir y digo que Alex es muy tierno.

Y sigo coso que te coso...

sábado, 26 de noviembre de 2016

Bolsa plegable para la compra


Esta bolsa tiene, al menos, cinco años.

En esa época, hice muchas pero ninguna pasó por sesión de fotos.

No importa, os enseño la mía, como muestra un botón.

En esta época, no había oído hablar del apliquilt, ni de los palillos, ni de ninguna técnica japonesa o de cualquier otra nacionalidad.

Así que lo hice como buenamente supe/pude.

La verdad es que doblar la bolsa tiene su áquel.


Desdoblarla es más fácil.


Vamos que ya la tenemos.


Y lo bonita que es.


Bueno, la tela azul tendría su mejora, pero intenté que fuera una tela que pesara poco y abultara menos.

Así queda preparada para llevar en el bolso,  por un lado.


Y por el otro.


No se me ha olvidado el tutorial que os prometí, en breve descargo y edito las fotos.


Y sigo coso que te coso...

viernes, 25 de noviembre de 2016

Reciclando

¿Qué os parece este bloque?

A mi me encanta. Si, ya sé que estoy en modo exploding block, pero es que me gusta tanto hacerlo....

He mezclado bordado tradicional de Lagartera con patchwork y os tengo que decir que me parece que la mezcla luce muy bien.




Ahora estoy entre hacer un posavasos, un mug rug o mantel de media tarde, un individual, un mantel de merienda, un camino de mesa....

Bueno, uno "u dos"


Mi incapacidad de hacer las cosas de una en una es manifiesta.




Bueno, y seguí, no os vayáis a creer que me paré en dos.

Creo que ya os conté que mi madre, cada vez que voy a verla, me va dando cosas que aparecen por los cajones, y me dice: tengo unas chuches para ti.

En este caso, son servilletas desparejadas.

Y le llevaba dando vueltas qué hacer con ellas, hasta que se me encendió la bombilla.

Y sigo coso que te coso...

jueves, 24 de noviembre de 2016

De telas por Ohio

¿Os gustan?

No, no me he ido a Ohio, más quisiera!!!

Pero puedes hacer piticlin desde casa y tienes unas telas divinas de la muerte.

Hace poco fui testigo en casa de Puri del baile que se echó en el hall cuando llegaban las telas. Os prometo que no es para menos.

Son mucho más bonitas al natural que en la pantalla y, lo mejor, son tuyas. Las puedes tocar, sobar, apretujar, lo que tú quieras porque son reales, no virtuales.


La mayoría son batiks, divinos, divinos de la muerte.


¿Qué no?


Mañana he quedado con Beatriz y con Puri y las voy a llevar para que las disfrutemos todas.


Son 18 telas diferentes, en total 9 yardas que es lo que cabe en un sobre y hay que aprovechar los gastos de envío.

¿De donde son?

De Fabric Shack, toda una tentación, hay telas por menos de 4$ la yarda.

Ahora, la verdadera culpable de conocer esta tienda es Marta que se lo sabe todo, todo y todo.

Habrá que jugar a la lotería, pedírselo a los Reyes Majos, pero algo hay que hacer.

Y sigo coso que te coso...

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Funda pañuelos japo

Tenía yo ganas de hacer una funda de pañuelos japonesa.

La verdad es que he visto tantos tutoriales que me la he aprendido de memoria y no puedo citar todos porque no me gustaría que se me olvidase alguno.

Las medidas no me iban a servir porque a mi me gustan los pañuelos pequeños y, generalmente, están hechas para los pañuelos más grandes.


Tampoco es la funda convencional, la quería para dársela a mi madre con la bolsa de gimnasio, y lo de poner botones para sacar un pañuelo me parecía un poco complicado para una señora de edad con Parkinson y artrosis.

Lo he resuelto simplemente metiendo el piquito y así quedan protegidos. De la misma manera se rellenan por ahí.

Para adornar he puesto la V de Veva en la parte inferior.

Ahora estoy dudando si le ha gustado más la funda o la bolsa, estas madres son como niños!!!

