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viernes, 20 de enero de 2017

Un par de cestas

Hay algunas cestas en casa que ya me están cansando un poco.

Son de las primeras y me piden a gritos la renovación/sustitución.

Como me encanta probar nuevos materiales, en esta ocasión he usado una tela de tapicería de sofá de los 80.

Con un niño pequeño se me ocurrió tapizar los sillones de este salmóncasicrudo.

Creo que duró poco, igual menos que poco.

Pero mira, después de más de 30 años con un retalito se da vida a un par de cestas para el baño.


Hoy mismo las estreno.

Cada vez que las mire, recordaré a Raúl intentando subirse gateando al sofá.

Que recuerdos!!

Calculo que ya he hecho más de 100, si todavía no te has decidido, aquí te dejo el tutorial.

Y sigo coso que te coso...

miércoles, 18 de enero de 2017

Mi recién estrenado marido de finales de los 70 del siglo pasado

El título ya va diciendo algo...

Pero si queréis pasar un rato conmigo, invitados estáis.


Hay que tomarse la vida con filosofía.

Ya me veis a mi.

Y sigo coso que te coso...

martes, 17 de enero de 2017

Cojín manta para Elena


Estas fiestas, el regalo estrella ha sido el cojín manta.

Como soy de piñón fijo, estaba en momento exploding block y así que hice unos cuantos.

También en modo batik

No es que lo diga, es que os lo demuestro, yo de pensar poco, pero poco, poco, que luego igual profundizas y no te gustas.

Pero el regalo si que ha gustado, ha sido para Elena, mi sobrina favorita, no tiene mucho mérito, porque haga lo que haga a ella le gusta. Es muy agradecida. 

Que mona eres Elena y cuanto te quiere tu tía.


Como su habitación está en moradosberenjena, intenté que el asunto fuera de esos tonos.

Estoy convencida que arroparé tus sueños y, en algún momento, estaré contigo.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 16 de enero de 2017

