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miércoles, 24 de agosto de 2016

Cómo rematar la cola de ratón u otros cordones



Ya que MC anda un poco “perra” con el blog y a mí eso no me gusta, me he animado a publicar este post que tiene que ver con vuestros trabajos. Descubrí un material que me encantó y enseguida pensé en ella y en la cola de ratón. Andaba MC con la queja de que no le gustaba cómo quedaban las puntas una vez quemadas. Y tenía razón. Alguien se tenía que haber inventado algo. Y en efecto, lo hay y su uso es muy sencillo. A la derecha los materiales y las herramientas necesarias, aunque se puede sustituir el mechero por un potente secador de pelo. Este ejemplo está realizado con encendedor. No hay que quemar ni hacer llama en el material, sino calentarlo y trabajarlo con los dedos. Cuidado no os queméis. Yo compré los “tubos de plastiquillo" en Amazon, pero tienen que venderlos en muchas tiendas on•line. No es caro y vienen de distintas medidas de diámetro y de distintos colores. Esta vez, me cuelo en su blog y espero que nadie se moleste, pero me ha parecido útil.

El material no sé si tiene nombre específico, pero yo lo he comprado con estos nombres:
—Poliolefina Tubería Termoretráctil Cable Manga 8,97, en bolsa. 
—Water & Wood 280 Pcs 1.8" Polyolefin 2:1 Heat Shrink Car Electrical Wire Cable Tubing Tube Sleeving Wrap With Box 10,53€, en caja. Aparece en la foto.

Ah, y os digo una cosa, mi chica sigue coso que te coso, claro.

martes, 23 de agosto de 2016

Quilt de camisas

No me gustan los secretos, ni los misterios, bueno los misterios me gustan servidos en formato libro o formato película.

Bueno, al grano, la semana pasada os comentaba que me tenía absorbida un proyecto, pues bien, este fin de semana "lo acabé" y deseando estoy de compartirlo con vosotros.


Se trata de los más de 300 bloques que he hecho para los quilts confeccionados con las camisas de mi padre.

La verdad es que he sido una máquina, los he hecho en unos dos meses.

Empecé con diferentes técnicas y ninguna me convencía, no hay que olvidar que estamos hablando de telas finas y desgastadas, que no admiten cualquier cosa.

Pero viendo un post de Isabel, se me encendió la bombilla, es curioso pero las dos veces que he empleado el exploding block ha sido por CVCQ (culo veo, culo quiero) de Isabel.

Me ha apetecido usar las etiquetas de las camisas, algún puño, y cualquier elemento de la camisa que me llamara la atención.

Al final voy a hacer 4 quilts: uno para mi madre, otro para mi hermano, para mi hermana y para mi.

Los tamaños de cada quilt: 7 x 10 bloques de 7 pulgadas (aprox 17,5 cm)

Mi propósito es que sirvan como mantitas de sofá.

Aunque mi intención es regalárselo a cada uno para su cumpleaños, creo que no me voy a resistir y cuando los tenga hechos se los voy a dar.

Eso si, les digo que me peloteen mucho que si no se quedan sin él.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 22 de agosto de 2016