Si lo llego a saber una docena le hubiera hecho.

Y sigo coso que te coso...

martes, 22 de noviembre de 2016

Bolsa para el gimnasio


¿Qué os parece esta bolsa para ir al gimnasio?

No, no es para mi, es para mi madre que le gusta ir al gimnasio arreglada pero informal.

Me dijo exactamente el tamaño que quería que tuviese, el de las asas también.

Y yo, como soy una buena hija, la hice cumpliendo sus deseos.

La tela gris marengo del exterior procede de unos pantalones de Jc, la idea me la dió Beatriz. 

El forro es de una camisa de mi hermano.

El par de bolsillos son unos  bloques que hice de prueba y los tenía ahí esperando para ser usados.



La tela de flores del exploding block es de un vestido mío de hace muchos años.


Me encanta comprar telas, pero cada vez me gusta más reciclar, es darles una segunda oportunidad con tus manos que, de otra manera, no tendrían.


Para adornar la cremallera, le he puesto un charm en forma de chancla.


Anverso y reverso, tanto da...

A mi madre le ha encantado, espero que a vosotros también. Yo he disfrutado muchísimo haciéndola.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 21 de noviembre de 2016

CAP. 28 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo

Enlace a LISTA DE PERSONAJES









De cómo triunfar


a policía no ponía mucho interés en resolver ni parar esos delitos, esos hurtos que no llegaban a robo porque no había intimidación. Así que aquellos raterillos campaban a sus anchas entre los turistas de los que se alimentaban ellos y sus familias porque, a veces, se topaban con algún incauto que no se fiaba de la seguridad del hotel donde se alojaba y creía que su dinero estaba más seguro con él, en contra de las veces que era advertida, tanto en origen como en destino, de la ley que imperaba en esos lugares. Y así formaban parte de los espectáculos que todos los días se daban en las calles de esa ciudad. Y luego estaban aquellos otros que hacían su agosto y fungían de agentes de bolsa y cambio. Quienes cambiaban con usura los dólares tanto sustraídos como necesitados para una compra que no se había previsto en el hotel. Tú suelta un cerdo entre gentes hambrientas, verás lo que pasa. La necesidad siempre agudizará el ingenio. Y si no, que se lo pregunten a Adama que, con un paraguas roto, resolvió un problema alimenticio. Pero nosotros no podíamos formar parte de aquel tejido que sustentaba a muchas familias locales. No teníamos a ningún miembro infantil que pusiera cara de pena y la diera ante quien podía pedir un chicle o un caramelo. Y tampoco éramos una jauría, tan solo una pareja de adolescentes que más que pena, dábamos miedo. Teníamos que ajustar la táctica a nuestra infraestructura. Éramos dos muchachos y un camello. Y en base a ese trío teníamos que construir nuestros planes. Y no teníamos mucho tiempo. Adama era pesimista por naturaleza, decía que no conocíamos el terreno, ni los riesgos que corríamos en el pillaje. Pero le convencieron, no mis palabras, sino las consecuencias que se desprendían de ellas: «¿Y qué comemos, porque muchas tiendas no he visto, solo puestos de fruta que no tienen ni mostrador ni nada?». Había que estrujarse la cabeza, para que no lo hicieran nuestras tripas. Y, además, había que hacerlo ya. Y, la verdad, mi amigo era más apto para ese tipo de labor que yo. Aunque aquella vez sería yo el que diera con la solución. Me vino a la cabeza aquella pregunta que una guía me hiciera en Agadez: “¿Lo alquilas?”. Y eso es lo que propuse a Adama. No le veía ningún riesgo. No engañaríamos a nadie. No robaríamos. Y mi amigo me recordó cómo me había tomado la pregunta. «Es como si te hubieran pinchado cuando te aclararon que se trataba de montar tu camello». Como entenderás me defendí. Para ello aduje que ya sabía que con el orgullo no se come y que a Hamal no le importaría colaborar en nuestros planes para comer todos los días. «De eso estoy más que seguro». No nos fue difícil llegar a un entente, más que nada porque el camello no tenía voto. Solo encontramos un problema: no podíamos ofrecer nuestros servicios delante del museo, no había espacio para que el camello paseara a los turistas. Teníamos