CAP. 36 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo









De cómo perder un mapa sin que nadie se entere


quellas gentes con las que nos habíamos encontrado en mitad del desierto venían de Tiaret. Nos aconsejaron que tomáramos rumbo oeste. En esa dirección encontraríamos agua más fácilmente y con más frecuencia. Antes del amanecer me despertó el trajín de los tuaregs que reemprendían camino. Vi que Adama también se revolvía bajo su manta, pero él no se levantó. Yo sabía que estaba despierto y esperaba a que la pequeña caravana se pusiera en marcha para emprender el día. A veces, mi amigo parecía, o lo era, antipático. Las despedidas y los formulismos le gustaban tanto como hablar. Cuando se desperezó y volvió a ser persona, me le quedé mirando a los ojos a modo de reproche. «Los tuaregs no me gustan», fue su disculpa. Hoy puedo asegurarte que, salvo Hamal y yo, todo el mundo le desagradaba. Y poco ha cambiado. Creo que las experiencias con sus semejantes le han llevado a desconfiar de todo el mundo. Y no tengo en cuenta solamente el sufrimiento de aquel niño en África, también incluyo como fue, fuimos, tratados al  llegar a España e inclusive todavía hoy. Aún hay gente que nos repudia por tener la piel de otro color. Y, a veces, nos demuestran ese rechazo hasta violentamente. Adama cuenta en su haber, o en su debe, con dos palizas callejeras que le hicieron pasar por el hospital. Donde también se encontró con problemas, digamos burocráticos. Si bien debo decir, porque soy testigo de ello, que el personal sanitario se portó estupendamente con los dos. Muchos de estos profesionales actúan en contra de las instancias superiores y a favor de su juramento. Asunto que se agradece a todos los niveles, incluido el legal. Una persona que tarda 10 ó 15 años en esforzarse para hacer un juramento, no va a dejar de cumplirlo porque se lo ordene un ministro de tres al cuarto. A mí, al menos, me parece más importante e imprescindible un solo médico que todo un gobierno en pleno, se ponga los demócratas como se pongan. Debemos mejorar muchos aspectos de nuestros estamentos, tanto allí, en África, como aquí. No me duelen prendas, mon ami. No sería solo la xenofobia la culpable de que Adama acabara en un centro sanitario. Su malaria también le obligaría más de una vez. Y si bien está casi curada, le ha dejado huella. Y en su favor debo decir que, siendo un “simpapeles”, le permitieron formar parte de un grupo de cobayas en el que se ensayó una droga contra el paludismo. Otra vez aparece la incongruencia de vuestras leyes. ¿Si no existes civilmente, cómo narices puedes contribuir a la ciencia?”. Todos esos desajustes desaparecerán, no cuando se hagan leyes justas, porque es imposible, sino cuando todos tengamos los mismos derechos en cualquier momento y lugar. Para mí es así de sencillo. Pero si yo fabrico peines, no quiero que haya calvos. Y si esos peines usan balas, la paz no me interesa. Quien no quiera entenderlo y sea partidario de armar hasta a los niños, más le valdría no haber nacido. Un mundo que debe vivir en paz no les necesita. Y digo que no deberían haber nacido, porque me guste o no, una vez paridos tienen el mismo derecho que yo para expresar su opinión.
¿Qué queréis que os diga? Bastante dice Dikembe a su amigo José María. Ante sus palabras poco puedo añadir, aunque alguien las discutirá. Pero quien quiera que lo haga tendrá que explicar porqué llegan armas a manos de tantos niños. Y no le valdrá la escusa del cuchillo que también sirve para cortar el pan porque en un arma no hay nada bueno, nada. Yo me sumo a la reflexión y postura de Dikembe. A los niños hay que amarlos, no armarlos, como hacen por África actualmente. Todos arrimamos el ascua a nuestra sardina, aunque este refrán falla cuando no hay ni una parrocha que arrimar.
Seguimos camino también nosotros hacia el oeste con el regusto dulce de aquel azúcar tostado con almendras, así como de la grata compañía, al menos para mí, porque ya conocemos la postura de Adama ante los tuaregs y no tuaregs. Al cruzar una pista de tierra, mi amigo me planteó seguirla. Iba hacia el norte. Le propuse que cavilara un poco. Después de que se volviera hacia los cuatro puntos cardinales sus pasos me indicaron la dirección que “habíamos” elegido. Y hablo en plural porque aunque las decisiones las tomáramos individualmente siempre eran por consenso. Cuestión de confianza. Igual que la presunción que tú asumes cuando te pones al volante de un coche ante los demás conductores. Si no tuvieras la seguridad de que nadie va a ir contra tu vehículo, no conducirías. Confías ciegamente en que todos vais a cumplir las normas de circulación. Y, en cambio, sabes perfectamente que muchos os las saltáis a la torera. Pues es lo mismo que nos pasaba a nosotros. Atinaría o erraría, pero yo presumía que en ese momento la suya era una decisión acertada. Éramos como una mujer maltratada que siempre consiente, en su caso por lo contrario que nosotros. Supongo que le ayudó a decidir oír junto al murmullo del viento el traqueteo lejano de un motor. Y ello implicaba el encuentro con otro humano. Evidentemente dejamos la pista por la que se caminaba mil veces mejor que por la arena suelta, pero que, precisamente por ello, atraía más caminantes y vehículos motorizados o no. Sin volverme, oí alejarse el monótono ruido mecánico, y volvimos al silencio que se ve inundado por el viento, que esta vez nos daba de cara. Nos subimos las camisetas hasta la nariz, de modo que si nos hubiéramos cruzado