CAP. 15 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo











De almuecín a terrorista

e de pedirte disculpas. Esto no es un juego y en la anterior jugué contigo. Lo siento. Très bien, despejado el sentimiento que tenía, te contaré de donde vengo. No quiero darle ni darte importancia, pero esto no lo sabe ni siquiera Adama. No le hace falta, bueno, a ti tampoco, porque nada cambia. Si yo fuera un famosete sí tendría cierta relevancia, pero siendo quien soy no, no la tiene… Verás. El asunto es un tanto engorroso para mí y, a punto he estado de contártelo un par de veces. Pero creo que ya va siendo hora de que conozcas los orígenes verdaderos de tu amigo africano. Aquellos hombres de la guerra que pisaban la tierra de mi abuela Mayifa sembraron de todo entre la población, incluso su simiente en muchas de las adolescentes que pillaron por medio. Una de ellas fue Delande, mi hasta ahora hermana según yo mismo. Sí, Delande fue violada. Y, aunque después mi familia cambió, en aquel momento, antes de nacer yo, todo según Mayifa, ella, mis padres y mis hermanas eran una familia normal. Yo trastoqué todo. Bueno, yo no, sino la violencia contra mi hermana, que en realidad era mi madre, porque yo soy el fruto de esa agresión tan deleznable como indeseable. Cuando mi madre, o sea Kady, supo que yo venía en camino, obligó a toda la familia a cambiar de aldea. Estuvieron dando tumbos cerca de siete meses, hasta que yo nací debajo de un árbol. Después se establecieron en el primer lugar habitado que pisaron, pero yo en el camino dejé de ser hijo de Delande, para convertirme en su hermano, porque mi madre era mi madre, bueno, perdona, mi madre era mi abuela Kady y mi abuela Mayifa era mi bisabuela. Aunque yo siga llamándole abuela, abuela Mayifa. Ese es uno de los motivos de mis dudas y líos. Todo esto, pero con más detalle, me lo contó una noche mi abuela Mayifa, poco antes de morir. La excusa que me puso coincidió con sus razones, para mi de peso: «Dikembe, tenías derecho a saberlo, y solo yo podía contártelo y no me quiero ir sin que lo sepas». Tenía razón, la mujer. Ella fue la que se tuvo que hacer cargo de mí porque ninguna de mis dos madres estaban en situación de atenderme. Y, acaso también tenía razones mi padre para beber. Por todo esto mi primera carta, si la recuerdas, es prácticamente una mentira. Pues no vengo de donde te he contado, pero cuando tenía seis o siete años yo tampoco sabía nada de esto, por lo que los sentimientos que te describo eran verdaderos, aunque las relaciones no. En efecto, Mbo Biyombo, el pobre y padre borracho, no era nada mío y por eso Delande cambió tanto y se suicidó. Por eso soy yo tan alto y tan fuerte, siendo el resto de mi familia de estatura normal, tirando a pigmea, como Sinafasi. Entiende que no podía contártelo así de sopetón en mi primera carta. Tenías que conocer un poco más de ellos y de mí para que lo entendieras. Bien es verdad que he tardado un tanto en aclarártelo, pero es que no suelo querer acordarme de ello. Como habrás notado a quien más nombro es a mi no abuela Mayifa, pero es que entre unas cosas y otras, fue quien estuvo a mi lado siempre. Vosotros diríais que fue la que me crió y educó. Y así fue, aunque reconozco que los demás también lucharon por mí, pero sus sentimientos me llegaban mezclados con otros que no reconocía mi corazón. En cambio, el amor de Mayifa era limpio y robusto. Bon, luego dirás que no te cuento secretos. Estarás satisfecho con lo que me has sacado. Si no es así, date con un canto en los dientes, porque no te voy a contar más lances de este calibre. En definitiva, que esto que me contara la abuela Mayifa clandestinamente, como las razones de la religión de sus ancestros, ordenó todo aquello que descuadraba mis sentimientos y recuerdos. Como, por ejemplo, el hecho de que Delande se refiriera a Mbo como mi abuelo, no como mi padre. O su celo para conmigo en algunos momentos. Su mirada triste e ida, de alguna manera me acercaba a su dejadez por vivir… La preocupación de Mayifa cuando aquellos hombres entraron en la mi aldea... Si no te lo he contado antes es porque creo que hubiera adulterado la historia. Hubiera sido un lío tratar de desentrañar se-
mejante asunto a la vez que relatarte mis primeros pasos. Bon, ya cada cosa en su sitio volvamos a aquel oasis donde pasé mis primeras vacaciones. ¿Te parece? Y no es coincidencia que haya elegido este momento del relato para revelarte este hecho transcendental para mí, porque allí, sumergido en el agua, con solo la nariz fuera del agua, al aire, se me desanudaron todas las inquietudes. Desterré el odio que llegué a sentir por mi no padre por tratar a mi no madre como lo hacía. Podía intuir el motivo, pero ya no me dolía tanto. La relativa frialdad con la que me sentí tratado por ella se reveló más lógica. Y las preocupaciones de Delande, qué quieres que te diga, me acercaron a ella. La figura de la abuela Mayifa fue la única que quedó inalterada porque ella era inalterable. Acaso fuera esa la razón por la que se convirtió en una obsesión, buena, pero que siempre tuve en mente. Necesitaba que en mi pasado hubiera algo sólido e incorruptible, porque ni siquiera mis hermanas eran mis hermanas. Te lo cuento así porque no creo que haya una palabra que exprese esta idea, la de obsesión positiva. ¿Quizá un modelo a seguir? El caso es que sabiéndome tío de mis hermanas, había actuado como tal cuando nos quedamos solos. Salí del agua limpio y con todos los sentimientos en su sitio. Ahora me sería más fácil despreciar a Mbo, aunque seguiría con mi apellido Biyombo. ¡Qué más me daba! También comprendí más a Kady y amé más a Delande. Con la abuela Mayifa siguió todo igual. Y por primera vez compartí en voz alta mi estado de ánimo. Y lo hice con el camello: «¿Sabes, Hamal?, hoy ya es un buen día». Evidentemente no me contestó y siguió con su rumia que te rumia. Ya me dirás si no es una obsesión. Soy incapaz de dejar de escribir del tema, ¿no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Una vez abierta la caja de Pandora… Quería omitirte mi opinión sobre mí mismo, pero tras releer el párrafo anterior estoy seguro de que lo hubieras echado en falta. Y, además, no me hubiera sentido a gusto conmigo mismo. Si no me hubiera dado cuenta, pase, pero al ser consciente de la omisión debía repararla. Porque, en el fondo no expreso nada vulgar ni corriente, en el sentido que a toda persona le ocurre. Noté, como te he dicho, que cada pieza encajaba en su lugar. También noté que otras se deformaban a su antojo sin que pudiera controlarlas con el mismo fin: ensamblarse. Hoy sé que estas no eran otra cosa que hormonas, sobre todo aquellas que más afectan en la adolescencia: la testosterona y el crecimiento desmedido de extremidades en los hombres. Y yo, al fin y al cabo, lo era. De alguna manera reconocí quien había sido y desconocí el que sería. Expresado más claramente, el final de una etapa y el comienzo de la siguiente. Pero, claro, eso lo veo ahora. En aquel entonces, una vez aclarado el ayer y con el presente tan incierto como el futuro no veía aquello que debía preocuparme. Solo tenía una opción: seguir. Conseguir que el presente fuera pasado, costase lo que costase. Ante esta necesidad tan involuntaria como elemental, entenderás que aquel Dikembe dejara a un lado las tonterías, las leyes y la propia moral y se atreviera a pensar que la dignidad, aun siendo consciente de que nunca la había perdido por completo como Mbo y Kady, me sirviera para sobrevivir. Bon, que me sequé a la sombra de las palmeras. El sol, ya inaguantable, había alcanzado una altura considerable y sus rayos caían verticalmente sobre el desierto. Una vez seco, y sin decidirlo, ensillé a Hamal y me di cuenta que ni siquiera había rellenado el odre. Así que me puse a ello y después a recolectar dátiles y a buscar raíces que pudiera roer cuando los primeros se acabaran. Cuando estaba en lo alto de las palmeras me entró hambre y, aparte de recolectar, comí despacio. Si comes despacio comes menos. No sabía el motivo, pero lo había aprendido. Igual que beber. El turbante que me regalara Abd al-Rahman el día que me dijo: «Todo musulmán y hombre que se precie, debe vestir turbante, si vive en el desierto como si no». Nunca se lo agradeceré bastante. Y nunca me culparé bastante por haberle engañado como le engañé. Debería haber trasquilado pero no desollado. Y, encima, para nada, para que otro viniera que me robara el botín de mis mentiras y mi trabajo. Que también me lo gané, y más que Abdel Hadi alias Nadjim Asad. Cuando dejé de ahoyar bajo los matorrales, el sol ya caía y se había hecho otro agujero, este en mi estómago. Lo tapé sobre Hamal porque, al no sentir cansancio y ver a mi compañero también más que descansado, se me ocurrió seguir viaje con el fresco de la noche. Antes me había echado sobre los hombros la manta. No era mi primera etapa nocturna, pero sí en solitario. Los viajes sin compañía suelen reforzar los lazos con uno mismo. Se discute menos y se piensa más. Si una travesía compartida se tuerce puede que una amistad se desbarate. Si no ocurre tal cosa la amistad sale reforzada. Y yo, después del baño durante el que cada quien ocupó su lugar en mi historia y en mi corazón, me sentía más Dikembe que nunca y más nieto de mi abuela Mayifa. Soy tan rígido conmigo como tolerante con los demás. Por ello me exigía en exceso. Mirar el cielo y no acordarme de todas las enseñanzas de Moussa y sus consejos, me puso de mal humor. Y como no tenía a quien traspasar mi desazón, terminé por olvidar mi enfado. Por eso y porque al ver las estrellas de la constelación del carro recordé parcialmente una de las instrucciones del tuareg y me puse de buen humor. Es cierto que por la noche se viaja mejor por el desierto. Y también cunde más. Hamal parecía moverse con más facilidad. El caso fue que pasó la noche rápidamente, más limpia allí que aquí, y me pilló de buen talante, pero como siempre, en medio de ningún sitio. También es cierto que por esa rigidez personal nunca me he sentido formar parte de los escenarios en los que actuaba. En cambio, cuando sueño despierto, sé perfectamente donde estoy y sé que formo parte de mi sueño. Pero no me extraña, mi entorno, con la salvedad que conoces, y hasta encontrarte a ti, casi siempre me fue hostil. Por ello no pido nada a quien acompaño. Aquella fue la única travesía de la que no esperaba nada. No estaba ni preocupado porque mis provisiones dieran de sí lo suficiente. Espera…. Era el café que ya está listo. Odio que se salga y me manche la cocina. Pardonnez moi, monsieur. Te decía que viajaba despreocupado. Aquel baño en la charca del oasis me había cambiado. Bon, el baño no, pero ya sabes a qué me refiero. Yo lo describiría así: “Es como si el mundo se hubiera parado. Como si me hubiera permitido bajar un instante y ver, desde el espacio infinito, la realidad de mis sentimientos”, aunque no sé si soy muy original. A veces pienso que jamais he vuelto a ver el mundo desde ahí arriba, jaja. Es una broma. Y, mira, creo que a ti no te vendría mal, bajarte un momento y echar un vistazo desde allí. Respirar en ese espacio sin oxígeno, en el que no te ahogabas. ¿Pero quién soy yo para dar consejos? Volvamos. Tan despreocupado viajaba que al distinguir una fina columna de humo, ni siquiera me alegré. Pero no creas que la obvié. Corregí el rumbo y me dirigí hacia aquella señal de vida humana, porque incendios en el desierto poquitos, como imaginarás. Cuanto más me acercaba, más me olía a chamusquina. No era normal. No veía ninguna tienda ni caravana. Todo eran manchas de animales por la forma y sus movimientos. Cuando supe adonde me acercaba ya era tarde. A mi espalda escuché un saludo militar y religioso a la vez. Y después me dieron el alto y me pidieron que me identificara. «¿Y qué busca por aquí Dikembe Biyombo». Y al oler el peligro tras la pregunta, volvió a aparecer ese crío despierto que decía mi abuela Mayifa y que siempre llevaré dentro de mí. «Ando en busca de un grupo de hombres que defiende a nuestro Alá el Grande. Soy un aprendiz de almuecín que ha tenido que huir de su mezquita». Después obedecí la orden de volverme. Vi a uno de esos rebeldes que ya creía conocer que con la boca del fusil mirando al cielo, hizo un disparo. Pronto acudieron otros dos más. Y gracias a las clases de árabe de Abd al-Rahman entendí lo que hablaban y, lo que era más importante, su decisión. Porque pensaba que el siguiente disparo no iba a ser al aire, tal y como se presentaba la discusión de qué hacer conmigo. En definitiva, que me llevaban al campamento. Me hicieron descabalgar y uno se hizo con la rienda de Hamal sin que yo le perdiera de vista. Nos encaminamos entre las dunas hasta llegar donde esperaban sus compañeros ya avisados por el ruido de la detonación. La única construcción era el brocal de un pozo. Y ahora me vienen a la cabeza las palabras de Antoine de Saint-Exupéry: “Lo bueno del desierto es que en algún lugar esconde un pozo”. Era de allí de donde salía el hilo de humo.  Cosa  que no entendí, salvo por el vigía. Supuse que  ante la persona que me arrastraron era el
cabecilla de aquel grupo armado. Después de los saludos de rigor, a pesar de lo ilógico que resultaban entre cautivo y captor, insistió en saber quien era, qué hacía por allí y si les seguía. Contesté muy escuetamente con mi nombre, error craso, y le referí mi huida de una aldea donde no querían saber nada de la Sharia, de la que yo era defensor a ultranza. La mezquita ni la nombré, ¿para qué? Quien le informó que yo era muecín, omitiendo el “aprendiz”, fue aquel que me diera el alto. Me pareció que algo cambiaba en el gesto adusto de aquel barbudo. Y, a partir de ese momento, comenzó un examen sobre mis conocimientos del Corán. Entre medias de las aleyas que me hacía completar me hacía preguntas personales. Allons, que sabía lo que había que hacer en un interrogatorio. En lo que más ahondó fue en mi juventud. Le extrañaba que aquel imberbe negro supiera tanto y se le presentaran como almuecín. Al final aclaré lo que el bocazas había omitido, que tan solo era un aprendiz, que me estaba preparando un imán y que nunca había ejercido salvo cuando mi maestro no había podido por enfermedad. Añadí que a al-Ramhan le habían asesinado. Y no mentí en esta ocasión. «Malditos bastardos», contestó él. Su enfado, mis comentarios junto con mis aciertos en los versículos del Corán y la dedicatoria escrita en mi libro santo, que le habían entregado, terminaron por minar la desconfianza de aquel gerifalte terrorista, en cuyas manos estaba mi vida. Nunca le agradecí más a mi maestro las palabras que escribió en un papel y que introdujo en mi regalo: “Para mi negro, Dikembe. Alá le guiará hasta ser un buen almuecín y entrar en la Yanna. Abd al-Rahman”. Era imposible que aquel líder me viera como un consumado imán. Mi edad me delataba. Pero reconocer que era un simple aprendiz delante de aquella soldadesca, me hubiera desacreditado. El incierto orgullo esgrimido jugó a mi favor. Todo ello sumado a que tan solo llevaba el turbante y el Corán, algún dátil y alguna raíz fue mi salvoconducto. Me perdonaron la vida, como habrás entendido, si no, no estaría aquí. Después despertó su interés Hamal. Y me preguntó sobre él al hacer una afirmación: «El camello es tuareg por la argolla de la nariz y la silla». Por ello intenté defender mi propiedad sin desmentirme. «El camello lo robé, no sé», les confesé. Lo que también era cierto. Y les expliqué que Alá el Grande no me había dejado otro camino que arrebatárselo a los infieles, por lo que creía no me sería tenido en cuenta, sino al revés. De no ser por él, no hubiera podido salir de aquella aldea donde me llevaron, de la que ni siquiera sabía el nombre. Solo que, como todas, estaba en mitad de la nada. Nada que, aun siendo así, era nuestra. Reconocí cierto beneplácito en mi improvisada homilía. Mi discurso no solo demostraba mi fe en Alá, sino también mis aptitudes como pastor de fieles. Desperté el mismo sentimiento que despierta un hombre honrado ante otro que no comparte su calaña. Más seguro de mí mismo, y al ver la altura del sol, les advertí que, aunque no tenía minarete, debía llamar a la oración. Esa era mi obligación tal como me había enseñado mi buen maestro asesinado. Así que, sin pedir permiso, cogí a Hamal por la cuerda, y me acerqué hasta lo alto de una duna. Allí, me subí de pie a la silla, y, como pude y en equilibrio, imité las llamadas de Abd al-Rahman. Después me bajé y yo mismo fingí orar. Aunque, en realidad, lo que hacía era dar las gracias al animal por su complicidad y destreza para mantenerme erguido sobre él. Fue una de las primeras veces que aprecié las actitudes de mi amigo. Los terroristas no tuvieron más remedio que hacer oído a mis llamadas. Todos nos volvimos hacia la dirección de la Meca, se levantaron los que estaban sentados, salieron algunos de dentro de las tiendas, y hasta los que hacían guardia se postraron y agacharon como mandan los cánones musulmanes para el Salat(1). Acabé mi interpretación con su rezo y volví adonde había partido y entregué la jáquima del camello al mismo que, previamente, se la arrebatara con cierto orgullo. Y, a continuación el caudillo de aquella gente acabó por aceptarme: «Sé bienvenido, amigo. Que Alá camine contigo y con todos nosotros hasta la victoria». Palabras que yo agradecí con una especie de reverencia y rebosante de humildad y recogimiento abrazado a mi Corán. De esa manera me vi integrado en una célula terrorista, embrión de las que hoy azotan países de cualquier creencia y condición con el propósito de imponernos unas leyes cuya no aceptación solo tiene la alternativa de tu muerte y, a veces, de los que engañan con una caña, como a los tontos de Carabaña. Ya no hay lugar a la que esta plaga no haya llegado. Ha tardado en llegar hasta aquí, pero el fanatismo es casi peor, diría yo, que la peste bubónica o la fiebre española. Muchas mentiras y mucho disimulo, pero todavía dudaba: “¿Había salvado el pellejo o no?", me preguntaba. En el fondo todos nos vendemos al mejor postor. Yo lo hice por salvar la vida, al menos es lo que mi conciencia me dicta. Vosotros por un sueldo que, en definitiva, es lo mismo, porque sin él no estaríais vivos tal como entendéis la vida. Vuestro sistema se parece mucho al que te he contado que se daba en las minas de mi tierra. ¿Te acuerdas? Te decía que, al minero, el dinero que recibe no le sirve de mucho, porque quienes le pagan son los que marcan los precios en las tiendas donde pueden comprar alimentos. Y me da la impresión de que el sistema capitalista funciona más o menos igual. Yo, lo del mercado libre que se regula él solo por la oferta y la demanda no lo veo muy claro. No me veo con el potencial de crear demanda u oferta, pero hay otros que sí pueden, tienen los medios y la ocasión, como dicen. Y, como te digo, no he sentido remordimiento alguno por formar parte del mal. Y mi honor, como lo perdí de muy chico y sin saber donde, tampoco me ha dado ni me da la brasa. Antes porque no era consciente del problema y ahora porque no tiene remedio. ¿Qué le voy a hacer, no? Eh bien, c'est ça, mon ami, que ni pensé ni participé en matanza alguna, solo mentí para poder llegar hasta aquí. Y que no te suene a disculpa, porque no lo es. Volvería a hacer lo mismo una y mil veces. De lo que sí soy consciente ahora, mientras te escribo, es de la capacidad que tenía y tengo para ser feliz. En eso sí me siento muy diferente a vosotros y a ti en particular. Tú, como todos tus paisanos, mamasteis de chicos la querencia de la felicidad. Yo, en cambio he llegado a sentirla en mi vejez. Y otros tantos como yo no la llegan a sentir nunca porque jamais se la pueden llegar a plantear. Me río yo de la DECLARACIÓN DE LOS DERECHOS HUMANOS, en mayúsculas o en minúsculas. Y pido perdón por ser un contestatario incrédulo, pero es lo que veo. Es mi manera de pensar, y a estas alturas de mi vida, no voy a cambiar. Bon, ni yo ni nada. ¿Pesimista? Sí, ¿por qué no? Es una opción. Aun así, me siento feliz por desarrollar esa tardía facultad de ser dichoso a sabiendas de lo vivido hasta que nos conocimos.