que buscar otro sitio desde el que Hamal pudiera salir al desierto para que el turista lo viera como una aventura y pudiera hacerse fotos con él. Y ahí estuvo fino Adama. Ya te he dicho que solía tener mejores ideas que yo. Propuso cobrar más si querían inmortalizar al camello. Ya sabíamos qué eran y para qué servían aquellas máquinas que todos los turistas se echaban a la cara. Ese día lo dedicamos a pasar hambre y a buscar ese lugar donde ubicar nuestro nuevo y legal negocio. Y lo hicimos a lomos del mehari. Buscamos aquellos vehículos tan impresionantes en los que se movían nuestros posibles clientes. Les seguimos para ver qué ruta hacían. Era fácil porque no podían ir muy deprisa por las calles de Gao. Mientras nos movíamos de un sitio a otro nos surgió otro asunto que resolver. El precio y la duración del trayecto en camello. Estábamos perdidos, ni siquiera teníamos reloj. Pero es que, además, no conocíamos el valor del dinero. Pero mi amigo volvió a solucionar estas pegas que a mí se me hacían insalvables por más que le pidiera a mi caletre. El tiempo sería controlado por el propio cliente. Le advertiríamos que no cumplir el horario tenía una penalización. Y en cuanto al dinero, haríamos lo mismo hasta coger experiencia y conocimiento sobre la moneda y los billetes. Dejaríamos a discreción del turista la tarifa. Eso sí, teníamos que poner cara de pena y decir siempre que nos parecía poco, pero no forzar mucho el regateo. Si todos los negocios se hubieran planteado así, todavía estaríamos en la edad de piedra, ¿verdad? También decidimos que sería yo quien acompañaría a Hamal durante la pequeña excursión. Como habíamos sido precavidos y no habíamos agotado el botín de nuestro hurto, esa noche pudimos cenar. Así que, al día siguiente, comenzaríamos de nuevo desde cero. Pero con la ilusión del que empieza una nueva empresa a la espera de grandes beneficios. Y para nosotros las ganancias se referían a comer una vez al día. Con eso tendríamos bastante. No nos distinguíamos en nada de esos jóvenes empresarios que ahora llamáis emprendedores: sin un duro, sin ninguna ayuda y con la fe puesta en una idea que no sabíamos si iba a funcionar. Aunque en honor a la verdad he de reconocer que nosotros estábamos más despistados y peor preparados. No sabíamos ni contar. Dormimos como casi siempre, bien. Estábamos más que acostumbrados a tener solo ilusiones. Eso sí, dormimos acompañados de un chucho que apareció por allí mientras cenábamos y al que no dimos ningún motivo para quedarse, porque, entre otras cosas, no dejamos ni sobras. Ese nuevo día hasta nos lavamos la cara en el río. Nos colocamos el turbante, nos sacudimos las túnicas. Nos juzgamos uno a otro y nos dimos la aprobación. Y sin decir una palabra, como acostumbrábamos, nos decidimos a ganarnos la vida como casi todo bicho viviente. El lugar elegido fue junto a aquella tumba tan rara de barro con estacas clavadas reconvertida en mezquita. Cumplía perfectamente todos los requisitos. Y, como habíamos visto el día anterior, todos los autocares se paraban también allí para descargar a decenas de turistas. La gran explanada se fundía con el desierto por uno de sus lados. Según vimos al ir hacia la mezquita,, todavía se vendía la sal en losetas.  Los  saleros todavía
no  habían llegado. Llegamos a la tumba-mezquita tras seguir a uno de aquellos autocares que avistamos al cruzar el puente. Cuando vimos que otro aparcaba, nos acercamos. Al ver bajar a los turistas abrazados a sus bolsos y mochilas les ofrecimos nuestros servicios. Seguramente, les acababan de recordar las mínimas precauciones ante los hurtos y que no se dejaran nada de valor en el vehículo. Adama en la puerta de atrás y yo situado ante la delantera. Previamente le había ordenado a Hamal que se agachara detrás de mí para que no estorbara y funcionara de reclamo. «Voulez-vous louer un chameau? (1)», decíamos a todo el que se apeaba. Según pasaban por delante de mí, notaba una brisa fresquita que salía del interior del autobús. Aquella fue nuestra muletilla durante unos minutos. Pero no tuvimos suerte. Nadie nos entendió y nadie se interesó por Hamal, ni por