con los fantasmas de nuestros familiares no nos hubieran conocido. Hamal no necesitaba ni de turbantes, ni de pañuelos, ni de camisetas para defenderse de la arena que traía el aire. Los camellos son capaces de sellar sus narinas a voluntad para que no se vean afectadas sus fosas nasales. Lo que ya no sé es por donde respiran los “jodíos”. Como tampoco necesitan la vista para caminar en línea recta, al menos Hamal. Lo sé porque en nuestros juegos yo le ponía mi camiseta en la cabeza, me alejaba, le llamaba. Él acudía por el camino más corto. Por ese motivo y porque la tempestad de arena arreciaba, nos pusimos en su lomo y nos dejamos llevar hacia la profundidad del desierto. En nuestros corazones, sin alimentarlo ni saberlo, crecía el sueño de una tierra que nadie nos había prometido pero en la que, en mi caso, buscaba a Kataku. Sí, es cierto que Adama hablaba poco y andaba siempre absorto en sus pensamientos, pero cuando hablaba decía algo, no era como yo. Creo que me repito, pero es fácil caer en la tautología. Te lo digo, porque durante una de esas noches de travesía, bajo las estrellas y nuestras correspondientes mantas, racionalicé mi deseo de llegar allí donde todos los de mi aldea ubicábamos a aquel joven que marchara. No buscaba contestación alguna, porque no había pregunta, tan solo reconocimiento de un anhelo íntimo y profundo que no creía tener . Mi sorpresa fue escuchar una confesión en tan solo tres palabras: «Yo solo huyo». Adama no iba a ningún sitio en particular, solo huía. Quería evaporarse, no estar en ningún sitio. Aunque eso cambiaría. Y sin querer ser protagonista de nada, creo que fui yo el motivo. Bon, moi y supongo que algo tuvo que ver también Hamal. Le entendí perfectamente porque eso creía yo que hacía desde que dejé atrás a Wahid Okoye. Aquella noche, imaginé más que dormí. Mi amigo, sin intención, ya me había contado los motivos de su constante evasión. Y yo confundía mis recuerdos con sus delirios durante su enfermedad. Cada uno vive las situaciones similares como puede y sabe. Ninguno respondemos igual ante lo mismo. Y, aunque sean semejantes esas vivencias, calan y desgarran, en su caso, diferentes partes del alma. Y considerando que no hay dos almas iguales, a pesar de que las hay gemelas, pensé en las diferencias de nuestras heridas ante hechos semejantes. También llegué a una conclusión que desecharía durante el viaje. A la sazón asumí que aquello vivido en nuestras respectivas aldeas, tanto Adama como yo, era consuetudinario. Como decís vosotros, que era el pan nuestro de cada día que debía llegarle a todo el mundo. Bien es verdad, como te he dicho, que antes de llegar a estas tierras que hoy piso, ya había corregido esa sensación. Porque, también, en nuestro largo y ancho peregrinar, vi que en África hay personas que no sufren la amputación de sus seres queridos en el momento que más los necesitan. Sin llegar a pensar que nuestras soledades, la de Adama y la mía, eran raras o particulares. Según nos levantábamos caminábamos hacia nuestras sombras, siluetas que por las tardes nos seguían a nosotros. Recordé con alegría que un anciano de mi aldea, cuando no era yo más que un mocoso, se reía de mí porque siempre andaba corre que te corre para pisar mi sombra. Y me decía que nunca conseguiría adelantarla ni dejarla atrás, que era como el dolor, que siempre le tenemos delante y que siempre está detrás, en la memoria. Y este recuerdo final, me torció el gesto. Así que dejé de recordar y punto. Y mira tú por donde, si cuando sale el sol le das la espalda y sigues en esa dirección a la tarde has conseguido dejar tu sombra atrás. Aquel viejo no tenia razón, cualquier cosa se puede dejar atrás, aunque luego vuelva a estar delante. Basta con seguir tu caminar y echarle paciencia. Adama, al ver las sonrisas que por estos pensamientos se me venían a la cara, me miró con extrañeza. A lo mejor se preguntaba si tenía motivos para sonreír o quizás pensara que su compañero se había vuelto loco. Terminó por esbozar forzadamente otra sonrisa que apenas terminó. Y como me gustaba pincharle me acerqué a él y le pregunté, exagerando: «¿Y tú de que ríes?». Fue la única vez, que recuerde, que me dio la sensación de que Adama hablaba por hablar. «Porque tú lo haces», me dijo, respuesta que en aquel momento juzgué vacía. Pero de banal tenía poco, porque hoy reconozco en ella su amistad, la pura alegría de ver que el otro está alegre. En esa sonrisa había cariño, había admiración. Sí, a veces, las palabras separan, otras muchas expresan más de la idea que representan. Ojala las palabras, incluidos los insultos y las mofas, fueran las únicas armas para luchar entre nosotros. Aunque hay algunos que no las entienden. Poco te cuento, como verás, de la travesía por el desierto, pero es que tan solo pasaban los días y las tormentas de arena. Hoy reconozco que el desierto no fue solo duna tras duna. Si algún día fue verde, debió ser impresionante, acaso un paraíso. A nada que se le hubiera hecho caso a aquel físico, matemático e inventor, Augustin Mouchot, que ya en el siglo XIX pensó en la energía solar, hoy el Sahara y otros desiertos generarían más energía que aquella que obtendremos nunca al quemar todo el carbón y el petróleo que arrancamos a la tierra. Y sin ningún riesgo para nuestra salud. Pero, como siempre, la economía se impuso a la lógica. Después de la Exposición Universal de París de 1889, donde monsieur Mouchot presentó su invento para explotar la energía solar, el hundimiento del precio del carbón