Siempre a cuestas con la dualidad del ser humano en cuanto a optimismo y pesimismo. Me llama la atención que Dikembe se lo plantee tan joven. Pero claro, me hago trampa, porque quien se lo propone no es el joven que nos describe, sino el anciano que escribe. Los optimistas llaman pesimismo a aquello que los pesimistas nombran como realismo. Y los pesimistas adjetivan de banal todo aquello que los optimistas tachan de positivo. Y ni el refrán que dicta aquello de la virtud está en el término medio nos sirve. Yo, que también soy ‘realista’, pienso que el realismo y la banalidad sirven según las circunstancias. No es lo mismo morirse con una sonrisa que con una queja, pero, en el fondo, lo importante en este caso es la muerte de una persona, el vacío que deja entre los vivos. Y habrá quien piense el muerto al hoyo y el vivo al bollo y quien saque toda su ropa negra y se recoja en casa. Entre estas dos posturas están las que no llaman la atención. Son aquellas que cada uno decide y no rayan con ninguno de estos extremos. Y que son normales precisamente por eso, porque las tomamos individualmente y a diario. Esas características son las que califican estas alternativas como vulgares y corrientes. Las dualidades no hay motivo para enfrentarlas. Está claro que son incompatibles, pero el ser humano participa de cada una en sus dos extremos, pero puede modularlas, eso también está claro. Seamos como queremos ser. Luchemos por ello. No se gana siempre, pero alguna vez sonará la flauta.