nosotros. Parecía como si solo les importaran sus bolsos. Y lo mismo nos ocurrió con la siguiente tropa que se apeó ante nosotros. Llegamos a la conclusión, después del tercer fracaso, que el momento de la llegada no era el más indicado para ofrecer nuestros servicios, sin plantearnos siquiera el problema del idioma. No insistimos más y dejamos en paz a los turistas que cada vez llenaban la explanada y que se dedicaban a observar y fotografiar aquel monumento, curioso hasta para nosotros. Si hubiéramos sabido que la visita se hacía con cita previa y tras la cual los guías daban una hora libre a su ganado, no hubiéramos madrugado tanto. Al no saberlo pensamos que algo hacíamos mal. No sabíamos qué. Aburridos nos hicimos a un lado, nos llevamos a Hamal junto a la sombra de una pared de barro y nos sentamos. No podíamos hacer otra cosa. Adama se dedicó a tirar granos de arena al camello que ni se inmutaba. Pero yo no encontraba forma de dejar a un lado el aburrimiento y el fracaso. Así que, me levanté y le dije a mi amigo animal: «Vamos a jugar». Nada más oír el verbo jugar, Hamal se levantó y se acercó a mí. Era más listo que el hambre. Y eso que quien más la pasaba era yo y no él. Y nos pusimos a jouer. Pronto, ante las monadas que hacía Hamal, se formó un corrillo a nuestro alrededor. Y no solo eran turistas los que se sumaban al público espectador. También había niños y vecinos de Gao que disfrutaban con las travesuras del mehari. La gente, cada vez que acabábamos una pirueta, aplaudía. Ante tanta expectación se me vino la vergüenza encima y cuando iba a dejarlo, Adama se me acercó y me dijo en bajito: «Sigue, sigue, Dikembe». Y seguí, claro. El momento álgido de nuestra actuación fue cuando me alejé del camello unos pasos y puse entre los dientes un guijarro. El animal corrió hacia mí, se frenó y con todo cuidado cogió la piedra entre sus carnosos labios, se fue hasta donde había iniciado la carrera y la escupió hacia mí. La gente se volvió loca con aquello. Hicimos dos tonterías más y, después de mirar a Adama, grité que el espectáculo se había acabado. Estaba cansado de ser el hazmerreír de aquella gente. A mí me gustaba jugar con Hamal, pero en la intimidad. Cual no sería nuestra sorpresa cuando varias mujeres se me acercaron y me dieron un billete. Adama los cazó al vuelo, y con las manos en forma de cuenco las pasó ante la gente que todavía no se había apartado. Y alguna moneda y algún billete le cayeron. Siguió su recorrido entre los que estaban un poco más lejos, en su mayoría turistas, que ya no abrazaban sus bolsos. Y Adama hubo de hacer un receptáculo con su túnica para recibir los billetes que caían. Él, muy educadamente, cada vez que recibía algo agachaba la cabeza y repetía un “merci monsieur” o un “merci madame” según correspondiera. Yo observaba que las mujeres daban más que los hombres. Deshecho el corro, se nos acercó una mujer joven y rubia y en su idioma nos dijo algo que no entendimos. Yo, muy en mi lugar, contesté en francés que no le entendía. Y se fue, pero volvió con un hombre vestido al estilo árabe al que sí entendí. La señora en cuestión quería montar en camello. Y quería saber cuanto le costaría dar una vuelta. Confesé que nunca había alquilado a Hamal y que no sabía qué cobrar. Y entonces el guía me planteó un negocio. Yo debía cobrar mil francos locales por viajero. De esos, quinientos serían para mí y quinientos para él. Adama se inmiscuyó en la conversación y dejó claro que eso sería tan solo con los turistas que llegaran de su mano. Y que el reparto sería un cuarto para él y el resto para nosotros. Siguió un pequeño regateo hasta que llegamos a un acuerdo. Y nos informó de que la moneda que manejaban la mayoría de turistas era el dólar americano y cuantos correspondían al precio en francos. Yo no le entendí, pero Adama sí. Entonces, ordené a Hamal que se sentara y ayudamos a la rubia a subirse a la silla. «Que se agarre bien la señora. Y que no se asuste cuando se levante el camello, si no se caerá», le dije al guía. Le dio tiempo a la turista a decir que no le daba miedo porque había visto la función y le había parecido un animal encantador. Pero desde