hizo que todos se olvidaran de sus proyectos. Todos menos un multimillonario, gracias a la invención del cristal de seguridad, que, treinta años después, montó en Maadi, Egipto, una planta solar capaz de bombear del Nilo 23.000 litros de agua por minuto para mantener irrigados varios campos de algodón. Este pionero fue Frank Shuman. Esta vez no fue la economía, o sí, sino la II Guerra Mundial el freno. Y después el bajo coste del petróleo. Las grandes industrias optaron por quemar petróleo y la liaron. Era todavía más barato que extraer carbón. Y así se fue al traste el gran invento que pudo evitar el desastre que hemos provocado por el uso de los combustibles fósiles. Y la energía solar quedó arrinconada hasta que en 1970, por necesidad, se retomó. Es decir, que perdimos medio siglo estropeando, además, nuestra atmósfera. Si algo es notorio en la humanidad es su estupidez. Aunque alguien pueda pensar que a cojón visto, macho seguro, cualquier tonto como yo podría haber pensado que se acabaría antes cualquier mineral que la luz del sol. Y ya, de paso, evitar el cambio climático, aunque en aquella época pocos, por no decir nadie, pensaba en ello. Pero lo que queda claro es que unos pocos arrastraron a la mayoría, no hacia el bien común, sino hacia el bolsillo propio. Como a nosotros nos arrastró nuestro silencioso caminar hasta Im Amguel. La ciudad no nos esperaba, aunque tampoco sentimos que fuéramos un estorbo. Fue como seguir en el desierto porque nadie reparó en nosotros. Todo el mundo iba a lo suyo, como nosotros, que primero nos avituallamos y luego jugamos en el río mientras Hamal comía. Y, de paso, nos quitamos el polvo del camino. Y, aunque no chapoteamos solos, tampoco extrañó a nadie que lo hiciéramos. Tan solo nos quitamos las túnicas, los turbantes a punto estuvieron de desaparecer en la corriente, pero nos lo pasamos en grande al perseguirlos. Adama, como no sabía nadar, me animaba a perseguirlos y cuando los alcanzaba se tiraba hacia atrás para celebrarlo. El camello, sin prisas, bebió lo suyo, que como ya sabes es mucho y nos esperó con la paciencia que le caracterizaba. Nos secamos al sol y al sol dejamos los turbantes extendidos sobre la hierba mientras comíamos a la sombra de un frondoso y recio árbol. Cuando acabamos de comer nos tumbamos a descansar. Ni él ni yo dijimos nada sobre seguir camino. No hicimos noche bajo aquel árbol, junto al río, por los mosquitos. Trasladamos nuestro culo junto a una tapia de barro con unos contrafuertes y allí dormimos resguardados del viento que se levantó cuando bajó la temperatura después de irse el sol. Al despertar, lo primero que vi fueron unos frutos que colgaban de un árbol cuyo tronco ocultaba la valla. Las ramas de  otro  árbol  también  asomaban  por encima del muro, al