Como era más de medio día y los terroristas tenían que comer, pues me invitaron. Y recuerdo la comida como opípara porque hacía mucho que no comía cordero asado. Y me sentó genial como puedes imaginar. La inquietud no se me fue del todo pero fue más llevadera y me fue más sencillo disimular. Con el estómago lleno y caliente me quedé dormido allí mismo, donde me había sentado con otros. También me ayudó la noche que había pasado a lomos de Hamal después de mis primeras vacaciones. Pagada la factura del sopor y mi arrogancia viajera, me desperté también donde me había dormido pero solo, el corro alrededor de la tetera se había esfumado. Y me costó lo mío reconstruir la realidad. En un principio no me ubicaba. No me explicaba el ir y venir de la gente que me rodeaba. Otras salían o entraban de tiendas tipo tuareg pero menos pomposas, más humildes y prácticas. Se notaba que allí no había mujeres. Y no es un comentario sexista. Pero, por lo general, la mano de una mujer se nota, igual que la de los hombres. Y no preguntes porqué. Busqué con la vista a Hamal, ya de pie y girando sobre mi mismo. Supongo que al verme muy dubitativo, uno de aquellos soldados de Alá se acercó y me tranquilizó: «Tu camello está con nuestros animales. Y no te preocupes, que está bien atendido. Que Alá sea contigo». También me comunicó que Abu Dharr quería hablar conmigo. Supuse que quien quería verme era el mismo que me había interrogado al llegar. Pero antes me acerqué donde estaban los animales y encontré a Hamal. Por cierto, le encontré más feliz que de costumbre y pensé que era por tener compañía o por alguna camella. Después de echarme un trago de mi odre, volví al centro de las tiendas en busca de quien me buscaba a mí. Atisbé por allí, desde el centro del campamento y distinguí una tienda más grande que las demás en la que ni entraba ni salía nadie. Delante de ella había dos hombres que franqueaban el paso a su interior, ambos armados y en actitud marcial y algo exagerada diría yo. Pero mi opinión en temas militares no debe ser tenida en cuenta. Todas las tiendas, de un color terroso, pero no uniforme, estaban cubiertas por unas especies de redes de pescadores más livianas y rotas en muchos casos y con parches de color beige. Los cortavientos también eran del mismo color porque estaban hechos de cañas secas. De entre todas destacaban aquellas dos vigiladas, una cercana y otra que parecían haber desterrado. Al acercarme a la primera reconocí a quien me ‘capturara’ esa misma mañana. Parecía tener el día muy ocupado. A él me dirigí y le transmití los deseos de la persona que custodiaba para conmigo. Muy formalmente me instó a esperar y desapareció dentro de la tienda. Tardó poco en salir y ordenarme entrar. Y hablo de mandato porque sus palabras distaban mucho de ser una cordial invitación. Entré y me quedé un momento parado a la espera de que mis ojos olvidaran el sol e hicieran caso a la penumbra que reinaba allí dentro. Una vez recuperado en parte el sentido de la vista, distinguí una silueta que debía pertenecer al tal Abu Dharr, tumbado en un rincón sobre una estera agarrado, eso sí, a su arma. Me conminó a ocupar el lugar de sus pies en la estera mientras se incorporaba. Uno frente a otro, sentados, me puso al corriente de lo que se esperaba de mí en aquella sociedad, a pesar de mi corta edad y mi inexperiencia militar en la guerra santa. Por aquel entonces nadie les llamaba yihadistas, como ahora. Me ocuparía del bienestar material del ganado y del espiritual de la soldadesca. En definitiva, que me dedicaría en cuerpo y alma a todos los ‘animales’. Amén de la correcta aplicación de la Sharia. Ya había sido el señor del agua y el señor de la mierda, y ahora me tocaba ser el señor de los animales. Al menos mejoraba. Te habrás imaginado que todo eso lo pensé yo porque él se refirió a la tropa como «mis hombres fieles a Alá». Supongo que al ver mi cara de satisfacción por no ser entendido como un estorbo para los planes de su dios y haber sorteado otra vez a Muerte, malinterpretó mi lenguaje corporal y añadió: «Veo que te satisface la labor que te encomiendo y eso me satisface a mí». Le seguí la corriente. Le informé que ya con anterioridad me había encargado de bestias, pero lo que no entendió de mis palabras fue la ironía con la que estaban dichas. Y sobre todo la última. «Y ahora vete. Pregunta por Khabir. Él te contará todo lo que necesitas saber para andar por aquí y para el trabajo con los animales. La otra labor, mejor que tú, no hay quien lo pueda saber». Me levanté presta y obedientemente, repetí dos veces un saludo de despedida y, antes de abandonar el puesto de mando, escuché a mi espalda una última orden: «No se te olvide insistir en la llamada a la guerra santa a mis hombres en nombre de Ala el Grande. Cuantos más infieles se lleven por delante con su vida antes entrarán en la Yanna». Me quedé de piedra en el umbral de la tienda, pero reaccioné porque le eché la culpa al coup de lumière que recibieron mis ojos al asomarme al exterior. Tan parado e impresionado quedé que uno de los guardias hubo de darme un pequeño empujón en el hombro que acompañó de otra advertencia: «Muévete. Ahí no te puedes quedar». Disimulé y me tapé mal los ojos con las manos y comencé a andar lo más deprisa que pude mirando entre mis dedos. Sentía la ardiente arena en mis pies y en mi cabeza el retumbar de las palabras del más bestia de todos. Luego de atisbar a mi rededor, me dirigí hacia los pobres animales en busca del tal Khabir, con la carga en la conciencia de ser el imán de unos asesinos. El precio por mantenerme vivo no desmerecía del provecho conseguido, desde luego. Pregunté a uno con quien me crucé cerca de la hilera de camellos, caballos y burros. Me señaló a un hombre que se agachaba tras un animal. Cuando llegué a su altura ni siquiera me dejó preguntar y me ordenó que le ayudara: «Tres manos trabajan mejor que dos. Venga muchacho». Entonces me di cuenta de que la camella estaba pariendo. A pesar de haber andado con animales, era la primera vez que se me presentaba tal situación, por lo que no sabía muy bien qué hacer. Pero Khabir enseguida me lo dejó claro. Se trataba de que la madre no aplastara al hijo una vez salido de su vientre. El resto debía hacerlo la naturaleza, según sus palabras. Este hombre incompleto lo tenía claro. Una vez hubiera salido un poco más la cría, yo debía tirar de ella con todas mis fuerzas y, tras caer sobre una piel, arrastrarla lo más lejos posible del culo de la madre. Él, mientras tanto, se ocuparía de la camella para que no se tumbara. Y así lo hicimos. Y lo hicimos bien. La madre, cuando acabó el parto se echó sobre su tripa y el camellero me grito que le soplara en la boca al recién nacido. No he visto una madre más despegada. No hizo ni caso al que yacía en el suelo. Después de despertar las mamas de la camella me ordenó que limpiara al pequeño y él se sentó en el suelo. Tras quitarle restos de placenta al pequeño, me senté junto a él. «Soy Dikembe. Y me han encargado que cuide de los animales». «Pues ya tienes trabajo», me contestó. Nos quedamos mirando los inútiles esfuerzos de la cría por ponerse a cuatro patas. Cuando lo consiguió y no sin esfuerzos, el yihadista me dio un codazo y se levantó. «Vamos, ahora este tiene que mamar, pero antes lo haremos nosotros que nos lo hemos ganado. Y siendo dos, lo podemos hacer. Hazte con un cuenco». Yo me quedé sin saber qué hacer otra vez. “¿Y dónde encuentro yo un cuenco?”, pensé. Como respuesta a mi pregunta recibí un empellón y me recomendó robarlo si era preciso. Corrí hacia las tiendas y entré en la primera que pude. Estaba ocupada por cuatro de aquellos soldados, cada uno con su arma. Me miraron con recelo y se me ocurrió preguntar: «¿Alguien quiere leche de camella recién parida?». Más de uno contestó que sí. «Pues, venga esos cuencos, que hay para todos». Volví con tres junto al manco. «Chico, tú y yo nos vamos a entender si antes no te matan». No supe si reír o echar a correr. Debería pensar en poner la despedida y la firma. Esta carta me ha traído recuerdos de mucho peso, aunque podría seguir, como seguiré, con el hilo de mi historia sin cansarme en este caso. Solo acabaré el asunto de los cuencos.  Más que nada porque me espera el libro de turno, del que, por cierto, me quedan dos capítulos. Así que Khabir y yo nos pusimos a ordeñar a la camella, primero los calostros que él guardó para la cría. Ya sabes que se necesitan dos personas para hacerlo. Engañamos a la madre al acercar a sus mamas al pequeño y yo me puse a llenar dos cuencos. Nos los bebimos de un tirón. Ambos nos limpiamos los morros con el dorso de la mano y el brazo. Expresamos nuestra satisfacción con sendos bufidos de placer. Y pensé en mi abuela Mayifa: “Esos ojos despiertos”. Después llené el tercero y el pastor me miró con extrañeza y a punto estuvo de llamarme avaricioso. Me adelanté y le expliqué: «Es mi seguro de vida». No se si me entendió, pero volvió a agarrar con su único brazo al recién nacido y le acercó a la teta de su madre sin decir nada. El guelfo(2) se enganchó como cualquier mamífero al pezón, si bien todavía le temblaban mucho las patas. Mientras metí un cuenco en otro y con sumo cuidado me fui hacia sus propietarios. No quería verter ni una gota de aquel preciado líquido. En el trayecto me limpié bien la boca, no quería que supieran que yo había bebido. Entré, repartí los dos primeros cuencos a sus dueños y luego, tranquilamente, distribuí la leche tan justamente como pude en tres raciones. No esperaron a nadie. Cada uno bebió cuando tuvo la ración en su cuenco. «No da para más, la cría tiene que mamar y los cuencos son muy grandes». Los tres prestamistas acabaron con bigotes blancos y agradecidos a un extraño. Ninguno tenía cara de entender el motivo de tan altruista donación y del servicio tan esmerado. Pero sí me preguntaron, en tono amigable, quien narices era yo. Les conté lo mismo que a su jefe, pero un poco más resumido. Salí de la tienda con tres amigos más en el haber. Tres camaradas que, en otras circunstancias, hubieran sido mis verdugos. En la siguiente te contaré las consecuencias que deduje de aquello. El libro está impaciente por que lo acabe. Saludos,     