que Hamal se  puso de rodillas hasta el tercer envite que le llevó a estar a cuatro patas la mujer no dejó de gritar. Menos mal que me hizo caso y se sujetó bien, si no, hubiera mordido el polvo del desierto y, a lo mejor, nuestro negocio se hubiera ido al traste con ella. Porque has de saber que estos animales hacen tres movimientos tanto para agacharse como para ponerse a cuatro patas. Pero, bueno, ¿a ti que más te da si no vas a subirte en camello? Si supieran los animales cómo los tratamos se nos tirarían a la yugular. El caso es que ante nuestro estupor por los gritos, el nuevo socio exclamó: «No os preocupéis, estos turistas son así». Desoués de la aclaración del guía se puso a conversar con Adama. Me imaginaba que aquella charla resultaría interesante y provechosa para nosotros. Me dirigí hacia fuera de la explanada por donde la ciudad no se había extendido aún. La excursionista  iba encantada.  Cuando volvía vi que el guía me
hacía señas para que me acercara. Me acerqué y dijo algo que yo no entendí, pero que al parecer mi amigo sí. Mandé sentarse a Hamal, pero, antes de hacerlo, la turista empezó a repetir: «Stop, stop, stop», y luego: «Photo, photo, photo» y a hacer señas a alguien. Otra mujer, mayor que la rubia, se acercó en una carrera graciosa, se le voló el sombrero que tuvo que ir a buscar, y terminó por enfocar su cámara sobre Hamal y su carga. Cuando este empezó las maniobras de aproximación al suelo esperé oír los gritos, que esta vez fueron grititos, de nuestra primera clienta. Después ayudamos a que descabalgara. Y tras el guía indicarle el importe de la cabalgada nos pagó con dos billetes desconocidos para nosotros, y las dos mujeres, madre e hija según el guía, se fueron tan contentas con su grupo, no sin dejarnos una sonrisa y un “thanks”. La joven, según se alejaba, se volvió, levantó el dedo pulgar y dijo: «Okay». Esa mañana tuvimos tres clientes más de aquel que, si bien se aprovechaba de nuestra ignorancia, también nos ayudaba a dejarla a un lado. Adama en un alarde de generosidad verbal me resumió todo lo que había aprendido de la conversación con Bakaye, como me dijo que se llamaba el guía. Debíamos guardar los billetes con los que pagaban los extranjeros. Eran dólares y en todos los sitios valían más que la moneda local. Cuestión que le discutí por la experiencia tenida con aquel tendero al que estafamos. Según él en Gao solo valían los billetes de allí. Pero me convenció de que no era así, aunque mientras estuviéramos en la ciudad, debíamos gastar primero los francos. También me comentó que el dinero también se vendía, como cualquier otra cosa. Pero eso ya no lo entendí. ¿Cómo se iba a vender el dinero? El dinero solo valía dinero y se usaba para comprar comida, ropa y todo eso. ¿Para qué lo ibas a vender? Ni mi inteligencia ni mi formación daban para más por aquel entonces. Lo entendería mucho después, justo antes de dar el salto a España. Pero eso vendrá después. Y como no entendía nada de nada dejé que Adama llevara los asuntos financieros de nuestro recién inaugurado negocio. También ese día nos dimos dos festines. Uno a la hora de la comida y otro durante la cena. Hasta compramos dulces. Sin contar que el chucho que volvió a visitarnos por la noche también cenó. A Hamal también le compramos terrones de azúcar. Le gustaron mucho. Y saqué la conclusión que ya los había probado porque nada más verlos se tiró a por ellos y casi me arranca la mano el muy animal. Al acostarme decidí sustituir la piedra por un terrón en el numerito final de nuestra actuación. Aunque estaba seguro de que no lo escupiría. Estábamos exultantes. Se nos habían abierto las puertas del cielo de par en par. Pero lo que no sabíamos es que nuestro espectáculo y nuestro éxito iba a despertar el interés de más de uno y que nos iban a llover socios protectores por todos lados. Pero eso te lo cantaré más adelante, en su momento. Ahora déjame disfrutar de estos buenos recuerdos porque no son tantos de este sesgo los que almaceno en mi memoria. Es más, voy a servirme un café con el que degustaré estas felices evocaciones. Luego sigo con el relato de los tropezones, no te preocupes.