otro lado de un pilar que hacía el rincón que habíamos aprovechado nosotros para pernoctar. Quien cerró durante la noche el habitáculo así creado, fue Hamal que con su corpachón nos resguardó del aire y del frío. Y el camello también nos sirvió de nuevo como escalera para hacernos con aquellos frutos. Por todo ello fue un despertar agradable. Parecido al que vives tú a diario, que te encuentras, tras dormir, con un desayuno encima de la mesa, nosotros lo encontramos encima de nuestras cabezas. De alguna manera, un frigorífico natural, nos guardaba a nosotros un almuerzo sorpresa. Fue Adama quien se subió a Hamal y arrampló con casi todos los frutos que creyó en sazón. Los apretaba, calibraba su madurez y los arrancaba o los dejaba según le pareciera. Al verle, deduje que no era la primera vez que hacía aquello, pero no le pregunté. No es que fueran un manjar, pero no estaban mal aquellos frutos, y mejor nos supieron por la cercanía y el costo. Eran jugosos y sin hablar aprobamos a mordiscos y con gestos aquella suerte. Me vino a la cabeza mi bisabuela Mayifa que siempre sería mi abuela a pesar de todo. Ella siempre quiso que fuera un guerrero, de la misma forma que tú quieres que uno de tus hijos sea médico. Los sueños están matizados, como nosotros mismos, por nuestro entorno. De hecho, mi abuela Mayifa solo podía soñar con que su biznieto fuera el brujo de la tribu o un guerrero. Y mira tú por donde, las circunstancias me llevaron a ser filólogo de una lengua que, ni ella ni yo, conocíamos. Algo que Adama nunca se planteó. Él optó por la ignorancia, que no por la incultura, y lo hizo totalmente consciente. Y eso normalmente no ocurre porque la ignorancia suele ser impuesta. Él no es infeliz a su modo. Siempre ha querido que no se repitiera su historia, sin saber que solo le podían arrancar una vez de su infancia. Lo sabe, pero no lo quiere reconocer por si acaso. La herida de Adama es tan profunda como la muerte. Y no deja de ser curioso que él sea uno de los cicatrizantes de la mía. A mí me tira más mi tierra. A Adama le da miedo. Y eso que ya han pasado lo menos cincuenta años. Nos tuvimos que lavar en el río porque el jugo de los frutos nos dejó pegajosos. En el trayecto hasta el agua el polvo se pegó en nuestras manos y en nuestras caras. Y cuando llegamos a la ribera Adama parecía un negro esmirriado con barba canosa y espesa. Imagino que a mí me pasaría lo mismo. Yo me reí lo mío. Fue uno de los momentos más hilarantes que recuerdo. No paré de reír ni al lavarme, por lo que me atraganté al tragar agua. Cuantas veces, al recordar aquella cara amiga y sucia, he roto a reír. Hoy tan solo me sonrío al evocarla, pero me alegra tanto como entonces. Bon, el caso es que, después de preguntar a un comerciante, nos dijo que la siguiente ciudad hacia el norte era la lejana In Salah, y como era mañana volvimos a dejar el sol a nuestra derecha. Consultamos nuestro mapa y este confirmó las palabras de aquel. Y ya te puedes imaginar, arena sobre arena. Pero eso ya no es una novedad en estos relatos. Bastante te he escrito ya de tormentas de arena, de caminatas y cabalgadas sobre camello. Solo te diré que, a mitad de camino, es un decir, justo en un cartel de madera que encontramos en un cruce, medio enterrado, Adama cambió de idea y de rumbo. La señal también indicaba que si seguíamos la pista hacia el oeste llegaríamos a Taourirt. Y Adama sacó el mapa y lo estudió. Tuvo que pegarlo al suelo, porque el aire no dejaba de menearlo. Y esa pudo ser la decisión por la que acabamos aquí, aunque esta opinión es una simplificación. De haber seguido hacia In Salah, podríamos haber pisado tierra Libia y de ahí el salto hubiera sido a cualquiera de las otras dos grandes penínsulas europeas y mediterráneas. Pero eso no lo sabremos jamás. Ni importa, porque yo he sido feliz entre muchos de vosotros. Las etnias, las culturas son importantes para el desarrollo del hombre, pero los individuos que te rodean, son, al fin y a la postre, quienes te enriquecen. En realidad, no conocíamos nuestro destino, pero, ¿quién carajo lo sabe? ¿Acaso tú te veías cómo y dónde estás? Y no creas que solo éramos Adama y yo quienes desconocíamos nuestro rumbo. Ni siquiera aquellos que quieren que