(1) [↑][Volver]  Salat. Verbo árabe que equivale a orar o bendecir. Se refiere también a las oraciones de los musulmanes y, en particular y comúnmente, a cada una de las cinco veces que rezan al día.
(2) [↑][Volver] Según el Diccionario de la Academia de la Lengua Canaria, guelfo es la cría del camello mientras mama. En honor a las lectoras de aquella tierra.

Imagen 1: Bajada de viajar.tarrazona.net y allí  publicada por Daniel García i Tarrazona
Imagen 2:  Bajada de lachachipedia.blogpost.com.es

viernes, 19 de agosto de 2016

Cesta con bolsillo

La verdad es que no estoy en momento cesta, ustedes me van a perdonar pero tampoco estoy en momento escritura.

No soy de excusas, no me gustan nada, insisto en que el tiempo lo administra cada uno, y ahora estoy enganchada a un proyecto que me absorbe y al que me dedico en cuerpo y alma. Tranquilos, pronto lo comparto.

Bien, que me pierdo, mi hija me pidió una cesta en tono pistacho y yo, como no, rauda y veloz se la hice.

Tan veloz que se la di sin rematar el forro, y cuando fue a estrenarla, toda apenada me mandó una foto por washap con la cesta "rota".

Tranquila, el próximo día que vengas a casa en un pis pas te la remato.

Cuando no se está en lo que se debería, pasan estas cosas.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 15 de agosto de 2016