iziyiziyiziyi

Llegado a este punto de la lectura de las cartas de Dikembe me planteo el asunto de la felicidad. Tal como describe él sus momentos dichosos, escasos y por motivos tan primarios diría yo, no tienen nada que ver con los míos. Yo necesito más motivos para alcanzar ese estado que todos buscamos continuamente. Y no me refiero solo a esos momentos en su juventud, sino también a los que se desprenden cuando escribía las cartas. Parece no necesitar mucho para disfrutar de la alegría de sus recuerdos, por ejemplo. Incluso tiene la capacidad de pararse y tomarse un café con ellos. Parece afirmar esa frase que anda por ahí y que no sé a quien se debe, aunque creo que es anónima: No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Y yo entiendo como rico a quien es feliz. Al menos es mi interpretación. Es cierto, en contra de lo que nos dicta la publicidad y el resto de la mercadotecnia que nos abruma, para ser feliz se necesita muy poco. En el caso de nuestro protagonista, con comer tenía suficiente. Y esto a mí no me lleva a la felicidad, sino al sentimiento contrario, porque me planteo que yo como todos los días, que yo leo todos los días, que yo paseo todos los días, que yo todos los días... Como dice Sabina existen “más de mil motivos para no cortarse de un tajo las venas” y no nos damos cuenta porque la rutina convierte en polvo todo aquello que no nos recuerdan en spots televisivos, en cuñas de radio o en carteles por las calles.