arribemos a puertos por ellos fijados conocen y manejan las tempestades y las olas del mar. Hay tantas variables en juego que ni un ordenador cuántico podría manejarlas. Y hablo de una sola vida. Pero si el hombre llegara a dominar todos esos factores, dejaríamos de ser humanos. No juzgo el hecho, solo admito la posibilidad de que se materialice. Y no olvidemos que la variable por excelencia siempre ha sido y será nuestra finitud. Quien resuelva la ecuación en la que está involucrada Muerte será tan dios como Imana. ¿Te acuerdas del cuento que te conté de mi abuela Mayifa? Eh bien, c'est ça, mon ami. Como casi siempre, Adama tuvo razón. Su desconfianza ante los tuaregs y los viajeros del desierto se  confirmaron  cuando
fuimos abordados por cuatro ladrones que solo nos dejaron el agua y, extrañamente, a Hamal. O sea, que no se llevaron mucho. El asalto fue visto y no visto. Las alforjas, pasaron de nuestro camello al suyo y los bandidos siguieron camino. Tan solo tuvieron que esgrimir una takuba(1) para convencernos de la transacción. Como dos tontos, parados en medio de la nada, dimos oídos a las risas de los cuatro jóvenes que se alejaban. Con ellos se iban nuestras provisiones, nuestras mantas y nuestro mapa, pero no los dineros porque los llevábamos encima, ya sabes donde. Después Adama me miró con ojos culpables. Me acerqué a él y le puse una mano en el hombro. A veces las palabras no hacen falta para perdonar, aunque las usé para dar ánimos: «Tenías razón». «Sí, pero no en el rumbo», fue su respuesta. No quise contestarle porque no sabía si tenía o no razón. Creo que los dos pensamos en volver a Im Manguel pero no lo discutimos ni lo decidimos. Mi amigo seguía afectado por haber cambiado el rumbo y por tener razón con los tuaregs. Hizo otro comentario sobre lo mucho que nos había costado conseguir el mapa y ya no dijo nada más al respecto. Por eso asumí yo la responsabilidad de las decisiones durante algún tiempo. Y la primera fue seguir hacia Taourirt. No sé el motivo, pero siempre ha decido ir hacia delante. Durante el camino, insistí con mis palabras de ánimo, no nos habían quitado lo más valioso. Taché a los asaltantes de ineptos ladronzuelos que, por suerte para nosotros, tan solo querían divertirse. Y hoy lo pienso en serio porque si no, ni Hamal ni el dinero hubieran seguido con nosotros. Aquello no fue más que una gamberrada. Ante mis palabras de aliento, Adama no se manifestaba. No sabía si hacían efecto en él, pero seguí erre que erre hasta que se cansó de oírlas y me mandó a freír espárragos. Y, aun así, no me callé. Menos mal que veníamos de una vida regalada en la que ambos habíamos cogido peso y la costumbre de hacer, al menos, tres comidas al día. El menos perjudicado por el atraco fue Hamal porque lo único que le quitaron fue un estorbo de encima. Y otra vez sería él quien tiraría de nosotros dos. Volvimos a ver otro cartel en el que se anunciaba la ciudad de Taourirt en árabe porque íbamos paralelos a una pista de tierra. De tanto en tanto veíamos un camión que se presentaba antes con el ruido del motor. Al tercer o cuarto que pasó, y en mis trece, comenté a mi amigo, que no todo el mundo que rodaba por el desierto se dedicaba a robar, como aquellos camioneros. Su respuesta fue lapidaria y me obligó a no decir ya más tonterías para animarle: «Porque no pueden». Y esta opinión poco ha variado hasta hoy, te advierto. Aunque ya contempla algunas excepciones. Por aquella época no descartaba a nadie, ni a mí. Bon, y ahora tampoco. Pero hace bien porque yo ante las mismas circunstancias e información volvería a repetir lo hecho. Y en ello, incluyo mi responsabilidad en el accidente que costó la vida a un indeseable. Peor hubiera sido que la boca del arma me hubiera apuntado a mí en el momento que se disparó durante el forcejeo. ¿No crees? Eh bien, c'est ça, mon ami. En esta ocasión juego con ventaja porque ya hemos hablado de este tema y hemos llegado a una conclusión compartida: Todos tenemos un precio. Y aquellos que se estiman menos o más no son peores o mejores por ello. Me gusta resolver estos asuntos éticos. Sobre todo si he protagonizado alguno. Estaré equivocado, pero tengo mi opinión. Aunque, como bien sabes, no siempre mis