CAP. 14 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo











De cómo estuve a punto de servir a dios

e decía en la anterior que alguien que no ha pisado una casa de ladrillo no se imagina que hay que mantenerla. Y, aun teniéndola, alguno de vosotros no lo sabéis al comprarla. Cualquier propiedad, requiere cuidados y mantenimientos si quieres conservarla en buen estado. Y cuanto más grande y representativa, más obligaciones. Incluso legales. Y a mí, con el tiempo, me tocó ser bracero, aguador, recadero, lavandero, barrendero. En fin, todo menos criador de cerdos y viticultor. Una de estas actividades que jamás olvidaré fue la de pintor. A mi jefe espiritual se le ocurrió remozar y encalar el almiar. Y como yo era el que estaba más cerca, pues me tocó porque llevaba todos los números. Al yo preguntar, me explicó en qué consistía la labor: reparar grietas y desconchones y luego enjalbegar. Pero, claro, me dijo en qué consistía, pero no cómo iba a desarrollarse la chapuza. No me enteré muy bien, pues en aquel entonces el verbo enjalbegar no lo conjugaba muy bien. De todas maneras, yo creí que se refería al interior y no entendí porqué me hizo coger unas sogas antes de empezar la ascensión. Yo estaba un tanto ilusionado porque nunca me había dejado subir las escaleras tan empinadas que él subía cinco veces al día para recordar a los fieles que debían cumplir con las ordenanzas de Mahoma en cuanto al rezo. Íbamos a media ascensión, y ya me había arrepentido de
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tener la mínima inquietud por subir. Él, con las manos libres, se conocía las alturas, las grietas y las faltas de cada peldaño. Pero yo, cargado como iba, no. Así que tropecé varias veces y, al menos una, llegó la sangre a correr por mi espinilla. Fue ya arriba que supe de mi error. Y si me sobresalté por ello, peor fue cuando miré por encima del murete hacia el suelo. El miedo se convirtió en terror cuando entendí para qué eran las sogas. Según el imán era muy fácil descolgarse atado con un cubo lleno de cal y agua en una mano y en la otra una de las escobas. Difícil no parecía, pero peligroso sí. Bajé a por los demás utensilios y, a punto estuve de no subir por4 el temblor de piernas y de ánimos. Vamos que tuvo que llamarme varias veces porque me senté en el primer peldaño. Mis piernas, o mejor dicho, mi mente no quería comenzar la nueva ascensión. La demora y la cara con la que llegué arriba obligó a mi tutor a recordarme aquello que tanto me decía y me deseaba: «Alá te protegerá». Entenderás que me pusiera todavía más nervioso, porque si era Alá quien me tenía que proteger lo llevaba clarinete, como dicen tus hijos. Podemos engañar a cualquier humano, pero a cualquier dios no. Esos lo saben todo, como en aquel momento recordaba por las enseñanzas del padre Pierre y Mayifa. Si cualquiera de los tres dioses sabía lo que su siervo Dikembe hacía para comer, más que protegerme, lo que haría sería castigarme por mis ardides y sacrilegios. Estos pensamientos me hicieron dudar más de lo recomendado ante un axioma musulmán. Y en ese ínterin, se pudo leer en mi rostro el terror que sentía ante el trabajo que me proponía con tanta naturalidad para él como inseguridad para mí. La verdad, aquel momento lo recordaré como el primero en echar en falta una fe, que, por otro lado, nunca he depositado en ningún dios. El caso es que no quedada otra alternativa que la mentira tras la pregunta: «¿Acaso dudas de Alá, Dikembe?». Me jugaba el cocido. Había que apechugar, ¿no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Y le mentí. Le contesté que no, pero me encontraba un poco mareado después de subir dos veces seguidas las altas escaleras de caracol, que no estaba acostumbrado. Pero que con el aire que corría por allí arriba ya se me pasaría pronto. Y añadí, para tranquilidad de ambos, que confiaba plenamente en Alá el Grande. Y ahí me tienes, anudando una soga a mi cintura y con las piernas más flojas que mi fe en cualquier dios. Entonces Abd al-Rahman me dio otro respiro: «Espera, muchacho, antes debes hacer la mezcla de cal, arena y pintura para encalar. Si no, para qué los has subido». Para alargar la tregua, me enredé con la soga y le contesté que estaba tonto y admirado por la belleza de la creación de Alá. Y ya con eso se le fue cualquier residuo de titubeo que pudiera tener mi maestro sobre mi actitud religiosa. Tuvo que darme un último empujón después de remover y remover yo la mezcla con el palo de uno de los escobajos. Riendo me dijo que había que mezclarlo pero no marearlo. Me disculpé:
«Es que nunca lo he hecho». No sabía como alargar mi estancia sobre suelo firme. Pero ya era inmediato e ineludible encaramarse al murete. Y, después de revisarme yo los nudos de mi cintura y atar él la soga a un gancho, me subí mientras él sujetaba la cuerda y yo prometía a Alá que si salía de esa iría a La Meca, a Yhavé hacerme monje y a Imana sacrificar un cordero en su honor. Y, aunque no me creas, sentí un poco menos de terror al notarme suspendido y dependiente del almuédano que hacía verdaderos esfuerzos por sujetarme. Tenía claro que uno de mis tres promesas era la correcta. Yo antes no conocía más que esas tres religiones. Sin embargo no creía plenamente en ninguna. Cosas de niños, porque, realmente, el único que me protegía era quien me gritaba desde arriba del almiar: «¡Más rapidito, Dikimbe. Que nos va a pillar la próxima llamada a la oración!». Qué más quisiera yo, pensé. Y él siguió con sus intentos de tranquilizarme: «No te preocupes. Venga, rápido. Mira, ahí te has dejado un trozo sin pintar». Y al señalarlo estornudó y se le escurrió un poco la cuerda. Como decís por aquí se me pusieron de corbata y se me cayó el escobón con la que manchaba la pared. «Maestro, no mire al sol», le recomendé. Porque en la aldea donde crecí jugaba con mis amigos a los estornudos y los provocábamos al mirar al sol. Al quedarme sin herramienta tuvo que subirme a pulso y darme otra. Y, claro, al verme la cara, volvió intentar quitarme los miedos. «Tranquilo, hombre, que la soga es más corta que el minarete». Pero a mí me daban igual las medidas. Y más al mirar hacia abajo. «Te iré dando cuerda después de dar una vuelta completa, así podrás pintar en anillos. Luego volveré a deshacer la vuelta y así hasta que llegues abajo. Y cuanto más alto sea el trozo que pintes antes acabaremos». Y la pregunta se me vino a la boca y le grité: «Y si al maestro le pasa algo, ¿qué hace el discípulo?». Su respuesta fue clara y contundente: «Orar el tiempo que pueda, pero recuerda que no podrías entrar en la Yanna (1) si no fuera por mí». Tenía toda la razón del mundo, si no fuera por él, no estaría colgado ni fingiría ser musulmán. Y asumí la situación. Qué remedio. Con mi gran envergadura no tardé en dar mi primera vuelta. Después de la segunda escuché la voz de la experiencia: «Cuando se te acabe el cubo, en vez de subirte te bajaré. Luego subes por la escalera, haces otro cubo de revoque y, sin tocar lo pintado sigues». Tal cual ocurrió. Ataqué las restantes vueltas hasta que mis pies rozaron el tejado plano de la mezquita por segunda vez y acabé de una pieza mi trabajo al aire libre. No fueron los momentos que más miedo he pasado en mi vida, pero casi. Eso sí, me sirvieron de mucho. Por el acto en sí y por lo mucho que lo exploté. Lo primero que dije cuando nos juntamos abajo otra vez, después de él llamar a la oración, fue: «¿Maestro, tengo o no tengo fe en Alá?». Así terminé por ganarme la voluntad de aquel hacendoso y buen hombre que no sé si se sentía más orgulloso de mí  o del minarete. Aunque yo creo que fue por él mismo al haber convertido en un buen musulmán a un infiel. De tal guisa que en la clase nocturna, me regaló su Corán. «Toma, Dikembe, así se usará más tiempo para lo que fue concebido». Y no solo eso, sino que al día siguiente, viernes, divulgó durante su khutbah(2) entre la feligresía que yo sería quien le reemplazaría. Lo cual me asustó más que pintar el almiar del que todos dijeron algo bueno. Tampoco consideré un éxito llegar a ser el guía espiritual de aquellas gentes, pero para mí era una perspectiva agradable y tranquilizadora, tal como firmar vosotros un contrato laboral en el que os hacen trabajador fijo, pero que en definitiva es una ilusión. Creí que al fin tendría un futuro. Y pensé en Mayifa, pero enseguida distraje el pensamiento porque no estaba yo muy seguro de que le gustara mi futuro cargo. Pero había dejado uno peor, ¿o no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Al menos la comida y el cobijo estaban asegurados por dar unos cuantos gritos al día y mandar a otros a hacer las cosas. Y, además, como entre los musulmanes no está contemplada la figura del intermediario entre dios y sus hijos, poco más había que hacer salvo buscarse un paria como yo para que se hiciera cargo del mantenimiento de la mezquita. De aquesta forma, como diría Cervantes, llegome tranquilidad y seguridad. Al menos esas eran mis sensaciones. Ahora mismo podría estar allí, ya envejecido e inhabilitado para subir los ciento setenta escalones cinco veces al día, para llamar a la oración a una veintena de fieles y otras tantas mujeres, algo que ya sabían de sobra que era su obligación. Pero, el diablo estaba detrás de la puerta(3) . De nuevo la suerte me negó su favor y entró en danza para modificar el curso normal de los acontecimientos. Un día de aquellos ya rutinarios apareció otro viajero por la puerta de la mezquita. Este hombre, ya entrado en años como mi maestro, pero sin ser viejo, nos dio una noticia que cambiaría tanto el futuro de Abd al-Rahman como el mío. Después de los consabidos “Salam malekum – Malekum salam” el forastero se presentó como Nadjim Asad y cuñado de mi bienhechor. Y contó que le había costado un año entero encontrar al hermano de su esposa que, por desgracia, había muerto de fiebres dos años atrás. El hermano se tomó con cierto escepticismo y pesar tanto el matrimonio como el fallecimiento de su hermana. Más tarde me lo comentaría él mismo, y agregaría que su hermana era muy rarita y muy fuerte. No soportaba a extraño alguno y menos si eran hombres, a los que dejaba en evidencia por el vigor que tenía. Pero el caso es que todo lo que contaba el viajero cuadraba con la vida de Raissa, al menos, la parte que concernía a mi maestro, como también me contaría al preguntarle yo por su cara de extrañeza al recibir la mala noticia. Aunque terminó por quedar convencido tras varias sobremesas en las que Nadjin relató detalles y vivencias entre los al-Rahman, de cuando eran niños. Cosas que según él solo conocían sus familiares cercanos. Por lo tanto no tuvo más remedio que aceptar al recién llegado como parte de su familia. Si bien, el familiar nunca aportaría prueba fehaciente alguna del parentesco político. Quien no quedó convencido fui yo, que intuí que aquel advenedizo quería quitarme mi herencia, mi trabajo y mi seguridad. Desde el primer momento y sin saber quien era yo, ni mis aspiraciones, ya nos caímos mal. La desconfianza entre uno y otro crecía según pasaban las lunas y más al enterarse de mi futuro. Estas suspicacias, como no podía ser de otra manera, violentaban sobremanera al titular de la plaza, porque también él intuyó con el paso del tiempo que aquel supuesto hermano político buscaba un sitio donde caerse muerto y, entre tanto, aprovecharse de las circunstancias. Tanta adulación a Abd al-Rahman y tanto desprecio hacia mí, así como mis razonamientos interesados sobre cómo enterarse de la vida de alguien, hicieron mella en el criterio del almuecín. Cuando este no estaba presente dábamos rienda suelta a nuestras desavenencias y llegábamos a los gritos. Y nos espiábamos mutuamente. Yo por miedo a perder lo que tenía y el por poseerlo. Según su planteamiento él tenía más derechos que yo, pero según el mío yo sería el elegido: «Eso lo veremos, mierdecilla», solía decirme. No sé lo que él descubriría en sus pesquisas porque no había nada ni nadie que, salvo yo mismo, me conociera. Pero yo, una mañana de las muchas que salía él, no sabía a qué, y aprovechando la segunda llamada a la oración, entré en su habitación después de cerrar con llave la puerta de la mezquita que siempre permanecía abierta. Tan solo descubrí en un rincón unos hatos de ropa. Los deshice y no encontré nada raro salvo herramientas para escribir. Pero en el jergón gemelo al mío, debajo de la manta, di con un escrito arrugado, como si alguien se sentara sobre él, a medio acabar. Leí todo, pero solo entendí parte porque estaba escrito en árabe. Era una especie de presentación. Esa carta la volvería a ver, unos días más tarde, todavía más arrugada, sucia y completa. Cuando se la entregó a su cuñado, poniendo como excusa, sobre la tardanza, su creencia de haberla perdido, no dudé en ningún momento: Nadjin Asad era un impostor. Y más cuando dijo que estaba escrita de puño y letra del imán de su pueblo. Yo contesté que eso lo decía él. La discusión no fue a más porque intervino quien intervino. En ese momento el parecer de mi maestro y el mío divergieron respecto a la verosimilitud del extranjero. Él creyó a pies juntillas el escrito y yo supe tanto de la falsedad del documento como del personaje. Otra de las situaciones que coincidieron con la llegada del farsante fue la visita casi diaria de uno de los fieles que solo aparecía los viernes. Y aparecía siempre con la intención de hablar en privado con el muecín. Yo no me atrevía a preguntar qué pasaba, porque, al poco, todos los vecinos imitaron al primero. Aquello se convirtió en un ir venir que ya hubiera querido la calle principal del pueblo. Mi curiosidad se vio una noche saciada durante la noche. Nuestro anfitrión compartió con sus dos invitados lo bien que el recién llegado se había ganado a los vecinos del pueblo, que todos hablaban maravillas de él, salvo uno. Entonces imaginé donde y qué iba a hacer todas las mañanas, pero guardé silencio. Él, en cambio, sonrió y alabó a Alá y a su profeta. Y mi maestro añadió que estaba bien que un almuecín tuviera de su parte a los fieles porque así cumplirían mejor con los preceptos divinos. El muy ladino había hecho campaña, como dirías tú, entre los votantes. Siempre hay alguien más preparado que tú para el engaño que, además, te toma la delantera en tus fechorías. Un día cayó enfermo quien no debía porque desde su jergón y ante mí, sin poder dejar de tiritar, rogó a mi enemigo que se hiciera cargo durante su convalecencia de llamar a la oración, que él no se podía mover de la cama, le dolían todos los huesos y era incapaz de subir un solo peldaño de escalera. Y esa misma noche, al cenar el encargado oficial y yo solos, me ofreció seguir en mi puesto cuando él se hiciera cargo de la mezquita. «Que te aviso, no será más allá de ramadán, si no es antes». Entre ese comentario y la prohibición de no dejarme llevar los alimentos al enfermo deduje, como Gila, que alguien estaba envenenando a alguien. Y me lo confirmó un fiel que se acercó a hablar con Abd al-Rahman y que al no poder hacerlo por expresa voluntad del almuédano de turno departió conmigo no sin rogarme que nos alejáramos un poco de los muros de la mezquita. Vino a contarme, en resumen, que aquel que había ido a hablar con él una mañana, no hacía mucho, no era otro que un libertino y disoluto ladrón que se había topado en su estancia en el pueblo de sus primos y del que todo el mundo huía por miedo y por vergüenza. No era trigo limpio, pero no se llamaba en aquel entonces como decía, sino Abdel Hadi el Divino. Se le apodaba así porque cuando se emborrachaba le daba por recitar versículos del libro santo en voz alta. Por ello nadie podía decirle nada. Incluso se hablaba en la ciudad de que era él quien se fabricaba el licor con el que incumplía el mandato divino de no beber alcohol. Sí, le contesté yo. Y cité: «Te preguntan sobre el vino y los juegos de azar. ‘En ambas cosas hay un gran pecado y también algunas ventajas para los hombres; pero su mal es mayor que sus ventajas’(4) ». Para algo debían servirme las clases de Corán, ¿no? Eh bien, c'est ça, mon ami. A pesar de decirme que no estaba seguro del todo, quería avisar de ello. Que le había costado decidirse pero que, al final, su mujer le había convencido porque a ella también se lo parecía. Le tranquilicé y le prometí que haría llegar sus palabras a nuestro imán en la primera ocasión que tuviera. Y el asunto es que ni lo hice ni pude hacerlo. No lo hice porque lo veía todo perdido. Y no pude porque, en las contadas ocasiones que le veía, estaba sumido en una inconsciencia tal que ni conocía. Nadjin informaba a diario del estado del convaleciente. Decía que cada día iba a mejor, y no nos dejaba verle porque según él podía ser una enfermedad que se contagiara. Pero no desperdiciaba ninguna ocasión para hacer méritos al añadir que con uno que se sacrificara ya valía. Que nadie del pueblo debía entrar en contacto con la enfermedad porque se propagaría como la langosta. Y que en último caso, cerraría la mezquita y solo seríamos tres los perjudicados. Lo que no sabía el muy canalla es que yo me colaba en la habitación de Abd al-Rahman porque tenía otra llave de su cerradura. Y de que estaba mejor nada de nada, estaba cada vez más ido. Hasta que se fue del todo. Por aquel asesino no soy yo muecín. Claro, que podría ser producto de mi imaginación y ser todo un cúmulo de circunstancias que, al fin y al cabo, no sería otra cosa que la vida. ¿Pero no tenéis aquí un refrán que reza: Piensa mal y acertarás? Eh bien, c'est ça, mon ami. Por ser malpensado y miedoso me alejé o me alejaron de aquella vida regalada. Le comuniqué al nuevo almuédano, confirmado por los fieles en el funeral de Abd al-Rahman, que había sentido la llamada de Alá el Grande. Me pedía recogimiento. Con lo que me iba a convertir en un morabito más. Por ello, partiría nen breve con el camello en el que todos me habían visto llegar. Eso se lo aclaré por si las moscas creía que Hamal pertenecía a los bienes de la mezquita. Aun así su contestación me dejó helado pues cuestionaba tanto la propiedad del animal como mis intenciones de asceta. Si bien tenía razón en lo segundo, no así en lo primero que en realidad era lo que me importaba. Le aduje que yo había llegado allí montado en ese animal y que en él me iría. Tanto me encendió su actitud que, olvidándome de que era un asesino, le espeté que solo me faltaba permitir también el robo del camello tras el hurto del humilde califato de Um Dukhun. Y me atreví a ir más lejos. Me apoyé en vuestro refrán: Calumnia que algo queda. Le dejé claro quien yo creía que era y lo que había hecho. Y que estaba dispuesto a pregonarlo a los cuatro vientos. De haberme visto Mayifa en esos momentos se hubiera sentido orgullosa de su nieto. Pero no me movía la valentía, sino la rabia. Y mi ciego ataque tuvo recompensa. Aquel tipejo debió pensar que si yo desaparecía también resolvería un problema. En fin, que cedió en su intento de robo a cambio de  estar tranquilo y perder de vista a un enemigo. Además, si sus fieles me habían visto llegar en camello no podría él negarlo ni aducir añagazas. Y él sabía, como yo, que los ingresos de la mezquita dependían de los vecinos del pueblo salvo que resucitara aquel que hizo construir el templo. Y así, un día salí de la mezquita mejor que llegué, montado en Hamal y con el Corán que me regalaran. Nadjin había registrado mi habitación y se había hecho con todas las llaves. Menos mal que el registro de celdas me pilló con el libro entre las manos en la sala de oración, aunque no rezaba, sino que pensaba mientras hacía aquello que mejor sabía hacer: mentir y disimular. Eso sí, salí con hambre y sin ningún avituallamiento, no fuera que las hubieran envenenado como último acto de venganza. Rechacé todo lo que me ofreció, pese a que no fuera mucho. Si hubiera podido elegir en la despensa, sí me hubiera provisto de víveres, pero aceptar cosas concretas de sus manos ni se me ocurrió sabiendo lo que creía saber. Con mi pellejo vacío de agua me fui al pueblo, quería hablar con aquel vecino que me contara sus dudas sobre el Divino. En el pueblo le encontré y le conté todo lo vivido en la mezquita desde la llegada de Abdel Hadi, como él le conocía. Bon, todo lo malo referente al advenedizo, claro. El buen hombre me felicitó por la decisión tomada. Incluso me cambió por uno suyo mi pellejo de agua. Y aunque me negué no pude más que aceptar sus favores, consejos, su agua y sus pobres viandas que compartió conmigo. Me dio indicaciones de donde encontrar más agua y la dirección hacia una aldea no muy alejada. Inicié mi nuevo deambular más tranquilo, pero con el 