iziyiziyiziyi

Bien, ya estoy aquí otra vez. Retomemos el hilo. A la mañana siguiente nos desayunamos como nunca. Tras lo cual, Adama salió al muelle de carga abandonado y, al rato, volvió con una lata oxidada, bastante deteriorada, pero sin agujeros: «¿Y eso?», le pregunté extrañado. «Para llenarla de billetes», me contestó con una amplia sonrisa. Y sin prisas nos fuimos hacia la explanada, si bien antes, sacamos brillo a la silla de Hamal con un extremo de mi turbante y junto al río. No cambiaríamos nuestro programa. Primero actuaríamos Hamal y yo, Adama pasaría la lata, y después, si Bakaye no aparecía con clientes, los buscaríamos nosotros porque Adama había aprendido del guía: «Rentacamel(2)». Introduciríamos dos variantes en la actuación anterior. La que ya te he contado del terrón de azúcar, que bien se lo ganaba el animal y que sería el broche. Y el otro que, antes de anunciar el final, le pediría al mehari un beso, que esperaba que me lo diera, como tantas otras veces había hecho delante de mi otro amigo. Esto se le ocurrió a él porque me aseguró que eso aflojaría más el bolsillo de los turistas. Y como ni a Hamal ni a mí nos importaba, lo incluimos sin más en la representación. Seguimos así un periodo de tiempo durante el cual los tres engordamos, Adama, el perrillo y yo, porque Hamal siguió igual a pesar del azúcar. La buena vida se nos venía a la cara. Hasta que un día, el coche de policía o de soldados, yo no los distinguía, que de vez en cuando aparecía por la explanada, se daba una vuelta, echaba un vistazo y se iba, tardó mucho en irse. No nos preocupó. Éramos conscientes de no cometer un delito con nuestra actuación y nuestro negocio turístico. Así opinaba por lo menos Bakaye: «No os preocupéis, no creo que os digan nada», había sido su comentario. Y hasta esa mañana tuvo razón. Cuando acabamos con el último paseo, como hacíamos todos los días, nos acercamos a la tienda donde habíamos dado nuestro primer golpe. Ya éramos clientes habituales y como a tales nos trataba aquel tendero que desconocía nuestro hurto. Comprábamos a capricho, pagábamos y salíamos para encaminarnos a nuestro rincón donde el perro nos esperaba como un clavo todos los días. Pero, al salir vimos que Hamal estaba muy bien custodiado. Dos policías le flanqueaban y nos esperaban. «¿Sois vosotros quienes hacéis negocio en la explanada de la mezquita?», preguntaron, supongo que por decir algo, porque lo sabían perfectamente. Adama contestó que si se referían a actuar ante los turistas que sí, que éramos nosotros. Después de darnos coba por cómo teníamos enseñado al animal, llegaron al motivo de su visita. Las representaciones estaban prohibidas junto a la mezquita. No eran respetuosas. Tanto mi amigo como yo nos quedamos de piedra. Y a mí casi se me cae la compra al suelo. Ante la falta de reacción oral por nuestra parte, el orondo agente tomó de nuevo la palabra. Estaban restringidas y sujetas a la aprobación municipal y al pago de las tasas correspondientes. Yo seguí con la boca abierta pero incapaz de decir nada. En cambio Adama, que entendió la indirecta, preguntó de qué importe estábamos hablando, y dio por hecho que teníamos los permisos oportunos. El policía flaco, se acercó a él y le enseño los tres dedos centrales de su mano derecha. «¿Tres francos?», preguntó. Y el otro agente de la ley le aclaró que eran tres dólares. «Diarios», remató el policía que aún movía la mano delante de la cara de Adama. Aunque en realidad quien nos dio la puntilla fue el gordo: «A partir de hoy», mientras el otro nos intimidaba: «Si no…», y señaló el coche verde con la palabra “police” en grandes letras mayúsculas. Y mira tú por donde, me imaginé a Hamal metido en el coche y sacando el cuello por la ventanilla. Y, claro, me eché a reír y a punto estuve otra vez de tirar la compra. Me cayó una bofetada a la vez que una pregunta retórica: «¿Y  tú, de qué te ríes, imbécil?». La visión se esfumó enseguida. Y para que la situación no fuera a mayores, Adama se rascó el bolsillo. Como sabía contar hasta tres, lo hizo y entregó los billetes al flacucho. No dijeron más que un hasta mañana que nos dejó claro que habíamos encontrado, como ya te adelanté, a unos socios protectores. Con la cabeza gacha y muy afectados por el inesperado giro de los acontecimientos, dejamos que el coche policial se largara y tomamos el camino del puerto abandonado. No habíamos llegado cuando salió a nuestro encuentro el chucho, un socio que daba cariño a cambio de unas sobras que ahora éramos capaces de generar, aunque con la llegada de los nuevos e improductivos asociados, podría ser que disminuyeran notablemente. Pero Monamí(3), que así le bauticé el tercer día, no entendía de negocios y seguía con sus alharacas y saltos de alegría. Es muy grato que alguien te espere en casa y  se 