conclusiones se ajustan a mis reacciones. Es certera esa frase de origen cristiano que afirma que quien evita la ocasión, evita el pecado (hoy sustituido por “peligro”). Pero también es cierto que la vida sin riesgos solo da vueltas como un tiovivo. Todo aquel que no se pone a prueba, no aprueba. No vive, pasa por aquí de puntillas. Lo peor es que nadie aprenda nada de ti, que no aportes nada a nadie. Formamos parte de un todo y sería triste que ese todo siguiera igual después de darte un garbeo por esta santa tierra que nos acoge. No generar una sola pregunta o duda a nadie se me antoja de seres inútiles. Prefiero ser enemigo a anodino. Prefiero que piensen mal de los africanos a que no piensen en absoluto en ellos. Incluso prefiero al que se valora por el mal que hace. Y ahora me viene a la mente una fábula que mi abuela Mayifa me contaba sin que de crío me enterara del trasfondo. Verás, una mañana de verano despertó una hormiga y vio que estaba sola. No podía creerlo. Ni desayunó. Se puso a buscar a sus amigas. Pero no encontró a ninguna. Tras sortear una raíz se dio de cara con un lagarto de grandes ojos que se alegraron de ver parte del desayuno de su dueño. Reaccionó la hormiga ante esa mirada ávida y desiderativa. Convenció al reptil de que almorzaran juntos, pero en paz, un par de moscas muertas que había visto durante la búsqueda de su familia. Si por algo destacaba la hormiga era por su pico de oro. Satisfizo el desayuno más al grande que a la chica, aunque ella quedó más contenta por no formar parte del menú del ya amigo. Hablaban sobre todo del deseo de ser famosos en el bosque. Él posibilitó que su nueva amistad conociera a un papamoscas monarca que no se la comió por su verborrea y su valedor. Y terminaron amigos también. El sueño hormiguesco de ser notoria y que la conociera más y más gente crecía a cada paso, como el de su primer amigo. Y el pájaro también ayudó en este sentido, pues les presentó a una zorra que criaba a tres cachorros en una zorrera que a nuestra amiga le pareció un palacio de lo apañada que la tenía la raposa y de lo grande que era. La invitada tardó poco en hacerse con la voluntad de su anfitriona por la atención interesada que ponía en sus hijos. Todas las noches les contaba un cuento antes de dormir. Una madre agradece enormemente todo detalle con su prole. Se creció la hormiga y quedaba al cuidado de los cachorros cuando su madre salía a cazar y conoció a otras madres en el parque. Y, así, una tarde ella volvió con un cotilleo del bosque: El rey lobo estaba a punto de morir, y todo el mundo andaba revolucionado por ver quien heredaría el trono. En ello vio la hormiga una posibilidad de cumplir su sueño y alcanzar la fama. Lo más lógico era que eligieran a otro lobo o loba para un nuevo reinado, pero las artes oratorias y el apoyo de todos sus conocidos pesaron tanto en el resto de animales, que salió elegida ella como reina. Y lo primero que hizo fue dar una audiencia a cada uno de sus amigos en palacio. Así les agradecía su apoyo y amistad. Pasaron todos y el último fue el lagarto. Cuando este entró en la sala del trono, cerró con llave por dentro y se acercó a su amiga. Esta se extrañó y pensó que iba a contarle algún chisme. Pero no escuchó ningún cotilleo, sino su sentencia de muerte. Y ante la pregunta del porqué el reptil, también ambicioso le reconoció que comerse una hormiga anónima no era lo mismo que comerse a la reina del bosque. Y colorín colorado, este cuento y esta carta, se han acabado. Un saludo,










(1VG) [↑][Volver] Espada tuareg.


Imagen 1. Foto bajada de www.thestar.com
Imagen 2. Foto bajada de en.wikipedia.org
Imagen 3. Foto bajada de ssl.panoramio.com ©Le mehariste
Imagen 4. Foto bajada de galeria-out-of-africa.com




domingo, 15 de enero de 2017

Los piropos


¿Qué tendrá que ver el patchwork con los piropos?

En principio, poco, pero poco poco.

Pero tienen mucho que ver con los gustos de la que suscribe.

¿A favor?

¿En contra?

Para desvelarlo os he grabado un vídeo.



Independiente del tema que nos ha ocupado hoy, me gustaría haberos arrancado una sonrisa.

Ese ha sido mi propósito, si lo he conseguido con alguien me doy por satisfecha.

A mi me ha divertido.

Y sigo coso que te coso...