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desasosegante sentimiento de que me habían robado un futuro. Un porvenir si no feliz, sí cómodo y seguro. Eso sí, ya te lo he contado, aprendí que siempre hay alguien más listo que tú, alguien que está dispuesto a llegar donde tú no te ves capaz. También supe que yo no podría matar jamás a nadie. Eso también lo tenía claro, aunque estaba dispuesto a hacer cualquier otra cosa por sobrevivir. Aquel convecino me había dicho que, si me daba el sol de mañana en la espada y en la cara el de tarde, en diez jornadas, a la grupa de mi camello, llegaría a otro pueblo más grande que Um Dukhun. Y aunque no podía darme raciones para tantos días, también sabía que en el trayecto podría encontrarme con un oasis. Allí, aparte de agua, conseguiría hacerme con algunos dátiles y alguna raíz para proseguir camino. «No cojas todos ni dañes nada», fueron sus sabías palabras. La primera tarde de viaje, al ver cómo se ponía el sol, pensé en no tener en cuenta el oasis y cuando parara a dormir hacer una valoración de mi despensa con el fin de alargarla para los diez días. Lo cierto es que tenía miedo de no encontrarlo. Fui incapaz de engañarme. No podría subsistir durante diez días con aquellos regalos. Tuve que incluir el oasis en mis planes y reconocer que si no lo encontraba no llegaría a ningún sitio. No obstante, comí y bebí prudentemente, la ración mínima para poder seguir el día siguiente en busca de las palmeras. Aunque no era la primera vez que sentía la más absoluta soledad, aquella noche me atrapó y me dormí entre sollozos, envuelto en la manta que Hamal llevaba debajo de la silla. Y pensé que siendo yo un hombre y él un animal le necesitaba yo más a él que él a mí. Y no solamente para ir más rápido y descansado. Ahora veo irónico que un animal racional, el todopoderoso hombre, dependiera de un bruto. Pero ni fui el primero ni seré el último.