alegre  de tu llegada. Esa era mi interpretación de los pequeños ladridos, movimientos de cola y saltos que nos regalaba. En particular a Adama. Acaso porque era quien le daba más sobras. Aunque tenía claro que su alegría era por ver llegar a quienes le alimentaban, aunque hubiera algo más. Eso es lo que me ha mordido siempre la conciencia. Y fíjate, ahora mismo lo hace después de tantos años. Y mañana más, porque no entiendo como se puede estar agradecido a aquel que te da de comer por propio interés para eso, para que se lo agradezcas y sigas dentro del rebaño que él guía y domina. Aunque no era el caso. Yo alimentaba a Monamí porque me veía en él, no para manipular su libertad, si es que un perro puede ser libre. No me ocurría lo mismo con Hamal porque yo no le alimentaba, normalmente él se buscaba la vida. Segundo porque era consciente que si alguien cuidaba a alguien era él a mí. Y tercero, porque le sentía parte de mí mismo. No hay asunto que más una que huir y pasarlas canutas juntos. En esos momentos la empatía se desborda. Y esa realidad la contrasté cuando, en su momento, me paré a pensar sobre la relación que tuve y tengo con Adama. Los amigos de juergas duran lo mismo que ellas. Los amigos en el sufrimiento, un poco más. A Monamí le cayó un tomate un poco pocho que le entretuvo mientras nosotros llegamos a nuestro rincón. Aunque no tardó en aparecer y sentarse junto a Hamal a esperar algo más. Vamos, que le duró tanto como a mí la alegría de verlo, porque enseguida se me vinieron a la cabeza aquellos dos jodidos policías. Me di cuenta que los dos animales se obviaban mutuamente. A lo mejor era por el tamaño, como nos pasa a nosotros con las hormigas. O como les pasa a los gobernantes con los gobernados por otro motivo que no es el tamaño, sino la distancia entre los mundos que viven. Y eso que aquellos no son conscientes de la grandeza de quienes les han elegido. De todo se puede aprender o, al menos, sacar una conclusión positiva o negativa. Y yo, a este respecto, debo reconocer dos puntos. Primero, que esa actitud se la debo a Adama. Y segundo, que casi todas mis deducciones son negativas, aunque me sirvan tanto como las positivas a la hora de tomar decisiones, eso es verdad. ¿O no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Todos menos Hamal comimos. Por las tardes, normalmente Adama se quedaba con sus pensamientos mientras los dos animales y yo nos íbamos a dar una vuelta por ahí, a jugar y a que el camello se alimentara si le apetecía, que también se lo curraba y tenía derecho a ello. Mientras él mordisqueaba las plantas espinosas que tanto le gustaban, Monamí y yo jugábamos. Y si no, jugábamos los tres. Aunque en realidad ellos lo hacían por separado conmigo. El mehari y yo satisfechos, y el perrillo deshecho. Y eso que no sabía el precio que iba a pagar por nuestra amistad. Si no, no hubiera vuelto. Y hablando de volver, quienes regresaban todos los mediodías eran los dos recaudadores de impuestos municipales, a veces de uniforme y en coche, y otras de paisano y a pie. Pero no faltaban a la cita. Eran buenos y leales cumplidores de las leyes impositivas, como verás. Y nosotros buenos ciudadanos y empresarios responsables. Yo no entendía su diligencia diaria y su cambio de indumentaria hasta que Adama me informó de que la gente no trabajaba todos los días como hacíamos nosotros. Y se me vino a la cabeza que tampoco todo el mundo trabaja tres horas diarias y sin jefes. Aunque esta última cuestión mi amigo la puso en duda: «¿Eso crees tú, que no tenemos jefes?». Y como no sabía a qué se refería, no se me ocurrió qué contestarle. Aunque era evidente. Tanto como que no te mereces todo mi tiempo diario, así que aquí echamos hoy el cierre. Ya te contaré como acaba este asunto que cada vez se enredó más, aunque no nos fue tan del todo. Un saludo,








(1VG) [↑][Volver] ¿Quiere alquilar un camello?, en francés.
(2VG) [↑][Volver] 'Rentacamel' de 'rent a camel', alquilar un camello, en inglés.
(3VG) [↑][Volver] Monamí, de ‘mon ami’, mi amigo, en francés. 


Imagen 1. Foto bajada de losviajesdeali.com
Imagen 2. Foto bajada de www.egypttailormade.net
Imagen 3. Foto bajada de www.eltesorodelajumentud.info