Relata Dikembe que sintió la soledad más absoluta. Y le creo. Quien la ha sentido nunca deja de lado ese agujero negro. Siempre intuye y reconoce el desamparo que conlleva. Es una neblina que te humedece hasta la esperanza y que, incluso, la pudre. Te obliga a no ver más allá de tu ahora porque en la soledad nada cabe, nada hay. Es un sentimiento individual y no recíproco. Tiene su origen en el desamor y la imposibilidad de ser valiente para, apoyándote en ella, llegar a ser quien puedes, pero no quien quieres. La soledad solo lleva a la tiranía. Y la tiranía a la soledad. La compañía ni debe ni puede imponerse. Únicamente  puede desearse. Y dar, si es que eres capaz de estar cuando te has ido. La soledad es un canto desesperado a la tristeza. Y sus notas son jirones de una partitura que nadie recuerda. Un pentagrama que está ahí donde debía estar quien esperas que esté. Y, en cambio, encuentras ese vacío húmido y déspota que te manosea el alma con manos pantanosas, conciencia que se seca al sol del ayer o del pudo ser y no fue. Entiendo a Dikembe de la manera que se me antoja. Ahora bien, de una forma absoluta. Empero tras esa soledad insondable, recupero una voluntad que yo he perdido en algún punto del camino. Ah, pero juego con ventaja, sé como acaba su historia. Tu crónica, lector, por el contrario está por escribir: ¡Huye de la soledad!






No tuve que emplear los conocimientos que aprendí de Wahid Okoye porque viajé siempre de día. Cierto es que por el desierto se viaja peor con sol que con luna, pero por el contrario se duerme mejor. Además nunca me he podido quedar dormido, y es una exageración, con luz, salvo que estuviera reventado. Y, a pesar del cansancio, no descanso el mismo tiempo. Cada vez que comía me ponía de mal humor, al contrario de lo que me pasaba y pasa normalmente. Y es que en ese momento veía que las provisiones mermaban más rápido de lo que yo necesitaba, a pesar de que las raciones que me permitía me dejaban con hambre y más débil. Pensaba que si me pasaba allí, en medio de la nada, lo mismo que ocurriera junto a la mezquita, nadie habría para socorrerme. Si no encontraba el oasis lo iba a pasar muy mal para llegar a algún lugar civilizado. Y es un decir. Cuatro jornadas llevaba ya de camino y lo único que se veía era lo que se tenía que ver: arena y más arena. Y mejor que estuviera calma, porque si se aliaba con el viento sur no te quiero ni contar. Quien no ha sufrido una tormenta de arena no sabe lo que es, como tantas otras cosas mejor no conocerlas. Solo ves dunas que, cuando las atraviesas, no te dicen nada, parece que transites siempre por la misma, como si anduvieras por una cinta continua de arena caliente. El calor no viene solo de arriba, sino también de abajo, de detrás y de delante, de la izquierda y de la derecha… He de reconocerte que en los momentos difíciles me ha sonreído la suerte. Y en este caso también lo hizo. Llevaba ya siete días de marcha. Ya no podía dividir más el rancho ni el trago de agua que quedaba en el pellejo cuando a media tarde divisé el tan ansiado oasis. Aquel campesino tenía razón. Hay que tener amigos hasta en el infierno. Yo tengo alguno y también enemigos, como Dante. Primero arreé sin necesidad a Hamal y luego, tras descabalgar, hice lo mismo que él una vez libre de carga, metí la cabeza en el agua. Tumbado como estado boca abajo y una vez saciada la sed y olvidad la angustia, roté sobre mí y contemplé el cielo azul a la sombra de tres palmeras. La visión también me tranquilizó. El sol estaba ya muy bajo, pero todavía no dejaba ver las estrellas. Pero yo sabía que estaban allí, agazapadas tras su luz. No había caído hasta ese instante, pero si adoptas la postura que yo tenía, dejas de ver la sempiterna arena y el azul te refresca la mirada. Y pasé tan buen rato que no me di ni cuenta del cambio tan drástico de panorama. Cuando me levanté, en el cielo brillaban millones de estrellas, tantas o más que granos de arena había contemplado de día. Lógicamente pasé allí la noche y cené dátiles recién cogidos. Trepar nunca se me ha dado mal. Ya sé que ya no, pero seguro que, aún hoy, trepo mejor que tú, y más si lo hacemos por palmeras. Tuve en cuenta el consejo de mi amigo y no cogí más de lo que necesitaba. Es decir, que no me harté. Decidí descansar. Dejé para el día siguiente el avituallamiento. Y me dormí enseguida, atado y muy cerca del camello al que también noté satisfecho después de un recorrido por las matas que teñían de verde el contorno de la charca. Él no dejó para el mañana lo que pudo hacer ese día. Me desperté cuando el sol ya había asomado, pero no hice nada. Me quedé arropado hasta que la manta me estorbó. Y ya con más calor que frío se me ocurrió zambullirme en la pequeña laguna que daba vida a un pedacito de infierno. Y así lo hice sin guardar el respeto debido, ¿pero quién me decía a mí que no lo habían hecho otros antes? Me quité los pantalones cortos y mi camiseta, o lo que quedaba de ella, y luego volví a ponérmelas porque pensé que también se merecían un buen baño, que quizá fuera el primero y el último que vivirían. Hoy recuerdo con cierto triunfalismo que fueron mis primeras vacaciones. Con la mente en blanco y medio sumergido en el agua, me olvidé de todo y de todos. Hasta de mi abuela Mayifa a la que siempre tenía en mente y en el corazón. Y, mira, quizás haya llegado el momento de confesarte el motivo y el modo por el que Dikembe vino a este mundo. Y no lo digo en términos alegóricos, sino reales. Pero, espera, que ya es mucho lo escrito hoy, mejor lo demoró. ¿Vale? Así te dejo un tanto intrigado que, mira tú por donde, lo consigo muy pocas veces. Un saludo.    










(1)[↑][Volver] Yanna. Paraíso islámico.
(2)[↑][Volver] Khutbah. Sermón de los viernes.
(3)[↑][Volver] Refrán aprendido de Varinia, si no recuerdo mal.

(4)[↑][Volver] Corán 2:220. Fuente: www.ahmadiyya-islam.org.